CAPÍTULO 31 Otro nombre para el mismo manuscrito
BLOQUE 1
El cambio de nombre apareció primero como una molestia.
Nada más.
Una expresión distinta dentro de un inventario privado.
Una manera alternativa de describir un volumen que, en apariencia, podía ser cualquier otro.
Sebastián habría pasado por encima si Irene no hubiera detenido la lectura.
—Volvé.
Él levantó la vista.
—¿A dónde?
—Dos líneas.
Sebastián retrocedió.
La relación pertenecía a la casa Oruña.
No era el inventario donde habían aparecido los dos volúmenes en pergamino, sino una copia posterior confeccionada cuando parte de la documentación familiar había sido reorganizada.
La entrada decía:
Libro antiguo de escrituras y memorias, en pergamino.
Mauro observó desde el otro extremo de la mesa.
—Eso puede ser cualquier cosa.
—Sí —respondió Sebastián.
Irene señaló la anotación lateral.
—Pero esto no.
Al margen aparecía:
antes: vol. segundo.
Sebastián se quedó inmóvil.
Fray Julián se acercó.
—¿Segundo de qué?
—Eso no lo dice.
—¿Puede ser el nuestro?
Sebastián no respondió de inmediato.
La palabra antes era importante.
No se trataba de una entrada independiente.
Alguien estaba registrando que aquella pieza había sido conocida previamente bajo otra denominación.
Era una recatalogación.
Irene volvió al documento.
—Entonces dejó de llamarse como en los registros antiguos.
—Sí.
—Y empezaron a describirlo por lo que parecía contener.
—Eso parece.
Mauro preguntó:
—¿“Escrituras y memorias” coincide con lo que sabemos del contenido?
Sebastián negó.
—No sabemos todavía lo suficiente sobre el contenido para utilizarlo como identificador.
Irene señaló otra característica.
—Pergamino.
—Compatible.
—Formato.
Fray Julián buscó las descripciones anteriores.
La segunda unidad había sido de formato mayor.
La entrada Oruña también señalaba un volumen grande.
Sebastián empezó a ordenar coincidencias.
Soporte.
Formato.
Ausencia de un título estable.
Procedencia riojana.
Y la referencia:
antes: vol. segundo.
La suma era demasiado significativa para ignorarla.
Mauro lo observó.
—Puede ser.
Sebastián asintió.
—Sí.
—Otra vez “puede”.
—Todavía.
Irene sonrió.
—Al menos esta vez no dijiste “compatible”.
Sebastián siguió leyendo.
La entrada incluía otra observación:
sin principio cierto.
Se detuvo.
La misma expresión, con pequeñas variantes, aparecía después en la documentación de Sáenz de Tejada:
un volumen antiguo en pergamino, sin principio cierto, procedente de legado anterior
Sebastián levantó la cabeza.
—Acá empieza a haber continuidad descriptiva.
Mauro se acercó.
—¿Qué significa exactamente?
—Que la denominación cambia, pero algunas características permanecen.
Irene añadió:
—Y “antes: vol. segundo” lo conecta con una descripción todavía más antigua.
Sebastián asintió.
No bastaba aún para afirmar que aquel volumen segundo fuera necesariamente la segunda unidad de San Millán.
Pero ya no estaban trabajando con una semejanza aislada.
Fray Julián encontró otro inventario.
Más antiguo.
La misma pieza aparecía descrita como:
Cuaderno grande de pergamino con escrituras antiguas.
Mauro frunció el ceño.
—Ahora es un cuaderno.
—Sí.
Sebastián miró la nota marginal:
No es cuaderno suelto; se tuvo por libro.
Irene dejó escapar una pequeña risa.
—Ni ellos sabían cómo llamarlo.
Sebastián observó la descripción.
—Eso puede ocurrir cuando cambia la estructura material.
Mauro preguntó:
—¿Cómo?
Irene respondió:
—Si pierde cubierta, folios o parte de una encuadernación, alguien puede verlo como un libro deteriorado y otro como un cuaderno.
Sebastián asintió.
Aquello abría una posibilidad importante.
El cambio de nombre no tenía por qué deberse únicamente a una pérdida de memoria documental.
Podía reflejar también cambios físicos sufridos por la pieza.
Un volumen medieval sometido a reparaciones, desplazamientos y pérdidas parciales podía dejar de parecer el objeto descrito originalmente.
Mauro comprendió.
—Entonces alguien podía buscar un códice y tener delante un cuaderno sin reconocerlo.
—Sí.
Irene regresó a la expresión de Riaño.
—Eso puede explicar por qué dijo que durante años habían buscado el libro equivocado.
Sebastián pensó.
—No necesariamente el objeto equivocado.
—¿Entonces?
—El nombre equivocado.
Irene sonrió.
—Eso es mejor.
Sebastián siguió.
Fray Julián encontró una transcripción del siglo XIX donde la misma pieza figuraba como:
Libro de memorias viejas.
En otra:
Pergamino sin título.
Después:
Manuscrito antiguo.
Y en los papeles de Valcárcel:
Volumen en pergamino, formato mayor.
Irene ordenó las denominaciones.
—Cada época lo llama según lo que tiene delante.
—Exactamente.
El manuscrito podía haber sobrevivido durante siglos sin conservar un nombre estable.
Eso convertía cualquier búsqueda basada exclusivamente en un título en una trampa.
Sebastián recordó una frase de Cárdenas:
No creo ya que el problema sea localizar un título.
Tenía razón.
Nunca habían estado persiguiendo un nombre.
Estaban intentando demostrar la identidad de un objeto a través de documentos que lo describían de formas diferentes.
Irene preguntó:
—Entonces necesitamos algo que sobreviva a todos esos cambios.
Sebastián asintió.
—Una característica que viaje con la pieza.
—¿El material?
—Ayuda.
—¿La estructura?
—Mejor.
Fray Julián recordó el asiento doble.
La segunda unidad aparecía siempre asociada al primer volumen mientras permanecía en San Millán.
Pero fuera de ese contexto, aquella relación dejaba de ser visible.
Necesitaban una característica física capaz de acompañar al objeto.
Irene regresó a las fotografías históricas.
—La encuadernación.
Sebastián negó.
—Sabemos que cambió.
—No hablo de la cubierta.
Él la miró.
—¿Entonces?
—Las perforaciones del cosido.
Hubo un silencio.
Aunque el volumen hubiese sido reencuadernado, los folios podían conservar huellas de una estructura anterior.
Irene empezó a revisar imágenes.
Las fotografías del siglo XIX eran malas.
Una mostraba parcialmente el lomo.
Otra, tomada durante una revisión de conservación posterior, permitía ver algunos bifolios.
Irene amplió.
—Acá.
Sebastián se acercó.
Había dos líneas de perforaciones.
Una correspondía al cosido entonces activo.
La otra era anterior.
—Reencuadernación —dijo.
—Sí.
Sebastián preguntó:
—¿Tenemos con qué comparar?
—No fotografías antiguas del volumen. Pero sí una nota de reparación.
Fray Julián encontró la referencia.
En el registro antiguo, la segunda unidad aparecía con una observación:
doble paso de hilo en cuadernillos medios
Irene regresó a la fotografía privada.
—Mirá.
Sebastián observó el patrón.
Era compatible.
No exclusivo.
Pero suficientemente singular como para añadir peso cuando se combinaba con todo lo demás.
—Por sí solo no identifica la pieza —dijo.
—No.
—Pero suma.
—Mucho.
Mauro se acercó.
—Entonces tenemos formato, soporte, cambio de nombre, referencia a una segunda unidad y una estructura de cosido compatible.
Sebastián asintió.
—Sí.
—¿Cuándo me va a dejar decir que es el mismo?
Sebastián miró otra vez la fotografía.
—Cuando encontremos algo que una directamente las denominaciones.
Irene levantó la vista.
—Entonces busquemos eso.