El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) CAPÍTULO 28 Huellas de un traslado medieval
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CAPÍTULO 28 Huellas de un traslado medieval

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El traslado había dejado más huellas de las que parecía.

El problema era que ninguna se encontraba donde Sebastián habría esperado hallarla.

No existía una orden completa ni una relación continua capaz de reconstruir de principio a fin el movimiento del volumen. Lo que había sobrevivido era mucho más incómodo: restos dispersos en documentos que nunca habían sido pensados para conservar juntos aquella historia.

Un pago.

Una anotación marginal.

Un nombre dentro de un protocolo.

La mención de un embalaje.

Una cuenta cuyo total parecía incompleto.

Después de revisar la fotografía del inventario conservada por la familia Cárdenas, Sebastián empezaba a comprender que aquellos rastros no pertenecían a un único traslado.

Correspondían a dos circuitos diferentes.

Uno era conocido: el movimiento general de libros entre Suso y Yuso.

El otro era la salida individual que habían conseguido seguir hasta Nájera.

Irene estaba sentada frente a él.

—Si volvés a cambiar de lugar esos papeles, voy a empezar a pensar que lo hacés para no terminar nunca.

Sebastián no levantó la vista.

—El orden anterior estaba mal.

—Ayer estaba bien.

—Ayer creíamos otra cosa.

Mauro apareció con café.

—Eso resume bastante bien toda la investigación.

Fray Julián llegó detrás con una reproducción.

—Encontré una referencia al inventario de libros separados.

Sebastián dejó inmediatamente los documentos.

—¿Dónde?

—En una relación posterior.

—¿Sobrevive el inventario?

—No lo sé.

—¿Qué dice la relación?

Julián colocó la copia sobre la mesa.

Era una anotación producida durante una reorganización. No enumeraba títulos. Distinguía simplemente los materiales incluidos en el traslado general de otros que ya estaban fuera del fondo principal.

Sebastián leyó:

Los apartados con anterioridad no se incluyen en la cuenta del traslado.

Irene se acercó.

—Eso se parece a lo que ya teníamos.

—Sí. Pero mirá la referencia marginal.

Había un signo de llamada y después una abreviatura:

Lib. sep.

Mauro señaló.

—Libros separados.

—Es la lectura más probable.

Fray Julián mostró el número escrito después.

—Y remite a otra relación.

Sebastián lo estudió.

No correspondía a una signatura moderna ni a un libro concreto.

Era una numeración interna antigua.

—¿Podemos seguirla?

Julián ya lo había hecho.

La misma referencia aparecía en dos documentos diferentes.

Una cuenta.

Y una relación de transporte.

Sebastián pidió verlos.

La cuenta era breve:

Por envolver y disponer los libros que no han de ir con los demás.

Irene levantó la vista.

—Dice libros.

—Sí.

—En plural.

Sebastián asintió.

La segunda unidad no había sido necesariamente una excepción.

Otros libros habían sido apartados también antes del traslado general.

La práctica podía responder a distintas razones.

Algunos regresarían.

Otros podían permanecer fuera durante más tiempo.

Mauro preguntó:

—¿Cuántos eran?

Sebastián siguió leyendo.

La cuenta no lo indicaba.

Registraba trabajo realizado, no número de piezas.

La relación de transporte resultó más útil.

Mencionaba varios bultos.

Una parte se dirigía hacia Yuso.

Otros quedaban bajo:

entrega separada

Irene miró a Sebastián.

—Ahí están los dos circuitos.

—Sí.

Sebastián tomó dos hojas nuevas.

En una escribió:

Suso.

Preparación.

Movimiento general.

Recepción en Yuso.

En la otra:

Separación previa.

Porte individual.

Entrega personal.

Nájera.

Ya no eran dos fases de la misma operación.

Eran movimientos paralelos.

Mauro observó las hojas.

—Entonces ese volumen nunca estuvo previsto dentro del traslado general hacia Yuso.

Sebastián tardó antes de responder.

—No estaba previsto que viajara con los demás.

—¿Eso significa que no debía llegar nunca?

—No. Podía existir una orden posterior de reintegro.

Fray Julián asintió.

La diferencia era fundamental.

Separar no significaba abandonar.

En aquel momento seguía existiendo una relación formal entre San Millán y el volumen.

Irene regresó a la fotografía conservada por Cárdenas.

—¿Dónde entra este inventario?

Sebastián señaló la secuencia.

Era anterior a la reorganización.

Todavía registraba las dos unidades.

Una anotación marginal remitía a la relación de libros separados.

Después, en el inventario nuevo, quedaba una sola.

Irene siguió:

—Antes tenemos dos.

—Sí.

—Una de ellas se aparta.

—Sí.

—Y después queda una.

—Exactamente.

Mauro dejó el café sobre la mesa.

—Visto así parece bastante sencillo.

Sebastián no respondió.

La secuencia siempre había sido sencilla.

Lo difícil había sido demostrar que cada uno de sus pasos pertenecía al mismo objeto.

Fray Julián encontró otra línea al pie.

—Hay algo más.

Sebastián se acercó.

Los libros separados quedan fuera de la numeración nueva hasta su reintegro.

Irene permaneció inmóvil.

—Eso explica por qué desaparece de los inventarios.

—Sí.

No habían borrado deliberadamente el volumen.

La propia administración excluía de la nueva numeración las piezas que permanecían fuera.

Si regresaban, podían reincorporarse.

Si no regresaban, la ausencia temporal terminaba convirtiéndose en una ausencia permanente dentro de los inventarios ordinarios.

Mauro entendió.

—Entonces nadie necesitó alterar el inventario para hacerlo desaparecer.

—Exacto.

—El sistema ya lo dejaba fuera mientras siguiera separado.

Irene completó:

—Y si nunca regresó, quedó fuera definitivamente.

Sebastián asintió.

Aquello eliminaba otra explicación artificial.

La desaparición documental podía ser el resultado de una operación perfectamente normal cuya segunda parte nunca llegó a completarse.

Fray Julián miró de nuevo la referencia.

—Entonces tenemos que averiguar qué ocurrió con los otros libros separados.

Sebastián levantó la cabeza.

Ésa era la comparación que necesitaban.

Si los demás habían seguido el mismo procedimiento y habían regresado, podrían identificar con mucha más precisión qué convertía a la segunda unidad en una excepción.