5. Maga y Polifemo #2
Polibio había escuchado de ella antes, de las veces en que otros chicos traviesamente habían buscado encontrarse con ella, de la creencia de que la niña no existía.
Se hablaba de su apariencia singular, de sus grandes gafas hechas de un metal precioso, de que ella era muy bonita, de tez como la canela fresca y cabellos brillantes y ondulados .
—Mire, niño, hoy ella vino temprano y está sentadita en la plazoleta a un costado del rectorado esperando que vengan a recogerla de su casa.
—Indícame cómo llegar hasta allá —le pidió Polibio a Samuelito porque aún no conocía del todo las instalaciones del colegio, y Samuelito accedió gustoso.
Unos minutos más tarde, mientras los demás chicos jugaban por doquier, Polibio caminó hasta alcanzar una zona delimitada por altos árboles mezclados con arbustos que separaba una pequeña plazoleta del resto del colegio.
Sin llegar a entrar, escondido en los arbustos, Polibio vio a una niña de cabellos negros y rizados, sentada sin moverse en un banco ubicado en medio de la plazoleta.
Era tan linda como había escuchado y estaba como esperando a que alguien viniera por ella, moviendo sus piernas de atrás para delante y mirando al frente todo el tiempo, sin parpadear.
—¿Por qué no te acercas? —preguntó la niña sin mirarlo— Ven, no seas tímido.
Lo había hecho alzando la voz con la clara intención de hacerse escuchar más allá de donde estaba.
Para Polibio, que estaba detrás de un arbusto que por completo lo cubría, fue obvio que le estaba hablando a él pues no había otra alma en ese lugar apartado y lleno de silencio.
Al verse sorprendido, Polibio dudó en un primer instante y luego optó por acercarse y se quedó parado frente a ella.
No entendía cómo ella lo había detectado si desde el punto en que había estado era imposible que lo viera, a menos que la niña hubiese tenido ojos en la espalda .
—¿Cómo fue que supiste que estaba ahí?
—Tu respiración —le respondió ella aún sin mirarlo, con una sonrisa a medias.
—No te quedes ahí. Siéntate a mi lado, que no te va a pasar nada. No muerdo ni nada de eso.
A lo que Polibio también accedió siempre preguntándose qué miraba ella con tanta atención.
Se sentó a su lado y le pareció que la niña era la criatura más bella de la creación, que no había piel ni cabellos más lindos en este mundo.
De alguna manera, Polibio también tenía mucho temor pues pensaba que ella se daría cuenta de su total inexperiencia con las niñas, de su timidez que le hacía sonreír estúpidamente, y de la manera en que latía su corazón como el tambor de un baterista desenfrenado; pero más aún tenía miedo de que en un momento dado ella le mirase directamente al rostro y notase que llevaba puesto un ojo falso y que entonces ella se haría para atrás como en un sobresalto y le diría con acento de sorpresa mortificante: “¡Uy niño, pero si estás tuerto!”
—No hablas mucho. ¿Cómo te llamas? —dijo ella rompiendo la secuencia de mil pensamientos temerosos que corrieron por la cabeza de Polibio en apenas un instante.
—Po…Po…
—¿Popó? No creo. Tus papás no te han de haber odiado tanto como para darte ese nombre tan feo.
Esa ocurrencia hizo reír a Polibio y de alguna manera le hizo sentirse mejor .
—¡No, no me llamo Popó! Es que no me dejaste decir todo mi nombre. Me llamo Polibio.
—Ah, ya sé. Tú eres Polibio Ferrer, ¿verdad? He escuchado de ti. Siento lo de tu ojo.
Polibio no dijo nada y bajó la cabeza al saber que incluso aquella niña hermosa a quien recién conocía había escuchado sobre su problema.
—No te sientas mal. Supéralo —le dijo ella adivinando lo que Polibio sentía como si su silencio fuera lo más elocuente—, aprende a vivir con ello.
—Para ti es fácil decirlo. Tú todavía tienes tus dos ojos y además eres muy bonita.
—¿Te parezco bonita? ¡Qué lindo eres! Gracias por el elogio —dijo la niña sonriendo—, pero creo que perdiste mucho más que ese ojo tuyo. ¿Todavía no te das cuenta?
—¿Darme cuenta? ¿De qué?
En lugar de responder, la niña se puso unas gafas muy oscuras y mostró un bastón que tenía cerca de sí, pero que Polibio no había visto antes, pues ella lo había tenido a un lado suyo, donde a él le era imposible verlo.
—A veces tener dos ojos no sirve de mucho —dijo la niña.
—¡Oh no, eres ciega! No me había dado cuenta.
—¡Gracias por decirlo así! Ya publícalo —dijo ella sin dejar de sonreír como si aquella reacción en realidad no le molestara.
—¡No, no, perdón! ¡No quise ofenderte! —dijo Polibio, entendiendo por fin por qué ella siempre miraba al frente y, al mismo tiempo, dándose cuenta de que había reaccionado con ella como él antes había temido que ella reaccionara al saber que estaba tuerto.
—Tranquilo. Para mí esto es normal —dijo la niña con la mayor serenidad. Soy ciega desde hace mucho tiempo. Casi he olvidado lo que es ver, y créeme, es difícil extrañar lo que se ha conocido poco. Duele menos.
—De todos modos, lo siento de veras, este…eh… ¿Cómo es que te llamas?
—María Gabriela. Disculpa que no te haya dicho mi nombre antes, pero se me pasó.
—María Gabriela. Ese es un nombre muy bonito
—Pero muy largo, mejor llámame Maga.
—¿Maga? Sí, suena chévere. Está bien, así es como te llamaré. Escucha, me gustaría ser tu amigo.
—Bueno, si te digo que me llames Maga por algo, ha de ser. ¿No crees? —dijo ella, luego soltando una sonrisa cantarina.
En eso sonó la campana indicando el término del recreo.
—Tengo que irme —dijo Polibio—, pero me gustaría que habláramos de nuevo, ¿mañana tal vez? Quiero decir ya que somos amigos y toda la cosa.
—Claro que sí, pero mañana no voy a venir y es viernes. Mejor, ven la próxima semana a esta hora en que aquí estaré.
—¡Muy bien!
—Y no dejes que te digan Polifemo. Diles que tú eres ese jefe de los héroes mutantes. El del rayo rojo que sale de sus ojos.
—Pero ¿cómo tú sabes de lo de…?
—Ya vete que te van a castigar si llegas tarde a clase.
— ¡Sí, ya me voy!
Polibio se fue tan rápido como pudo, pues su siguiente clase era con un profesor muy estricto y no quería que ese señor le llamase la atención.
Mientras se iba, una sonrisa grande le acompañaba, una sonrisa que hacía mucho tiempo él mismo no se había permitido.
Su rostro irradiaba tanta felicidad que quien le hubiera visto habría sonreído también, pues aquel era un gozo de aquellos que son contagiosos.
Al quedar sola, alguien se acercó a Maga por detrás, con pasitos lentos también muy leves, pero aun así audibles para el fino oído de la niña, quien se limitó a sonreír adivinando quién se le acercaba.
—¡Abuelita, viniste! —dijo Maga con alegría.
—Uy, niña. A ti no hay cómo sorprenderte.
—Has estado viéndonos desde los arbustos, ¿no es cierto?
—Pues, sí. Tenía que ver cómo ese niño se iba a comportar contigo.
—Es un ser precioso. ¿Lo viste? Dime que es guapo.
—Sí, es guapo y es una pena que no tenga sus dos ojos. Vi el que le queda y la verdad nunca he visto un ojo tan bello. Es como si fuera una piedra preciosa .
—¡Yo sabía que su belleza no solo era interna!
—Sin un buen corazón que le acompañe, cualquier belleza, la que fuere, es sólo un bien estéril. Lo sabes bien.
—Sí, abue, lo sé. Es que encuentro cosas en Polibio que no encuentro en nadie más. De muchas maneras es un niño, pero también su forma de ser, su sinceridad, su inocencia… dan ganas de querer protegerlo.
—Vaya —dijo la abuela de Maga haciendo un sonido de desaprobación—, ya hablaremos de eso, pero sí es cierto que es mejor que él se cuide.
—¿Por qué, abue…? Ah, ya sé por qué lo dices.
—¿Ya sabe él que nunca está solo?
—A pesar de su inocencia, es más perceptivo de lo que parece. Tal vez sí, tal vez no. No lo sé. Creí percibir dos presencias cerca. ¿Eran dos? Es algo raro porque no percibí maldad, pero tampoco ninguna bondad.
—Me sentí igual. Están siempre detrás, cerca de él.
—¿Sospechas de ellos? ¿Fueron ellos los que tomaron su ojo?
—Sí, yo diría que es más que probable que ellos hayan tomado el ojo de ese niño.
—Pero ¿para qué? ¿Se lo devolverán?
—¿Cómo puedo yo saberlo, niña? Me contento con que no se den cuenta de que sabemos de su existencia. Podrían intentar algo. La manera en que las cosas se den dictará cómo debemos actuar nosotros.
—¿Me llevarás hoy a la Tierra Antigua, abue ?
—Tus notas han mejorado mucho, según me comentó el padre Roland, mi niña. Mereces un premio.
Maga se levantó lista para regresar a su hogar.
—Vamos. Pero dime más de Polibio. ¿De verdad es guapo?
—Ay, Dios. Tan tiernita y ya estás enamoradita. ¡Qué juventud la de este tiempo! Me recuerda tanto a la mía.