3. Los Gatos de Damián Heras
N o había sido suficiente. Los gatos se dieron cuenta recién cuando vieron los ojos de Damián Heras, “su amo”, ahora grandes y fijos en ellos, sin pestañear.
En aquellos ojos había una mirada que reflejaba de forma inequívoca la presencia de ese sentimiento confuso que resulta de mezclar el susto y el asombro.
Es un sentimiento tan humano como cualquier otro, que a gritos pide —y eso es precisamente lo que lo hace humano— explicación para lo incomprensible.
Pero tal no llegó nunca. Damián había caído mientras botaba saliva por la boca en medio de convulsiones.
Al día siguiente, sus padres le habían encontrado en el suelo con los gatos a su lado, los rastros de saliva en su rostro y los ojos abiertos.
Al remecerle, el joven reaccionó, pero se mostró extrañado, pues nada recordaba.
De lo que había pasado, no había más testigos que los mismos gatos, quienes apaciblemente ronroneaban como si les agradara que el muchacho estuviera bien.
Meses atrás, Damián se había topado con ellos mientras regresaba a pie desde su colegio, Nuestra Señora.
Su corazón se encariñó con ellos en cuanto los vio y al punto los llevó a su hogar e hizo parte de su familia.
Como sus padres trabajaban y Damián entonces se quedaba solo, los gatos, macho y hembra, se convirtieron en su principal compañía.
De a poco, ellos, que, como todos los gatos, eran naturalmente reservados, fueron aceptando a Damián, llegando a estimarlo y hasta quererlo.
Y quizás ese fue el problema, quizás en eso estuvo su falla: en querer a Damián, en creer que él era diferente.
Sin embargo, estaban equivocados y lo que pasó aquella noche les demostró precisamente cuánto.
—Díganme —les había dicho, llevado por un impulso que simplemente se le ocurrió, una idea ridícula, algo del momento.
Ellos con él eran, en esos momentos, los únicos en casa.
—¿Ustedes pueden hablar?
Los gatos se incorporaron, pues habían estado acostados en la alfombra de la sala, y se miraron. Pensaron que después de todo aquel tiempo con ellos, él ya estaría preparado. Entonces. Habían respondido al unísono, con voz tranquila, antinatural, inhumana.
—Sí, sí podemos.