El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 2
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La referencia apareció en una carta de Tomás Valcárcel.

No era un catálogo.

Tampoco una ficha destinada a una colección.

Era correspondencia dirigida a un comprador que finalmente no adquirió el manuscrito.

Sebastián leyó lentamente:

El pergamino que en papeles antiguos figura como “segundo volumen” es el mismo que la casa describe después como “libro de memorias”, aunque no he podido determinar cuándo se modificó la denominación.

Nadie habló.

Mauro fue el primero.

—Ahora sí.

Sebastián continuó mirando la carta.

Aquello era diferente.

No una inferencia moderna.

Un hombre del siglo XIX había tenido delante las dos tradiciones documentales y había identificado explícitamente la continuidad entre ellas.

Irene señaló la línea siguiente.

—Seguí.

Sebastián leyó:

La diferencia parece provenir de una reparación antigua y de la pérdida de los primeros folios, de modo que algunos lo tuvieron por cuaderno independiente.

Irene asintió.

—Eso explica “sin principio cierto”.

—Sí.

—Y también por qué lo llamaron cuaderno.

—Sí.

Fray Julián preguntó:

—¿Valcárcel dice de dónde obtuvo la referencia a “segundo volumen”?

Sebastián continuó.

La carta mencionaba:

papel de procedencia conservado con los Oruña

Otra vez la documentación.

La misma tradición que vinculaba las antiguas entregas personales.

La misma que, siglos después, había terminado mezclada con manuscritos de procedencia familiar incompleta.

Irene habló:

—Entonces el cambio de nombre está demostrado.

Sebastián asintió.

—Sí.

Ya no quedaba una duda razonable sobre ese punto.

La pieza conocida antiguamente como segundo volumen había sido descrita después como libro de memorias, cuaderno grande, pergamino sin título y finalmente manuscrito antiguo de procedencia riojana.

No eran necesariamente cinco objetos.

Eran cinco modos de mirar el mismo.

Mauro preguntó:

—¿Y “códice”?

Sebastián lo miró.

—No sabemos si esa palabra aparece aplicada a la pieza en la documentación histórica.

—Pero nosotros la usamos.

—Como denominación de trabajo.

Mauro negó lentamente.

—Entonces incluso el nombre con el que llevamos siguiéndolo puede no haber sido nunca su nombre.

—Exactamente.

Irene sonrió.

—Eso es bueno.

Mauro la miró.

—¿Bueno?

—Sí. Porque deja claro que ya no tenemos que buscar una palabra concreta.

Sebastián entendió.

Podían abandonar definitivamente una investigación basada en títulos.

Debían seguir rasgos materiales, referencias cruzadas, procedencias y relaciones documentadas.

Fray Julián encontró una segunda carta de Valcárcel.

La confusión aparecía allí todavía mejor expresada:

No debe confundirse el nombre moderno con la identidad antigua de la pieza. Los papeles hablan de la misma unidad bajo distintas denominaciones.

Sebastián permaneció mirando aquella frase.

Parecía resumir semanas de investigación.

Mauro preguntó:

—¿Valcárcel llegó a demostrar San Millán?

Sebastián siguió leyendo.

No.

La carta decía:

La referencia a San M. merece revisión, pero no debe emplearse en venta hasta que pueda acreditarse.

Irene asintió.

Valcárcel no había utilizado una procedencia prestigiosa para aumentar el atractivo comercial.

Había hecho exactamente lo contrario.

La había retenido porque no podía demostrarla.

Eso reforzaba una vez más la explicación más sencilla.

La historia no se había roto por una gran falsificación.

Se había roto por pérdida progresiva de contexto.

Mauro preguntó:

—¿Cuándo se convierte la posibilidad Oruña en una certeza familiar?

Fray Julián volvió a las anotaciones.

Eusebio Oruña había escrito:

podría ser el mismo pergamino. No probado.

Años después, un inventario posterior decía únicamente:

Libro de memorias procedente de la casa.

Irene señaló ambas frases.

—Ahí.

Sebastián asintió.

La cautela había desaparecido.

No porque alguien hubiese inventado necesariamente una mentira.

Cada generación había copiado menos información que la anterior.

Primero se perdió no probado.

Después podría ser.

Finalmente quedó solo la procedencia familiar.

Sebastián observó las dos tradiciones.

—El mismo tipo de degradación ocurre dos veces.

Irene lo miró.

—¿Dónde?

—En San Millán, la segunda unidad deja de figurar en los inventarios comunes porque pasa a otro sistema documental.

—Sí.

—Y en los Oruña, una atribución provisional termina pareciendo definitiva porque las palabras de duda desaparecen.

Mauro añadió:

—Después todos leen la última versión como si siempre hubiera sido así.

Sebastián asintió.

No hacía falta manipular documentos para que la verdad se debilitara.

A veces bastaba con resumirlos.

Fray Julián encontró entonces una referencia distinta.

Procedía de una copia del siglo XVIII.

La pieza estaba descrita como:

Libro viejo entregado en guarda, sin título que se sepa.

Sebastián se acercó.

—¿Fecha?

Julián se la dio.

Era anterior a los inventarios Oruña del siglo XIX.

—¿Lugar?

—Nájera.

La sala quedó en silencio.

Irene señaló la expresión.

—“Entregado en guarda.”

Sebastián asintió.

En el siglo XVIII todavía sobrevivía la memoria de que aquel libro no había sido simplemente una propiedad familiar.

Había sido entregado.

Existía una responsabilidad anterior.

Mauro preguntó:

—¿Quién redactó el inventario?

No era Oruña.

Correspondía a otra casa particular.

Sebastián levantó la mirada.

—¿Cuál?

Fray Julián leyó:

Martínez de Soria.

El apellido Martínez no permitía establecer automáticamente ninguna relación con Sancho Martínez.

Habían pasado demasiados años.

Podía existir un vínculo familiar.

También una simple coincidencia.

Sebastián no iba a elegir entre ambas sin pruebas.

Irene preguntó:

—¿Cómo pasa después a Oruña?

Fray Julián siguió la documentación.

Aparecía una venta conjunta de libros y papeles.

No se individualizaba el manuscrito.

Era un lote doméstico.

Sebastián anotó la fecha.

Por primera vez empezaban a rellenar una parte del enorme vacío entre los responsables medievales y la documentación del siglo XIX.

Todavía no podían reconstruirlo completo.

Pero empezaban a ver algo importante.

El volumen había permanecido durante generaciones dentro de casas particulares sin perder completamente la memoria de su condición.

Mauro preguntó:

—¿Dice algo más?

Fray Julián leyó:

Se conserva con papel antiguo que declara su procedencia.

Irene se quedó inmóvil.

—La copia seguía con él.

—Sí.

En ese momento, el manuscrito y la documentación capaz de explicar su origen todavía viajaban juntos.

Más adelante se separarían.

Y probablemente allí comenzaría la verdadera pérdida de identidad.

Mauro señaló la cronología.

—Entonces hay que encontrar la primera vez que aparece el libro sin el papel.

Sebastián asintió.

Eso podía ser más útil que seguir cada propietario.

Necesitaban detectar el momento en que el objeto empezó a circular sin la documentación que explicaba qué era.

La respuesta apareció en un inventario posterior.

El volumen figuraba.

El papel, no.

Y la descripción ya no decía entregado en guarda.

Decía:

Libro viejo de la casa.

Sebastián leyó en silencio.

Ahí estaba el cambio.

No necesariamente legal.

Tampoco necesariamente consciente.

Documental.

En una generación había desaparecido la expresión que conservaba la memoria de una entrega anterior.

Y con ella empezaba a desaparecer el origen.