El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) CAPÍTULO 32 Tras el rastro hasta Nájera
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CAPÍTULO 32 Tras el rastro hasta Nájera

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Nájera dejó de ser una referencia.

Se convirtió en un archivo.

Eso fue lo que cambió cuando Sebastián, Irene, Mauro y Fray Julián llegaron con una pregunta mucho más precisa que todas las anteriores.

Ya no buscaban un códice.

No buscaban un título.

Ni siquiera buscaban un propietario.

Buscaban una escritura.

Una referencia.

Un nombre asociado a un libro grande de pergamino, incompleto al comienzo, que había permanecido fuera de San Millán bajo una modalidad prolongada de guarda.

Era menos espectacular.

Y mucho más difícil de confundir.

Mauro llevaba copias de las referencias reunidas durante los últimos días.

Sebastián, una cronología.

Irene, las fotografías con los rasgos materiales.

Fray Julián, las concordancias entre los inventarios de San Millán y las transcripciones posteriores.

Nadie necesitó decir que estaban cerca.

Se notaba.

La primera consulta resultó decepcionante.

La signatura del repertorio no conducía exactamente a una escritura.

Remitía a una agrupación documental posterior que había sido reorganizada varias veces.

Parte se encontraba integrada en protocolos.

Otra parte había terminado en documentación familiar.

Una tercera aparecía en un índice histórico sin localización actual.

Mauro miró a Sebastián.

—No diga nada.

—No iba a decir nada.

—Lo estaba pensando.

Irene sonrió.

El archivero les mostró entonces una relación antigua de referencias cruzadas.

Allí estaba el número que Sebastián había comparado con la documentación procedente de San Millán.

El identificador secundario coincidía.

La signatura principal, no.

Aquello demostraba algo importante.

Al llegar a Nájera, la documentación había sido incorporada a otro sistema de clasificación.

Irene señaló.

—Entonces la referencia viajó.

—Sí.

—Aunque la signatura cambiara.

—Exactamente.

Mauro observó.

—Eso sí es útil.

—Mucho.

Sebastián pidió todas las entradas relacionadas con aquel identificador.

Aparecieron seis.

Cinco no aportaban nada.

La sexta decía:

Recepción de libro antiguo por persona encargada de su guarda.

Nadie habló.

Irene se acercó.

—Fecha.

Encajaba.

Posterior a Sancho Martínez.

Anterior a la primera descripción doméstica conocida del volumen.

Mauro preguntó:

—¿Nombre del libro?

No lo daba.

—¿Persona?

Tampoco figuraba en el índice.

Sebastián siguió la referencia completa.

Había una indicación:

Vid. asiento anterior de procedencia emilianense.

Fray Julián quedó inmóvil.

—Emilianense.

Sebastián asintió.

La palabra vinculaba expresamente la entrada con San Millán.

No necesitaban ya depender exclusivamente de similitudes materiales.

La procedencia estaba escrita.

Irene preguntó:

—¿Sobrevive la escritura?

El protocolo original estaba incompleto.

Pero existía una copia del siglo XIX dentro de una colección de transcripciones notariales.

Otra vez una copia.

Sebastián ya no se sorprendió.

La trajeron.

El compareciente principal era Sancho Martínez.

Aquello cerraba la etapa anterior.

Aparecía como responsable de bienes recibidos bajo guarda.

Más abajo figuraba un volumen.

No por título.

Por descripción:

Libro en pergamino, falto al principio, recibido según mandato antiguo de San Millán.

Irene dejó de moverse.

Sebastián continuó.

Formato mayor.

Sin título conocido.

La coincidencia documental y material era completa.

Mauro habló:

—Es el mismo.

Sebastián asintió.

—Sí.

Esta vez no había nada que matizar.

Sancho Martínez comparecía para transmitir la responsabilidad sobre el mismo volumen que habían seguido desde San Millán.

El manuscrito estaba allí.

No físicamente.

Documentalmente.

Y seguía en Nájera.

Mauro preguntó:

—¿A quién se lo entrega?

Sebastián siguió hasta la línea correspondiente.

Estaba dañada.

Una mancha atravesaba precisamente el nombre del receptor.

Irene cerró los ojos.

—No.

Sebastián acercó la reproducción.

Podía distinguirse una inicial.

Tal vez una D.

Después, el comienzo de un apellido.

No alcanzaba.

Fray Julián preguntó:

—¿Y cómo describe la función?

Sebastián continuó.

La frase era casi completa:

para que lo conserve y responda por él conforme a la instrucción anterior

Después aparecía una abreviatura:

cust.

La sala quedó en silencio.

Mauro miró a Sebastián.

—No la va a completar.

—No.

Irene exhaló.

Sebastián siguió observando.

La abreviatura podía corresponder a más de una forma.

No iba a elegir ninguna por contexto.

Todavía no.

Pero era la primera vez que aquella abreviatura aparecía dentro de la escritura específica que documentaba el relevo.

No en una nota secundaria.

No en una paráfrasis posterior.

Dentro de la propia cadena.

Irene preguntó:

—¿Existe otra copia?

El archivero buscó.

Había una reproducción posterior.

Más clara.

Pero cortada por abajo.

Sebastián la tomó.

La abreviatura seguía exactamente igual.

No resolvía nada.

Irene señaló una remisión marginal.

—Hay una referencia.

Decía:

Ver relación de responsables.

La misma serie que llevaban semanas persiguiendo.

Sebastián sintió que estaban a una sola pieza.

Aquella relación no había sido una interpretación de Riaño.

Tampoco una hipótesis de Ledesma.

Existía.

La escritura de Nájera la mencionaba expresamente.

Mauro preguntó:

—¿Dónde está?

No sobrevivía con ese título.

Pero el índice antiguo contenía una entrada:

Relación de encargados de libros de procedencia foránea.

Sebastián permaneció inmóvil unos segundos.

—Pedila.