El Colegio del Fin del Mundo 6. El Monólogo de Dayanara
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6. El Monólogo de Dayanara

E s difícil ser negro en Guayaquil y yo lo soy.

Una de las pocas que estudia en un colegio llamado Nuestra Señora, en décimo de básico.

Suena poco complicado porque, por supuesto, no soy la única de mi raza en esta ciudad que estudia en un colegio particular, pero en realidad a este nivel somos tan poquitos.

Hay muchos más en los colegios del gobierno, allá donde van los que viven en los sectores más pobres.

Aquí en cambio, hay bastantes mestizos, algunos blancos y unos pocos negritos.

Y esta situación me parece a mí que es resultado del racismo porque hay mucho de eso en esta ciudad, solo que está solapado.

Está ahí: todos lo ven, lo conocen y lo usan (a su manera, por supuesto), pero a nadie le importa porque así ha sido siempre.

Mi nombre es Dayanara Mina y tengo catorce años.

Me encanta bailar, ver televisión, ir al cine, ir a fiestas, conversar con mis amigas, chatear por Internet y, sobre todo, estar con mi ozo , que así le llamo a Fabián, mi enamorado.

Soy una chica normal a la que le gusta hacer las mismas cosas que a todo el mundo y que tiene una existencia que se podría llamar rutinaria.

Y, sin embargo, dondequiera que vaya, sin importar lo que haga, ahí está siempre eso de ser negra.

Por supuesto, como ya dije antes, está como escondido, como tapiñado.

Por ejemplo, a nosotros nos dicen morenos, que es solo un eufemismo para no llamarnos negros, que es lo que somos.

Un día, busqué en un diccionario el significado de la famosa palabra y encontré que en realidad no es un término que se refiere a los negros, sino a las personas blancas que tienen cabello negro, o blancos que no se ven tan blancos.

Sólo de una forma coloquial se usa para hablar de nosotros.

¿Por qué no simplemente nos llaman negros, que es lo que somos, y se andan con tanta cosa?

Eso de morenos no dice quiénes somos, no habla de nuestros orígenes, no dice nada, sino que quien lo usa lo hace porque tiene miedo de ofendernos y nada más.

Tal vez deberíamos hacer como en la Yoni donde los negros se hacen respetar y se hacen llamar afroamericanos, aunque creo que en mi caso yo sería una afroecuatoriana. En fin, veladamente he tenido que soportar en más de una ocasión el famoso chiste ese de dos personas diciendo:

“¿Qué hace un blanco corriendo en la calle?

“Oh, ese es un atleta entrenando…”

“¿Y qué hace un negro corriendo en la calle?”

“Oh, ese es un ladrón huyendo de la policía. ¡Ja, ja!”

¡Y se supone que eso es gracioso! Los hay aún más crueles todavía, como, por ejemplo: “¿Por qué sólo hay angelitos blancos?”

“Porque si fueran negros, esos serían murciélagos.”

¿Y no es eso de mal gusto? Hay más, pero no tiene objeto hablar de todos ellos y darles una importancia que no merecen

Dicen que en el Ecuador no somos odiados, pero yo sí creo que hay algo de eso, pues aquí tienen la idea falsa de que todos somos vagos y no nos gusta trabajar.

Si así fuera, seríamos los más gordos de los gordos, pero más bien he visto blancos y cholos que están tan pero tan gordos que parecen cola en funda, y encima con dos patas.

Y nos dicen que todos venimos de Esmeraldas o del África, pero incluso mis cuatro abuelos, paternos y maternos, nacieron en Guayaquil y por tanto son más guayaquileños que muchas familias de apellidos extranjeros que viven en las zonas ricas de esta ciudad o fuera de ella.

Luego dicen que todo lo comemos con coco: arroz con coco, dulce de coco, agua de coco, cocada y así.

Y bueno, a mí me gusta todo eso y es comida muy rica, pero también me gusta el encebollado de pescado con chifle y el arroz con menestra y carne como a la mayoría de los guayaquileños.

¡Por Dios, si sólo hay que ver a la selección ecuatoriana compuesta casi enteramente de negros!

Si uno de ellos hace un gol, ahí todo el mundo celebra y habla de ir al mundial.

Ahí sí, ¿no? En un país lleno de mestizos, un mulato figura como el más grande futbolista de todos los tiempos y su nombre es Alberto Spencer.

Y que no me digan que no hay escritores o poetas negros, que sí los hay.

Lo que en verdad no hay son multimillonarios de nuestra raza y no sé si los haya habido alguna vez en este país.

Si es así, entonces mejor que no haya pelucones negros porque siempre me ha parecido mal querer tener mucho dinero cuando hay tanta gente con tanta necesidad.

A pesar de todo, mis mejores amigos no son negros.

Mi mejor amiga, Karen, es bien bonita. Es blanquita, de cabello negro y unos ojitos que a veces son color miel y a veces hasta de color verde se los he visto.

Desde siempre ella ha estado a mi lado, siempre nos hemos llevado bien y nos entendemos de maravilla.

Me gusta porque ella no tiene empacho en abrazarme cada vez que me ve y juntas nos divertimos un mundo.

Es como… es como si fuéramos ñañas. Y su familia es también preciosa: sus papás y sus dos hermanitas son todos tan buenos conmigo, pues siempre me reciben bien e incluso he pasado la noche en su casa varias veces.

Ambas también tenemos otras amigas con las que hacemos siempre un grupo grande y nos hacemos llamar Las Poderosas, que es una idea mía, pues así me siento cuando estamos todas juntas, sobre todo en recreo.

Entonces ya no me siento sola ni soslayada, sino que siento que lo puedo lograr todo.

No somos el único grupo de chicas que existe en Nuestra Señora, pues está Kimbara, que lo forman las tres chicas más “glamorosas” del colegio: Kimberly, Barú y Raissa, pero yo con ellas no me jalo mucho que digamos porque son creídas y eso no me gusta.

Tampoco mi ozo es negro. Fabián es un trigueño lavado, alto y fornido, como a mí me gustan.

En realidad, me da igual si es blanco o trigueño, pues ya he tenido enamorados o vacilones que eran blanquitos o trigueñitos.

Me gustaría tal vez que fuera negrito como yo y entonces sería perfecto.

¿Qué puedo hacer? Me gusta mi raza, aunque en realidad sólo he tenido un enamorado negro que era un primo bastante mayor que yo, pues me llevaba cinco años, y que lo tuve cuando yo tenía trece.

Se llamaba Milton. ¡Oh, los besos que él daba, con esos labios suyos tan gruesos, tan carnosos!

Me sentía transportada al mismo cielo. Todo eso se acabó por dos razones: una, que era una relación a escondidas, prohibida, que ni mis papis ni los de él hubieran nunca aprobado, por ser nosotros primos hermanos, y además él era ya mayor de edad.

Esa sensación de estar haciendo algo prohibido creo que también hacía que nuestra relación se sintiera como algo diferente.

Me enamoré mucho, tanto que hasta quería que me llevase y me hiciese su esposa.

¡Estaba como loca! Pero él se tuvo que ir a Nueva York con su mamá porque no encontraba trabajo y allá sí tenía chance.

Se fue y durante bastante tiempo nos escribimos hasta que de a poco esa llama simplemente se apagó.

Siempre me pregunto por qué para enamorarme de alguien de mi propia raza tuve que buscar en mi propia familia y la respuesta es que donde yo vivo y donde estudio no hay muchos afroecuatorianos.

Eso es porque, aunque no somos ricos, mis papás se esforzaron desde muy jóvenes y pudieron abrir tres restaurantes de los que son propietarios y los administran personalmente, de manera que nos han podido dar todo lo que necesitamos al bobo de mi hermano menor y a mí.

¡Ja, ja! Mi ñaño es menos de un año menor que yo y lo llamo bobo porque lo es.

El muy tonto niega su raza y siempre dice que es un mulato y no un negro completo.

Es tan loser que a veces dice cosas de las que sus mismos compañeros se burlan de él, como cuando después de la temporada de vacaciones llegó al colegio diciendo: “Me fui a la playa una semana y me quemé.”

¡Hasta yo me reí con esa burrada que dijo

Y su enamorada es una blanquita fifiriche y medio boba llamada Ashley que se consiguió en una fiesta y que hasta estudia en un colegio fiscal.

No es que tenga nada de malo estudiar en un colegio fiscal, pero la verdad esa niña no sabe ni dónde está parada, y creo que su mayor ambición es ser ama de casa, tener marido y muchos hijos.

Ah, pero con ella a su lado, Thiago, que así se llama mi hermano, ya sueña con que sus hijos van a ser cuando menos lavaditos.

¡Qué acomplejado que es! Bueno, en todo caso es mi único hermano y en el fondo lo quiero.

No nos pareceremos mucho ni físicamente ni en forma de ser, y aunque más de una vez me haga perder la paciencia con sus cosas, es mi hermano

Fabián es tan diferente a Thiago, comenzando con que no tiene complejos.

A él no le importa que yo, su enamorada, sea negrita y lo sé porque me lleva a donde sea y ya hasta me ha presentado a su familia.

Lo malo es que me pude dar cuenta de que ellos no están tan felices con la idea de que estemos juntos.

Si no han hecho algo todavía, tal vez es porque piensan que lo nuestro es algo pasajero, pero yo pienso lo contrario y se darían cuenta de su error si nos vieran cuando él y yo paseamos juntos.

¡Fabián es tan cariñoso! Me besa, me apapacha duro y además es hasta detallista, lo que en realidad me conquistó.

Se acuerda de todos los momentos que hemos pasado juntos, lo cual es raro en un hombre.

“Los hombres así valen oro”, me dijo una vez mi mamá cuando un día estábamos hablando de hombres precisamente. Mi mamá habla mucho conmigo de muchas cosas diferentes. Ella me dice que lo hace porque mi abuela nunca lo hizo con ella, y me dice también que por eso se equivocó cuando era jovencita.

Mi enamorado tiene diecisiete años y está en la selección de básquet de su colegio.

Me siento apegada a él, aunque no con la pasión que despertaba en mí mi primo.

No importa, ya no quiero “correr”. Quiero hacer las cosas bien y creo que ya sé cuál es mi propósito en la vida.

Lo supe después de conversar con el rector del colegio, el padre Roland, que es un sacerdote francés bien viejo, pero también linda gente.

Hablando con él, me di cuenta de que yo podía hacer algo por mi gente y que en Nuestra Señora yo podía aprender todo lo que necesitaba saber.

Ahora me siento motivada. Un día me graduaré y entonces estudiaré en la universidad para ser política y luchar por los derechos de mi raza en el Ecuador.

Yo creo que, si lo llegara a conseguir, este país que es mi país se haría más fuerte.

Una nación es sólo tan grande en relación a qué tan bien protegidos y respetados son sus ciudadanos.

Tengo fe en que un día lograré que ya no nos releguen, sino que nos dejen integrarnos.

De veras, creo que hasta la noche brillará más cuando los demás ecuatorianos acepten a sus hermanos negros como iguales, conmigo incluida.

¡Pero, por supuesto que sí!