2. Alsino, mi primer amigo en el colegio
M i primer día en Nuestra Señora no fue lo que esperaba.
Quisiera decir que todo fue bien, y en apariencia estuvo bien, pero por otras razones.
Mi nombre es Cristian Orbe y no soy una persona normal y creo que nunca lo seré.
Sé que de un modo u otro nadie es absolutamente normal.
Todos tenemos algo, un dejo de locura, un exceso de amor propio, una ingenuidad exacerbada; algo siempre está ahí separándonos de los demás, estableciendo un límite que a veces es claro y otras veces indefinible.
En mi caso, no es nada de eso. Nadie sobre la tierra puede ver y hablar con los muertos y, además de eso, darles órdenes. Eso es algo que solo yo puedo hacer.
Decir que puedes mandar sobre los muertos parece la afirmación de un loco o de alguien que busca llamar la atención.
En realidad, yo no busco ser famoso pues soy de las personas que se sienten mejor cuando los demás no se meten en la vida de uno.
Yo no pedí este poder, nunca lo busqué. Lo tenía de una manera parcial desde que era pequeño y fue sólo más tarde cuando bajo circunstancias que aquí no contaré que tal habilidad me fue concedida por completo.
No es una bendición, pero tampoco se siente como lo opuesto.
De hecho, ya lo hice, lo acepté como algo inevitable.
Me he acostumbrado como cuando se padece una deficiencia congénita.
La he tenido tanto tiempo que no sé lo que es carecer de ella.
Además, de alguna manera me hace especial y en un mundo donde todos quieren verse, comportarse y hasta hablar igual, no ser como los demás te da identidad.
Tener esta facultad tampoco es tétrico. No es que yo conviva con los muertos.
Todos convivimos con ellos sin darnos cuenta.
Los fantasmas están activos a cualquier hora, existiendo junto a nosotros, más allá de nuestra percepción.
¿Se pueden ver las estrellas en el cielo diurno?
No se puede, pero eso no quiere decir que no estén ahí, simplemente no se las puede ver porque la luz del sol no lo permite.
El hombre no teme a los fantasmas durante el día porque piensa que ellos se manifiestan luego del ocaso.
La noche trae consigo nuestro temor ancestral a la oscuridad, a lo que no podemos ver.
Los fantasmas siguen deambulando por ahí, invisibles, reales, inofensivos casi siempre.
Son incapaces de comunicarse con nosotros porque su esencia es inmaterial.
Experimentan las cosas de otra forma y la manera en que se relacionan con el mundo no es como la nuestra.
La suya es una forma de existir que todavía no podemos entender y es probable que ellos tampoco.
Sin embargo, algunos de sus intereses se mantienen con ellos más allá de su paso a ese otro nivel; son los famosos “asuntos pendientes” que los ligan a un lugar.
Pasa con frecuencia y de ahí la existencia de “lugares encantados”, víctimas de actividad de ultratumba por varios años hasta que esa presencia es ahuyentada o termina de existir por completo.
Los fantasmas que no logran llegar al cielo o al infierno y se quedan en este mundo “mueren”.
Lo que nosotros llamamos “muerte” solo concierne al cuerpo: la otra, la muerte real, es la del espíritu.
Algo que quisiera agregar es el asunto de su aspecto.
Las películas los han desdibujado porque los espíritus de los muertos se ven como personas normales.
De hecho, durante mucho tiempo pensé que ellos eran como las demás y que el mundo tenía más gente de la que se decía.
Nunca he visto decapitados o quemados andar por ahí luciendo de esa manera, sino como eran antes de morir, porque el espíritu no es físico.
Además, se presentan vestidos, siempre del mismo modo porque es una de esas últimas memorias, esas que no se van, aunque no hay donde ponerlas.
Los fantasmas no son las personas que conocimos sino una parte de quienes fueron.
La mayoría alcanza ese lugar iluminado en el que no hay dolor y otros descienden a la oscuridad de la que no hay salida.
De esos sitios poco sé. Sé que, al entrar, la vida pasada desaparece de nuestros recuerdos y no se quiere volver.
Hay, sin embargo, excepciones como Adamaris, una antigua sacerdotisa griega, quien murió siendo aún bastante joven y es mi consejera en estos asuntos.
Ella está conmigo por un propósito importante para el futuro.
Aún no conozco la naturaleza de ese propósito y quisiera saberlo para prepararme.
Debo sentarme a hablar con Adamaris y hacerle muchas preguntas, pues sabe muchas cosas acerca de todo y de todos y eso probablemente me incluye a mí también.
No estoy haciendo nada de eso por ahora.
Ha sido el primer día de clases y mi mente está llena de impresiones.
Primero, están aquellas que normalmente tendría y entre esas está la de que la vida de colegio, o al menos en este colegio, va a ser muy ocupada: desde ya nos asignaron un montón de deberes.
Entiendo la necesidad de cumplir con las tareas, pero en algunos casos no entiendo de qué nos sirve aprender ciertas cosas como la posición en meridianos y paralelos de las islas Galápagos o los nombres de los metales de la tabla periódica. Esas cosas, no son lo mío.
En segundo lugar, están las impresiones que obtengo debido a mi naturaleza especial y entre ellas, está el hecho de que los espíritus de los muertos prefieren no entrar en este colegio, y se limitan a rondar el perímetro de este.
Cuando me di cuenta, recordé las palabras de bienvenida que el padre Roland, el fundador y rector del colegio, dio a los nuevos estudiantes: “…y siéntanse bien y relajados para estudiar, pues este tal vez no sea su segundo hogar, pero mientras estén aquí dentro estarán protegidos contra cualquier tipo de mal. ”
¿Será que eso es cierto? ¿Cuál es entonces el poder o la barrera que impide el ingreso del mal a los terrenos de Nuestra Señora ?
Porque no creo que esté ahí sólo porque sí.
De seguro, alguien tiene que haber decidido que así sea y eso quiere decir que aparte de mí hay otras personas con facultades que rivalizan con la mía.
No sé si esto sea bueno o malo, si acaso algún día esas personas me ayudarán o más bien tendré que enfrentarme a ellas.
Me queda esperar y preguntarme quién aparte de mí tiene el poder de impedir el paso a los espíritus.
Y, sin embargo, puedo afirmar que los fantasmas no están en este mundo para hacernos daño; bueno, no todos.
Creo que eso también lo sabe aquel o aquello que limita la entrada al colegio de seres malignos.
Para comprobarlo, me alejé de los demás e invoqué a Adamaris, quien inmediatamente acudió probándome, así que los espíritus buenos sí tienen acceso al colegio.
Volviendo al colegio, esto es un mundo nuevo para mí.
Hasta antes, había sido educado en casa y la experiencia de la escuela era algo que no tuve.
Mi papá me dijo que así había sido mejor, pero que no podía estar por siempre alejado de personas de mi edad.
Nuestra Señora parece no tener límites. En este primer día, nos tuvieron de un lugar a otro, mostrándonos eso e indicándonos aquello hasta que fue la hora del recreo y todos salieron al inmenso patio, aunque yo no.
En su lugar, busqué un baño de varones que no estuviese muy concurrido.
Así pues, entré al baño más lejano que pude encontrar, uno en la parte norte del colegio.
Hice lo que tenía que hacer y antes de salir, mientras me lavaba las manos, noté que no estaba solo pues alguien se escondía detrás de una de las puertas de uno de los cubículos interiores.
—¡Ya sal de ahí, que ya sé que te estás escondiendo! —dije en voz alta.
De uno de los cubículos salió un muchacho que aparentaba tener dos años más que yo y que llevaba en sus ropas los distintivos del colegio. Era de tez muy pálida, con ojos de color miel y cabellos muy rubios. Me pregunté si era un extranjero
—Hola —dijo mientras se acercaba—. Me llamo Alsino y yo también soy estudiante de Nuestra Señora.
—¿De verdad? Entonces… ¿por qué te escondes?
—Lo siento —dijo con una sonrisa que se veía sincera—, pero en cuanto te vi me di cuenta de que no eres como los demás chicos y decidí verte de lejos antes de acercarme.
—¿Qué no soy como los demás? ¿De qué hablas?
—Sí. Mírate a ti mismo. No podría decir si eres blanco o chino o negro o mestizo. Es como si tuvieras algo de todas las razas, como si el mundo entero estuviera representado en tu persona.
Sin proponérmelo, me miré en el espejo del baño y sonreí porque hasta entonces no le había prestado atención a mi aspecto.
Recordé que mi mamá me había dicho que pronto habría cambios en mi aspecto físico y que a eso se le llamaba pubertad.
De alguna manera, la pubertad se estaba presentando ya y al mismo tiempo estaba acentuando mi herencia genética.
—Digamos que soy como un representante de todas las razas del mundo.
—En ti, sí que es verdad. Oye, por cierto, no me has dicho cómo te llamas.
—Oh, claro. Mi nombre es Cristian Orbe y no tengas miedo de mí, que no te haré daño.
—No te tengo miedo. Es curiosidad; soy muy curioso, ¿sabes? Aunque es verdad que también soy algo tímido. Me gustaría que fuéramos amigos. Hace tiempo…hace algún tiempo que no tengo un verdadero amigo.
—Ya veo y dime, ¿en cuál curso estás?
—Bien, soy mayor que tú, así que debo de estar en uno de los cursos superiores. En décimo de básico está bien… ¿Comprendes?
—Sí, creo… ¿Y vas a estar ahí cuando suene el timbre?
—Sin duda. Hay mucho que estudiar. Este colegio es Nuestra Señora, no es cualquier colegio, y por eso tenemos que ser excelentes.
Es un nuevo año, Cristian. La vamos a pasar bien y, como te dije, quisiera ser tu amigo.
Para mí es difícil ser amigo de mis compañeros, pues generalmente me ignoran y lo mismo mis profesores.
Supongo que en realidad no me destaco mucho.
—¿Ah, de veras? Yo tengo un problema similar…
—Te digo algo… podemos reunirnos en los recreos y hablar. Tú pareces ser una persona interesante no solo por tu aspecto .
—Bueno… gracias.
En eso, sonó la campana indicando el término del recreo.
—Ok, tengo que ir a clases. Recuerda, Cristian: aquí hay que estudiar bastante, pero no te preocupes, que si necesitas ayuda, yo te la daré —entonces Alsino fue corriendo hacia su clase o la que él creía que debía serlo.
Yo, en cambio, no tenía ninguna prisa.
—Adamaris…
—Sí, mi señor. ¿Qué necesitas? —dijo ella apareciendo a mi lado.
—¿Qué le pasó al chico que se acaba de ir?
—Veo en su pasado una vida muy triste. Su única alegría era venir a este colegio y cuando su vida terminó, eso fue exactamente lo que hizo. Ha estado confundido desde ese tiempo y por eso se escondió. De no ser porque lo descubriste, mi señor, él hubiera seguido en ese baño por toda la eternidad.
—¿Ahora qué piensa hacer?
—Tratará de imitar lo bueno que recuerda de su vida, pero…
—Fracasará…
—No está vivo. No lo ha estado desde hace algunos años. Ese es su problema. Quizás la amistad que le des pueda hacer algo por él. ¿Le harás ver que realmente está muerto?
—No, tengo un deseo egoísta: él quiere un amigo y yo también. Pero hablaremos luego, pues tengo una clase importante ahora y estoy algo atrasado.
—Como digas, mi señor.
Adamaris se fue y yo fui a mi clase, pero en ningún momento dejé de pensar en mi nuevo amigo.
¿Qué eventos de su existencia le llevaron a refugiarse en Nuestra Señora ?
¿Por qué deseaba tanto seguir siendo un estudiante en este colegio?
¿Por qué necesita tanto un amigo? Alsino es uno de los espíritus más interesantes con los que me he topado, lleno de misterios, pero con un corazón inmenso que lo compensa todo.
Es mi único amigo en el colegio y no importa que no esté vivo.
En este mundo falaz nadie necesita tener un amigo perfecto; es suficiente con tener un amigo verdadero.