5. Maga y Polifemo
Polifemo
C uando Polibio Lisandro Ferrer Morán, de diez años, se despertó aquel lunes por la mañana, aún no había pasado nada digno de ser contado en su vida.
Ir al colegio, jugar a la pelota, usar su celular, navegar en la Internet, tener a sus padres consigo y además hacer nuevos amigos eran toda su felicidad y con eso bastaba.
Aquel lunes un dolor singular se había apoderado de su rostro.
Tan fuerte era que se había despertado antes y al tocarse, había notado que algo no estaba bien.
Sus manos buscaron maquinalmente su lado izquierdo y al no encontrar una parte de su cuerpo corrió al espejo de su baño para estar seguro.
Frente al espejo, se miró sin creer que le faltaba el ojo izquierdo.
Gritó y gritó con todas sus fuerzas, llamando a sus padres, quienes no tardaron en acudir, escandalizados por ser despertados de esa manera.
Peor fue encontrar a su único hijo tirado en el piso del baño llorando con el ojo que le quedaba.
Con horror, le preguntaron qué le pasaba, cómo había conseguido quitarse el ojo, a lo que él les respondió lo que sabía: que se había acostado teniendo sus ojos donde debían estar y ahora le faltaba uno.
Ese vacío en su rostro, ese agujero inexplicable, le dolía con intensidad y la idea de que podía perder también el otro lo aterraba.
Con su hijo al borde de una crisis nerviosa, los padres de Polibio lo llevaron al hospital más cercano donde tranquilizaron al niño y un especialista revisó el caso.
Asombrado, el doctor dijo a los padres que parecía como si al niño le hubieran extraído el ojo haciendo uso de una cirugía tan avanzada que los nervios y vasos sanguíneos habían sido suturados con precisión microscópica.
Cuando el doctor preguntó a los padres dónde se había llevado a cabo tal operación, ambos se miraron el uno al otro, pues precisamente buscar el ojo era lo único que no habían hecho.
Luego de volver a casa esa noche, con Polibio cansado por las emociones del día, los padres buscaron en el cuarto del niño sin encontrar en ninguna parte manchas de sangre o huellas de ningún tipo que indicaran cómo el ojo había sido sacado de su sitio.
No apareció ni siquiera luego de que los padres registraran el lugar examinando cada rincón más de una vez.
Incluso les preguntaron a sus vecinos si habían notado algo fuera de lugar sin revelar exactamente la razón de sus preguntas, pero nadie les pudo ayudar.
Lo peor vino cuando el resto de la familia empezó a hacer preguntas.
Incapaces de explicar una verdad inexplicable, los padres de Polibio optaron por mentir al decir que el niño se había lastimado gravemente el ojo por accidente y que al operarlo había sido imposible salvarle el ojo.
Polibio, sin saber qué hacer, calló ante la mentira de sus padres sin juzgar si aquel proceder estaba bien o mal, aceptando en silencio lo que no podía cambiar.
Lo triste fue cuando tuvo que volver al colegio.
Las dos primeras semanas todo le había ido bien, pero al volver con unas gafas que en realidad no escondían la falta de su ojo, sino que llamaban más la atención sobre él, fue terrible.
Las preguntas que él no podía responder adecuadamente, las miradas de los chicos y profesores, que parecían querer ver por debajo de sus gafas, y por supuesto también las veladas burlas, hicieron de su regreso un pequeño infierno al cual Polibio no quiso volver.
Fue sólo cuando le compraron un ojo de vidrio y después de llevarlo a un psicólogo infantil varias veces que los padres de Polibio lograron que su hijo aceptara volver al colegio, aunque muy a regañadientes.
—Vamos, póntelo —le animó su padre.
Cuando lo hizo, miró a sus padres, que sonrieron al verlo.
—Mi rey —le dijo su madre—. ¡Te ves muy guapo!
El niño mostró una media sonrisa. Sabía que por dentro sus padres estaban muriendo de pena, que le sonreían para que él se sintiera bien.
Y él hubiera querido llorar con su único ojo porque aquel nuevo objeto dentro de sí se sentía frío, incómodo, como algo inmenso que le hubiese sido impuesto.
Pero eligió no hacer nada de eso y mostró una alegría que no sentía; y así, se volvieron tres personas mintiéndose entre sí para que ninguna se sintiera mal .
Antes de volver de nuevo al colegio, Polibio tuvo que acostumbrarse a su ojo de vidrio.
No era tan simple como ponérselo y ya: el párpado se le cansaba, la cuenca lagrimeaba sin descanso y hasta el parpadeo le incomodaba.
El médico le había recetado gotas lubricantes y le advirtió que debía ser cuidadoso con la limpieza de la prótesis, porque la cuenca vacía exigía disciplina.
Frente al espejo, Polibio a veces reía al notar que un ojo se movía y el otro no, como si jugara a ser dos personas distintas a la vez.
Ya en el colegio y, para alivio del sufrido niño, todo fue diferente.
Nadie le miró raro y casi todos le dieron ánimos para seguir adelante.
Lejos estaba Polibio de saber que el padre Roland, rector del colegio, al enterarse de los problemas que afrontaba el jovencito, había reunido a todo el alumnado y les había dirigido un discurso que tocó los corazones de cada uno.
El padre lucía como un viejito, pero al hablar no había quien se le igualase y mostraba un talento natural para convencer, que se volvía mayor si sus creencias eran muy fuertes.
En este caso, el deseo de ayudar al pequeño Polibio había sido inmenso.
El padre había logrado cambiar las actitudes de todos sus alumnos salvo uno: un muchacho de la misma clase de Polibio para quien simplemente las barreras de los convencionalismos sociales no existían, y por ello, siempre tenía problemas con lo demás.
Su nombre era Mauricio Carrera y, con su cara de "yo no fui", tenía la facultad de parecer inocente incluso cuando las evidencias lo señalaban culpable .
Así, en una clase cuando la profesora de Literatura Universal les dejaba con una tarea.
Mauricio había estado hojeando el libro de literatura.
En eso alzó la mano indicando que tenía una pregunta.
La maestra extrañada de que Mauricio decidiera participar, aunque fuese ya casi a la salida, le dio la oportunidad de preguntar.
—Dime, vamos— dijo la maestra para animar a Mauricio.
—Miss…—dijo Mauricio, como quien no quiere la cosa—, estaba leyendo esa parte de La Odisea que habla de ese personaje, Odiseo, llegando a una isla donde vivían unos gigantes que cuidaban ovejas.
—Por supuesto, ya sé de qué isla hablas. Los gigantes de ahí eran conocidos como cíclopes.
—Y esos gigantes sólo tenían un ojo, ¿verdad? — preguntó Mauricio a la ingenua profesora.
—Sí, esa era la característica que los identificaba, Mauricio. Y el más conocido de todos se llamaba…
—¡Polifemo, sí! ¡Y él está aquí con nosotros, señorita!
—¿Cómo? ¿De qué hablas?
—¡Sí! —declaró Mauricio, triunfante y señalando al mismo tiempo a Polibio— ¡Mírelo, ahí está!
Sin entender, Polibio se vio otra vez en el centro de todas las miradas.
Aún no contento con esto, Mauricio fue hasta la pizarra, tomó un marcador y escribió el nombre completo de Polibio que al parecer tenía escrito también en un papelito en su mano.
Todos miraron y vieron cómo Mauricio había graficado el nombre de Polibio haciendo énfasis en las primeras dos letras de cada palabra: POlibio LIsandro FErrer MOran.
—¡Polibio es Polifemo, miss! —comenzó a gritar Mauricio entonces y a saltar al mismo tiempo feliz de que su plan hubiera salido como él deseaba— le falta un ojo y hasta se llama como él. ¡Ja, ja, ja! ¡Y yo me di cuenta primero!
Mauricio terminó en el rectorado aquel día, pero fue muy difícil calmarlo luego de su “victoria”.
Polibio, en cambio, sufrió otra recaída en su autoestima, pues aquel episodio terminó en boca de todos y al poco el apodo ideado por Mauricio pegó tal punto que los demás en su clase terminaron llamándole Polifemo.
Y aquello motivó otra intervención del padre Roland, quien esta vez prohibió cualquier tipo de apodo en las inmediaciones del colegio, so pena de recibir un castigo que consistía en ser asignada una cantidad doble de deberes durante todo el año, castigo que él mismo se ocuparía de imponer.
Para demostrar cuán seria iba la cosa, la medida fue impuesta primero a Mauricio, el cual se vio demasiado ocupado como para seguir maquinando maldades.
Nada de eso hizo mucho por Polibio. Se volvió un chico más retraído que antes y un alumno con puntajes que apenas superaban el nivel mínimo.
Los días pasaron y lentamente él se fue ajustando a la falta de su ojo, pero sin recobrar el ánimo alegre que antes le caracterizaba.
Ya no encontraba gozo en la compañía de otros niños y más bien durante los recreos los evitaba.
La única persona con la que de cuando en cuando conversaba era Samuelito, el portero del colegio, que era llamado así por los estudiantes.
Maga
—Usted debería estar jugando con los otros niños de su edad, niño Polibio —le decía Samuelito mientras trabajaba en uno de los innumerables jardines del colegio.
—No, no quiero que me traten feo porque estoy tuerto.
—Ya, bueno, le comento que hay otros niños que reciben educación especial. De repente, se puede hacer amigo de uno de ellos.
—¿Cómo la niña fantasma? —preguntó Polibio— ¿La que se aparece en alguno de los patios cerca del rectorado y sólo está de tarde?
—No es ningún fantasma. Yo la dejo pasar todos los días, y el padre Roland le da clases solo a ella porque sus papás así lo quieren a cambio de que esos señores ayuden a los pobres a través de las fundaciones que tiene el padrecito. Y esos señores dan un buen billete al colegio.
—Quisiera hablar con ella...