7. El Joven Señor de los Espíritus
¿T ienen miedo a los fantasmas? Yo no. A mí, ellos me temen porque tengo poder sobre ellos, uno que me fue dado al nacer y del cual nunca fui completamente consciente hasta no hace poco.
Eran algunas las señales que veía sin comprender, cosas que pasaban sin explicación como aquella vez cuando sólo tenía tres o cuatro años y vivíamos en un departamento del centro.
Una noche, mi madre entró a mi cuarto y me encontró sentado en el piso, rodeado de mis juguetes, y con rostro expectante como si esperase a alguien.
—Ya estoy aquí, mi rey —dijo mamá pensando que estaba esperando por ella para comenzar a jugar, pero la verdad es que no era a ella a quien esperaba.
—Mami… ¿y ñiño con sombero?
—¿Un niño con sombrero? ¿Qué niño con sombrero, mijito?
—Un niño estaba aquí. Íbamos a su casa, pe’o llegaste y se fe.
—Pero mijito, aquí solo estamos tú y yo.
Cuando años más tarde mi madre me contó este episodio, del cual apenas guardo un recuerdo borroso, me pregunté si acaso ese fue mi primer encuentro con un espíritu.
¿O ya había tenido otros antes? No sabría decirlo, pero sí recuerdo cuán extraño me parecía el mundo, pues este tenía, según yo, dos tipos de personas: los que vivían preocupados por el mañana y siempre estaban moviéndose, yendo de un lado a otro como si algo les faltara, y quienes no parecían preocuparse por nada, inmóviles, en la misma posición, en el mismo sitio.
Cuando mi papá me explicó lo que es un fantasma, fue que entendí que varias personas a quienes veía y con quienes hablaba estaban muertas.
Comprendí que era diferente y, en un principio, hasta imaginé que estaba maldito, pero lo mío no es una maldición, sino una herencia.
El secreto detrás de ella me fue revelado en el día más triste de todos, cuando llevaron a mi padre al hospital.
Tenía ya once años y sufría pensando que perdería al padre que tanto idolatraba.
Estaba esperando con mamá fuera de la sala de emergencias.
Recuerdo que en un momento dado tuve que ir al baño y al salir, ahí estaba mi papá esperándome.
Me lancé sobre él, que me recibió con los brazos abiertos, pero sin decir nada.
Estuvimos así por un rato hasta que él se separó y pude ver en su rostro lágrimas que supuse eran de alegría.
Tomó mi mano y dejó en ella una llave de aspecto muy viejo y luego hizo que la guardase.
Fue entonces que me dijo algo que alcancé a escuchar sin comprenderlo, y el pasillo del hospital donde estábamos se llenó de una luz que nos engulló a ambos.
Lo siguiente que recuerdo es que una enfermera me despertó luego de encontrarme tendido fuera del baño donde aparentemente había sufrido un desmayo.
Miré alrededor sin comprender y entonces escuché la voz de mi mamá y algo en el tono de su voz que era un lamento, un gemido.
Corrí hacia la sala de emergencias para encontrarme frente a un doctor que en ese momento le comunicaba a mi madre que mi padre había fallecido.
Yo quise decirle que estaba equivocado, que mi padre estaba bien y lo podrían encontrar deambulando por los pasillos del hospital seguramente confundido por las drogas y el tratamiento para salvarle la vida.
Pero callé. No dije nada cuando sacaron la camilla con su cadáver, ni durante el funeral, ni tampoco en su entierro.
Guardé silencio porque temí a mis propias palabras, a lo que podía suceder si decía cosas para las cuales la gente no estaba preparada, si contaba la verdad que descubrí ese día.
Tal verdad es que no estamos solos, nunca lo estaremos y probablemente desde el principio, el hombre no ha estado solo.
En nuestro mundo hay otros planos de percepción donde la vida como la conocemos y las reglas que la rigen son diferentes.
En uno de esos otros planos está la realidad habitada por los fantasmas.
Ellos son sólo recuerdos, meras sombras de quienes fueron una vez, y por eso mismo fragmentos de lo que una vez fue un ser humano.
Esa realidad coexiste con la nuestra y por eso, en ciertos momentos algunos de nosotros pueden ver a estos seres brevemente.
La capacidad de percibirlos no es propia del ser humano y no lo sería la mía de no ser por las circunstancias especiales que se dieron para que yo pudiera existir.
La clave para resolver de dónde venía mi habilidad me había sido dada por mi padre en aquella llave vieja.
Luego de su muerte, la había olvidado en el bolsillo de la camisa que llevaba puesta el día en que papá murió y ahí hubiera quedado de no ser por mi madre, quien me pidió la camisa para hacer que la lavaran.
Busqué la camisa entre la ropa sucia y al encontrarla, la llave cayó al suelo.
Al levantarla, apareció ante mí una jovencita diferente a las chicas que había visto en mi colegio, pues vestía como aquellas sacerdotisas que se ven en las gráficas de libros sobre culturas antiguas, jóvenes mujeres cuidadosamente seleccionadas para servir a dioses ya olvidados.
Primero me sobresalté, pues aparte de mi padre en el hospital, la mayoría de los espíritus que veía me ignoraban, pero no el de esta chica.
Ella había venido ante mí y me sonreía. Me habló como lo había hecho a mi padre y como en aquella ocasión, no entendí nada de lo que se me dijo.
Sin embargo, eso a ella no pareció importarle: siguió sonriendo y al poco me hizo una reverencia.
A pesar de mi asombro inicial, caminé hacia ella, ante lo cual ella también se movió, indicándome que la siguiera.
Me guió hasta un cuarto donde los miembros de mi familia guardamos cosas que ya no usamos, pero tampoco deseamos desechar.
En ese sitio, estaba un pequeño baúl que mi padre había atesorado en vida diciendo que era un legado de nuestros antepasados.
La chica entonces me indicó la llave que aún tenía en mis manos y entendí que ese era el propósito por el cual mi padre me había contactado, para darme la llave.
Al punto, abrí el baulito y encontré dentro un libro de mediano tamaño, de tapa dura y lleno de relieves que representaban las diversas culturas que han dominado el mundo.
A algunos de esos relieves los pude reconocer, pero otros jamás los había visto.
Al abrirlo encontré que estaba escrito a mano con hojas llenas de jeroglíficos que me eran desconocidos.
Entendí que esa lengua debía ser muy antigua, pero en mis investigaciones no he encontrado idioma que se le parezca, lo cual para un lingüista no tendría sentido.
Todas las lenguas modernas tienen ancestros comunes y por ello encontrar una lengua que no haya aportado a los idiomas actuales es inédito.
Más adelante, aparecieron símbolos del antiguo Egipto que después fueron reemplazados por inscripciones en sumerio, ideogramas chinos, arameo y griego antiguo.
Pasada la mitad del libro aparecían el latín, el árabe y de ahí versiones primigenias de las lenguas romances.
Apenas si pude entender lo que describía la última parte escrita por un español antepasado mío que afirmaba haber venido a estas tierras con el solo propósito de encontrar a “su pareja natural”.
Las últimas páginas habían sido escritas por mis antepasados directos por el lado de mi padre, curiosamente todos hombres.
Cada uno terminaba su parte con un juramento, el de guardar ese libro y dárselo a la generación venidera hasta que llegara aquel que finalmente sería capaz de usar “el poder”.
El último registro era el de mi padre y también la última hoja en la que había escrito algo más aparte de su propio juramento: un mensaje para mí. La fecha era de un año antes.
Hijo mío, si estás leyendo esto, he muerto antes de lo previsto.
Cientos de veces ensayé en mi mente cómo te revelaría la verdad sobre nuestra familia y el porqué de la habilidad que te atormenta.
Pensé que tendría tiempo, que llegarías a la mayoría de edad y ese sería el momento correcto, pero nunca fui capaz de hacer cálculos.
La verdad es que quería, o quiero, pasar tanto tiempo como pueda con tu mamá y contigo.
Ustedes han sido mi mundo, y el verlos siempre llenó mi corazón, pero todo tiene su tiempo y todo ha de pasar.
Solo puedo decirte que he hecho arreglos para que esta experiencia no sea un tormento, ya que de todos modos será complicado para ti.
Este libro tiene el saber de nuestra familia.
La nuestra es una estirpe muy antigua que desde un principio entendió que el poder real viene del conocimiento y por ello se dedicó a su búsqueda desde muy temprano.
Nuestro linaje tiene sus orígenes en la región de Mesopotamia, en la ciudad de Babilonia.
Allí, a la sombra del palacio de Hammurabi, mientras otros construían zigurats, los nuestros acumulaban conocimientos y escrutaban las estrellas buscando las respuestas a sus ansias de conocimiento.
Para ellos, el problema comenzó cuando ese conocimiento rebasó las barreras de lo humano y se internó en lo desconocido.
Ya durante la Edad Media nuestra familia tenía conocimientos tan vastos que habrían servido para llenar la biblioteca de Alejandría diez veces y aun así saber todo cuanto sabían no les era suficiente.
En ocasiones, no basta con querer o poder; hay que saber y, además de eso, se debe tener mucha paciencia.
Nuestros antepasados ambicionaron el poder, pero no aquel de regir este mundo sino el que te permite acceder a otros niveles de conciencia.
Durante siglos, acumularon datos que les permitieron hacer muchas cosas, entre ellas, cómo lograr lo que tanto querían.
Saber que algo se puede hacer es como saber de un tesoro maravilloso del que nadie más conoce.
Para nuestra familia, obtener esa facultad se volvió una especie de destino manifiesto, algo que debíamos hacer y sólo nosotros podíamos.