El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 3
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La identificación definitiva llegó por una imperfección.

No una palabra.

Una falta.

Irene llevaba horas comparando fotografías cuando encontró algo que ninguno de los inventarios había descrito con suficiente precisión.

El manuscrito fotografiado en el siglo XIX carecía de sus primeros folios.

Eso ya lo sabían.

Pero la pérdida no era limpia.

Permanecían restos de un cuadernillo inicial.

Una pequeña pestaña de pergamino.

Perforaciones antiguas.

Y un corte irregular.

Irene se inclinó sobre la fotografía.

—Quiero comparar esto con las descripciones de salida.

Sebastián la miró.

—¿Con el fragmento reutilizado?

—No. Ese fragmento pertenece al registro, no al manuscrito.

—Entonces ¿qué buscás?

—La reparación que describieron antes de que el volumen saliera.

Fray Julián abrió el inventario de libros separados.

Había una observación que, hasta entonces, ninguno había conectado con las descripciones privadas:

sale incompleto de principio, con pérdida de hojas primeras

Nadie habló.

Mauro se acercó.

—¿Ya estaba así cuando salió?

Sebastián volvió a leer.

—Sí.

Aquello explicaba una fórmula que atravesaba siglos:

sin principio cierto

No era una pérdida producida en una biblioteca privada del siglo XIX.

El volumen ya había abandonado San Millán incompleto.

Irene señaló:

—Éste sí es un rasgo que viaja con el objeto.

Sebastián asintió.

Había más.

La misma nota describía una reparación del primer cuadernillo.

Una costura más antigua.

Después otra posterior.

Irene regresó a las fotografías del manuscrito privado.

Dos líneas de perforaciones.

Una en uso.

Otra abandonada.

—Esto pesa mucho —dijo.

Sebastián asintió.

No era una sola coincidencia.

Era la convergencia de varias.

Pergamino.

Formato mayor.

Falta de los primeros folios.

Doble perforación de cosido.

Descripción histórica como segunda unidad.

Continuidad de nombres documentada por Valcárcel.

Nájera.

La posterior tradición Oruña.

Sáenz de Tejada.

Martínez Rivas.

Y la fotografía del registro examinada por Anselmo Cárdenas.

Mauro lo observó.

—Ahora.

Sebastián no necesitó preguntar qué quería decir.

Volvió a mirar la fotografía.

Después las descripciones.

La carta de Valcárcel.

El registro antiguo.

—Sí.

Mauro se inclinó.

—¿Es el mismo manuscrito?

Sebastián respondió sin añadir ninguna reserva.

—Sí.

La palabra quedó en la sala.

Después de semanas de hipótesis, copias incompletas y denominaciones contradictorias, podían afirmar la identidad del objeto sobre una base documental y material convergente.

El manuscrito que reaparecía en el siglo XIX era la segunda unidad salida de San Millán.

No sabían dónde estaba en el presente.

Ni podían reconstruir todavía todos los siglos intermedios.

Pero ya sabían algo que resultaba igual de importante.

Sabían cómo había conseguido volverse irreconocible.

Su nombre había cambiado tantas veces que la propia documentación había terminado separando identidades que pertenecían a un mismo objeto.

Irene se sentó.

—Entonces Riaño tenía razón.

Sebastián la miró.

—¿En qué?

—Todos buscaron el libro equivocado.

Sebastián negó.

—No.

Irene esperó.

—Buscaron el nombre equivocado.

Ella sonrió.

—Mejor.

Mauro abrió una hoja nueva.

—Entonces revisamos Nájera sin exigir que diga códice, San Millán ni segundo volumen.

—Sí.

—¿Qué buscamos?

Sebastián empezó:

—Formato mayor.

Irene añadió:

—Pergamino. Incompleto al comienzo. Señales de una doble estructura de cosido.

Fray Julián continuó:

—Alguna referencia a entrega, guarda o procedencia ajena.

Sebastián asintió.

No necesitaban una palabra.

Necesitaban un perfil.

Mauro preguntó:

—¿Y la persona responsable?

—También.

La relación separada seguía siendo decisiva.

Pero ahora podían seguir el objeto incluso si la terminología cambiaba.

Fray Julián continuó revisando repertorios de Nájera.

De pronto se detuvo.

—Encontré algo.

Sebastián se acercó.

La descripción era posterior a la etapa documentada de Sancho.

No decía San Millán.

Tampoco Oruña.

Decía:

Libro grande de pergamino, incompleto al comienzo, puesto en guarda por mandato ajeno.

Irene levantó la cabeza.

—Eso coincide demasiado.

Sebastián leyó varias veces.

La fecha era posible.

El lugar también.

Y había una referencia a una escritura adjunta.

No estaba transcrita.

Mauro preguntó:

—¿Nombre?

Fray Julián señaló.

La persona aparecía abreviada.

Una inicial.

Parte de un apellido.

No alcanzaba para identificarla.

—¿Dónde está la escritura?

—En otra serie.

Mauro se levantó.

—Entonces ahí vamos.

Sebastián siguió mirando la entrada.

Había un número antiguo.

Lo colocó al lado de la referencia procedente de la relación vinculada con San Millán.

No eran idénticos.

Pero compartían un identificador secundario.

—Esperá.

Irene se acercó.

—¿Qué viste?

Sebastián puso ambas referencias juntas.

—El registro de Nájera puede estar conservando la remisión de un documento anterior.

Fray Julián observó.

—Entonces la cadena se conecta acá.

—Sí.

—¿Y la escritura puede conservar la fórmula original?

Sebastián asintió.

Eso era exactamente lo que necesitaban.

No una reconstrucción del siglo XIX.

Tampoco una nota familiar.

Una escritura antigua o una copia suficientemente próxima podía conservar la denominación exacta de la persona que había recibido el volumen.

Mauro recogió sus cosas.

—Vamos a Nájera.

Esta vez Sebastián no puso ninguna objeción.

No quedaba nada útil que esperar en Yuso antes de seguir aquella referencia.

El manuscrito había cambiado de nombre.

Había atravesado generaciones bajo descripciones diferentes.

Había perdido sus primeros folios y su referencia directa a San Millán.

Pero no había perdido todas sus marcas.

Seguía siendo el mismo objeto.

Y por primera vez podían recorrer su historia hacia atrás desde una descripción privada hasta una entrega medieval sin depender de un título.

Sebastián volvió a mirar el repertorio.

Nájera ya no era una posibilidad.

Era el archivo al que conducían las referencias.

Allí se había registrado un libro grande de pergamino, incompleto al comienzo.

Allí podía sobrevivir la escritura que seguía a Sancho.

Y allí podía encontrarse, finalmente, la denominación exacta que durante toda la investigación había aparecido reemplazada por expresiones incompletas.

No necesitaban anticiparla.

Solo necesitaban encontrar el documento que permitiera leerla sin dudas.