4. Julián de Pálida Tez
J ulián Valverde está aliviado de que haya terminado la clase de álgebra.
Es la materia que no entiende, la que le hace pasar largas horas del día tratando de resolver operaciones llenas de símbolos sin significado para él, como si fueran de otro idioma, y de cuyo valor para su futuro aún no está convencido.
Es ya la hora del recreo y todos salen alegres y bulliciosos, aunque Julián, sin tener la misma prisa que los otros, sale más bien al último.
La verdad es que preferiría quedarse en el salón, pero una de las reglas de su colegio prohíbe a cualquier estudiante permanecer en las aulas durante la hora de receso. Todos deben salir.
“Ni que uno se fuera a robar algo”, piensa con la cabeza baja y las manos dentro de sus bolsillos.
En el colegio hay lugares amplios para que los alumnos se recreen haciendo cualquier tipo de actividad física, pero Julián prefiere sentarse bajo la sombra del árbol más remoto y pensar, sólo pensar.
No es que le guste estar solo. Tiene una amiga en otro paralelo, pero hoy no ha venido y es ella, Mariela, su única amiga, su confidente y la que todos imaginan que es su enamorada.
Hoy no está y a Julián le gustaría pensar en algo más, en no extrañarla, pero no puede.
Le gustaría tenerla a su lado como todos los días.
Hoy, eso simplemente no puede ser. Ella está con sus padres en el consulado de los Estados Unidos tramitando su visa.
En unos meses, se mudará a New Jersey para vivir allá, y cuando eso pase, Julián ya no podrá ver sus cabellos tan dulcemente castaños, ni sus pequitas apenas visibles en sus mejillas. Ni sus labios siempre tan rojos.
“¿Por qué la gente tiene que emigrar?”, se pregunta Julián llevándose las manos a la cabeza. “¿No tienen ya todo lo que necesitan aquí?”
—Habla, loco… —le dice uno de sus compañeros acercándose.
—Ah, eres tú, Molina —dice Julián al reconocer a quien se le había acercado.
—Sí, yo. ¿Quién más?
Más alto que Julián, con un abdomen que prefigura una prominente gordura y de hábitos poco agradables, Molina no es la persona que él más aprecie, y de hecho Julián pensaba que el sentimiento era mutuo. El porqué está a su lado en ese momento le llama la atención.
—¿Qué hay? ¿Cómo así?
—Ah, bueno, pasaba y te vi. Dime, ¿quieres ver algo?
—¿Qué cosa?
—Mira, man , la biblioteca —dice Molina con una sonrisa amarilla y un dejo de complicidad y orgullo.
Molina tiene un maletín oscuro entre sus manos que da la idea de ser el estuche de algún aparato electrónico. La abre y muestra la “biblioteca” de la que se siente tan orgulloso. Es en realidad una colección de revistas para adultos. A simple vista, Julián calcula que hay tres o cuatro ahí dentro.
—¿Cómo así andas con eso?
—Bueno, tengo más en la memoria de mi celular, pero para mí no es lo mismo.
—No te entiendo.
—Es que en un celular hay que estar buscando para encontrar material bueno de verdad y a veces no tengo megas y mi teléfono no funciona tan bien.
Ya le he dicho a mi papi que me compre uno nuevo.
De paso, en este colegio la señal es rara: nunca se puede ver material como el que me gusta, ni jugar en línea, nada de nada.
Tener estas revistas es más práctico y todo lo puedo apreciar con más detalle.
Las fotos siempre tienen la mejor parte y nadie se mueve, como si posaran para mí. ¿Sí me entiendes?
—Sí, creo…
El que Molina tenga un vicio no le llama la atención. El que su compañero sea el primero de su clase, a pesar de ello, sí.
—¿Quieres ver una?
—¿Aquí...? Pero...
—Es fácil. Tomas una carpeta con una de estas bellezas dentro y la abres, abriendo la revista también. Todos pensarán que estás estudiando algo.
Y al hablar, hace que sus acciones sigan su palabra.
—¡Guarda eso, que nos van a ver! — dice Julián mirando a todos lados .
—No seas bobo. Nadie nos va a ver.
—¡Guarda, guarda!
—¿Qué? ¿No te gustan las mujeres?
Julián no responde. Le molesta que le hagan preguntas personales. Le gustan las mujeres, pero no tiene por qué aclarárselo a alguien como Molina.
—Claro que me gustan.
—Nunca has estado con ninguna, ¿verdad?
—No entiendo...
—Bueno pues… ¡Eres virgen!
Julián se sonroja porque es verdad. Su piel es blanca y cuando se sonroja se le nota. Molina sonríe al ver esa señal tan clara.
—Apuesto que solo te has manoseado.
—¿De qué me estás hablando?
—¡Ja, ja! De veras que no sabes nada de nada.
—No es cierto.
Pero sí lo es.
—Ya aguanta que yo te explico...
—¿Explicar qué cosa, señor Molina? —pregunta alguien por detrás del árbol bajo cuya sombra se encuentran Julián y Molina.
Ambos muchachos miran con una mezcla de asombro y temor hacia el lugar de donde viene la voz.
—¡La Chucky ! — exclama Molina.
—¡Calla, bobote! ¿Qué crees que no te escucha? —Alcanza a decir Julián con enojo.
Quien se les ha aparecido es la inspectora general, de nombre Eulalia Rosales, a quien todos llaman en voz baja “ la Chucky ” por su marcado hábito de teñirse el cabello de rojo y por su baja estatura.
También es famosa por su habilidad para detectar cuando algún estudiante del colegio está haciendo algo inapropiado.
Ambos alumnos se levantan con evidente ofuscación en sus rostros, y al hacerlo las revistas de adultos caen del estuche oscuro.
Molina torpemente trata de esconder el material de su famosa biblioteca.
—Buenos días, jóvenes —dice con acento frío la señorita inspectora.
—¡Buenos días, señorita!
—Señores, ¿qué hacen por acá? Están muy lejos de su salón de clases y pronto sonará el primer timbre que indica que ustedes deben ir a los baños para asearse y no estar sudados en la clase. Y usted, señor Molina, ¿será que le escuché referirse a mí con un nombre que no es el mío?
—No…yo no fui —murmura Molina.
—Entonces he de suponer que fue el señor Valverde aquí presente —dijo la señorita inspectora acercándose a los muchachos.
El rostro de Julián ha enrojecido con un rojo que con claridad prístina revela que al muchacho le dominan el enojo y la indignación. Una razón más para detestar a su ya detestable compañero que tácitamente le ha culpado.
—No fui yo, señorita. Molina es un mentiroso —dice Julián dirigiendo una mirada feroz al otro muchacho.
—La verdad es que claramente reconocí su voz, señor Molina —dice la señorita inspectora—. ¿Y me dirá ahora que esas revistas que tan rápido escondió son del señor Valverde, también?
Molina baja su rostro. Se ha dado cuenta de que la inspectora general no puede ser fácilmente engañada.
—Sí son mías… pero…
—Pero ¿qué? —dice la señorita inspectora con lenta voz y una media sonrisa que luce extraña en su semblante lleno de eterna severidad.
—Ni las estábamos mirando.
—Eso es verdad, señorita —se apresura a decir Julián.
En eso el timbre suena. Es el primer llamado y para el segundo todos deben retornar a sus aulas.
—Señor Molina, tenga cuidado. ¿No tiene usted acaso su matrícula condicionada a pesar de sus buenas notas? Si llamo a sus papás y les muestro el contenido de ese estuche, tendría usted que irse, pero tal vez no tengamos que llegar a eso, ¿o sí, joven?
—No, señorita —contesta el muchacho, quien ahora luce más pálido que el mismo Julián.
Una parte de Julián se alegra porque el detestable Molina está recibiendo su merecido.
Solo conoce a alguien que puede lucir más pálido que eso y ese es él mismo, pero esa es una habilidad de la que no está orgulloso.
Sus emociones son fácilmente reconocibles porque los colores que su semblante adopta cuando experimenta una emoción son extraordinariamente acentuados, cosa que llevó a sus padres a llevarlo al hospital en varias ocasiones cuando era más pequeño.
Para no pasar por tales experiencias es que prefiere la soledad.
En sus momentos solos, Julián aprovecha para ejercitarse en el dominio de sus sentimientos.
No ha hecho mucho progreso, y ahora menos que antes, pues Mariela se va y ella, con su tierna presencia, era lo que le había permitido enfocarse. Pero ya no más.
—Bien, entonces, Molina, cuide muy bien lo que dice. Sí, me explico, ¿verdad?
—Sí, señorita, pero por favor no me saque del colegio.
—Tranquilo, todavía no le va a pasar nada —dice a la inspectora a su vez con un tono desusado en su voz—. Vaya a deshacerse de ese material sucio que no debería cargar. Y luego se va derechito para su salón.
—Sí, señorita —dice Molina, tomando sus cosas con una prisa torpe—, gracias, señorita. Ya me portaré bien, verá. Hasta luego, señorita.
Entre aliviado y aún nervioso, Molina corre hacia el primer tacho de basura donde tira su preciada biblioteca para luego enrumbarse al edificio de las aulas.
—Y usted, señor Valverde…
—Dígame, señorita.
—Es malo querer estar siempre solo. Haga amigos, socialice más y deje de aislarse todo el tiempo.
—Bueno, señorita.
Para el grupo de Julián la clase siguiente es la de Realidad Nacional. Hoy su profesora, con el improbable nombre de Ruthdaela Loor, les enseña un esquema acerca de la distribución de la riqueza en el Ecuador con relación a las razas de las personas que lo habitan.
—Aparentemente, ser miembro de la raza blanca es una gran ventaja —dice la profesora Ruthdaela, delgadita y toda sonriente—, aunque, claro, los blancos son una minoría en este país nuestro.
“Sí, claro…”, piensa Julián de pálida tez al escuchar eso. “Una ventaja. ¡Qué equivocada, esta señorita! ¡No puede ser una ventaja que a uno se le note tan fácilmente cuando le da vergüenza!”