BLOQUE 2
La relación tampoco estaba completa.
Pero esta vez la ausencia podía medirse.
El índice registraba doce hojas.
Solo sobrevivían ocho.
Las tres primeras.
Dos de la zona central.
Las tres últimas.
La entrada que necesitaban debía encontrarse en una de las hojas desaparecidas.
Mauro cerró los ojos.
—No puede ser.
Sebastián no respondió.
A esas alturas había aprendido que un documento ausente no significaba que todo hubiera terminado.
Había que buscar sus copias.
Irene examinó la encuadernación del volumen donde se habían reunido las hojas conservadas.
—¿Siempre estuvieron juntas?
El archivero explicó que no.
Habían sido recompuestas a finales del siglo XIX.
Antes habían circulado de manera separada.
Irene miró a Sebastián.
—Entonces puede haber copias anteriores.
—Sí.
Fray Julián revisó las notas del compilador.
Una frase llamó la atención:
Faltan hojas que se conservaban entonces en casa particular.
Mauro preguntó:
—¿Cuál?
El nombre aparecía debajo:
Oruña.
Nadie se sorprendió.
La familia volvía a aparecer.
Pero otra vez no como propietaria inicial del manuscrito.
Como depositaria posterior de documentos.
Sebastián revisó las referencias.
Una de las hojas faltantes correspondía precisamente al período de Sancho Martínez.
Irene dijo:
—Entonces una copia Oruña podía conservar su relevo.
—Sí.
Mauro preguntó:
—¿La misma que después llegó a Montalvo y Ledesma?
Sebastián negó.
—No podemos afirmar que fuera el mismo ejemplar. Puede pertenecer a la misma tradición documental.
—Entendido.
Fray Julián encontró otra observación.
El compilador del siglo XIX había transcrito los encabezamientos de las hojas que le faltaban.
Uno decía:
Entrega de volumen emilianense a encargado de guarda en Nájera.
Irene se quedó quieta.
Mauro señaló la frase.
—Eso ya es bastante directo.
—Sí.
Nájera estaba vinculada expresamente a la entrega.
Pero Sebastián seguía necesitando la fórmula original.
No una descripción realizada siglos después.
La siguiente hoja perdida aparecía resumida así:
Continuación de responsabilidades sobre el mismo libro.
Aquello demostraba que la documentación ausente no correspondía a una única entrega.
La cadena continuaba.
Irene observó la secuencia.
—Entonces después de Sancho siguen existiendo relevos en Nájera.
—Sí.
—¿Durante cuánto?
—No lo sabemos.
Pero ya habían llegado hasta el lugar donde esa continuidad se hacía más extensa.
San Millán.
Salida.
Martín Orduña.
Gonzalo Ibáñez.
Sancho Martínez.
Después, otra persona en Nájera cuyo nombre permanecía parcialmente oculto.
La cadena seguía.
Mauro preguntó:
—¿El manuscrito permaneció en la ciudad?
Sebastián regresó a la escritura.
No había ninguna indicación de salida.
Y la parte legible identificaba al receptor como vecino de Nájera.
—En ese momento, sí.
Irene lo miró.
—Entonces Nájera no es el final.
—No.
—Es donde la secuencia se prolonga.
—Exactamente.
Eso explicaba por qué todos los investigadores anteriores habían llegado allí y, sin embargo, ninguno había conseguido resolver el misterio.
Nájera no era una respuesta.
Era un nudo documental.
Fray Julián encontró una entrada posterior donde un libro aparecía entregado:
a quien tenía a su cargo el anterior
No figuraba título.
Tampoco procedencia.
Pero el identificador era el mismo.
Sebastián se acercó.
—Entonces el código administrativo continúa.
—Sí.
Aquello era importante.
Aunque las denominaciones del volumen cambiaran, una referencia interna seguía conectando las entregas durante un tiempo.
Podían seguirla.
Irene preguntó:
—¿Cuándo desaparece?
Sebastián avanzó.
Varias décadas después.
Entonces el identificador dejaba de figurar.
En su lugar aparecía una descripción genérica:
Libro viejo de pergamino en guarda particular.
Más tarde:
Libro de memorias.
Ahí comenzaba el proceso que terminaría transformando una responsabilidad documentada en una procedencia aparentemente privada.
Mauro preguntó:
—¿Cuándo deja de aparecer San Millán?
No de inmediato.
Durante varios relevos la procedencia seguía acompañando la pieza.
Después se abreviaba.
La última mención suficientemente clara decía:
procedencia de San Millán, según papel antiguo
Más tarde:
procedencia antigua
Después:
nada.
Irene permaneció mirando la secuencia.
—Ahí se pierde la identidad.
Sebastián asintió.
—La identidad documental.
El objeto continuaba.
La referencia se debilitaba.
Cada generación empleaba menos palabras para describir algo que suponía conocido.
Hasta que la memoria se convertía en tradición.
Y la tradición podía empezar a parecer propiedad.
Fray Julián encontró varias transcripciones donde el receptor ya no aparecía por nombre.
Una decía:
el encargado designado en Nájera
Otra:
quien guarda el volumen
En una posterior aparecía nuevamente:
cust.
La abreviatura se repetía.
Cada vez más cerca.
Pero ninguna fuente conservada allí la desarrollaba.
Irene preguntó:
—¿Dónde aparece completa?
Fray Julián siguió una referencia cruzada.
Decía:
Inventario antiguo de San Millán, copia de relación najerina.
Sebastián levantó la vista.
Habían vuelto al principio.
El documento capaz de desarrollar aquella abreviatura no estaba necesariamente en Nájera.
Una copia había regresado a San Millán.
No como parte del inventario ordinario.
Como anotación auxiliar.
Y podía pertenecer al mismo conjunto administrativo que después fue desmembrado y reutilizado en encuadernaciones.
Irene comprendió.
—Entonces tenemos que volver.
Sebastián asintió.
—Sí.
Pero antes necesitaban una última cosa.
La referencia exacta capaz de conducirlos a la entrada correspondiente.
Sin ella seguirían buscando una frase dentro de fragmentos dispersos.
El índice proporcionaba todo.
Número de relación.
Entrada.
Marca secundaria.
Sebastián lo copió con cuidado.
Irene lo miró.
—¿Ahora?
—Ahora sabemos exactamente qué línea buscar.