BLOQUE 3
Esteban Cárdenas no negó nada cuando Mauro lo llamó.
Pidió ir a Yuso.
Llegó al final de la tarde con una carpeta propia, considerablemente más gruesa que la de Monreal.
—Ya sé hasta dónde llegaron —dijo.
Mauro lo miró.
—Eso empieza a molestarme.
Cárdenas señaló a Monreal, que todavía seguía allí.
—Si él está acá, encontraron a Martínez Rivas.
Monreal no respondió.
Sebastián se acercó.
—¿Por qué nunca nos dijiste que tu bisabuelo había examinado ese manuscrito?
Cárdenas tardó.
—Porque no podía demostrar que fuera el mismo.
—Eso no te impidió buscarlo durante treinta y un años.
—No.
—Entonces ¿por qué callarlo?
Cárdenas negó.
—No lo oculté. No quería que una nota familiar terminara tratándose como prueba.
Sebastián recordó a Montalvo.
La misma cautela.
Tal vez todos aquellos hombres habían aprendido que una hipótesis, repetida suficientes veces, podía terminar convertida en un hecho.
—Mostranos la nota.
Cárdenas abrió la carpeta.
No era el original.
Era una copia familiar.
Anselmo Cárdenas había escrito:
He examinado un volumen en pergamino adquirido por don Jerónimo Martínez Rivas. Su descripción recuerda la segunda pieza de un asiento antiguo emilianense que aparece incompleto en copias posteriores. No puedo afirmar identidad sin revisar el registro original.
Sebastián leyó despacio.
—¿Llegó a revisar ese registro?
—Sí.
—¿Cuál?
—Una copia que hoy está incompleta.
—¿Qué encontró?
Cárdenas pasó otra hoja.
La pieza existió. Fue retirada antes del traslado general. La anotación indica entrega personal, no transferencia de propiedad.
Irene permaneció inmóvil.
Más de un siglo atrás, Anselmo había llegado prácticamente al mismo punto que ellos.
Mauro preguntó:
—¿Y qué hizo después?
Cárdenas respondió:
—Volvió a Burgos.
—¿Y el manuscrito?
—Martínez Rivas ya no lo tenía.
Nadie habló.
Sebastián preguntó:
—¿Lo había vendido?
—Eso pensó mi bisabuelo.
—¿A quién?
—Nunca consiguió saberlo.
—¿No había documentación?
—Los registros comerciales de Martínez Rivas están incompletos.
Monreal intervino:
—Eso es cierto.
Cárdenas lo miró.
Entre ambos había tensión.
No necesariamente enemistad.
Competencia.
Dos hombres que llevaban años siguiendo las mismas huellas desde lugares completamente distintos.
Uno desde la investigación histórica.
El otro desde el mercado de piezas y documentos.
Mauro preguntó:
—¿Alguno de ustedes llegó a localizar físicamente el manuscrito?
Ambos negaron.
Sebastián observó sus reacciones.
Era importante.
Nadie en aquella sala sabía dónde estaba.
Leandro tampoco.
La Fundación Velasco tampoco.
Cárdenas no.
Monreal no.
El misterio seguía abierto.
Cárdenas entregó otra hoja.
—Encontré esto hace seis meses.
Sebastián la tomó.
Era una transcripción parcial de una carta del siglo XIX vinculada con el manuscrito de Martínez Rivas.
Una frase decía:
No conviene ofrecerlo mientras no se resuelva la reclamación de origen.
Mauro levantó la vista.
—¿Qué reclamación?
—No lo sé.
—¿Quién reclamaba?
—La parte conservada no lo dice.
Sebastián siguió leyendo.
Más abajo:
Los papeles riojanos dicen que no perteneció a la casa de la que procede el lote.
Aquello era importante.
La procedencia Oruña ya había sido cuestionada mientras el manuscrito todavía circulaba en el siglo XIX.
No era una duda moderna.
Irene preguntó:
—Entonces alguien sabía que no pertenecía históricamente a los Oruña.
—Sí —respondió Cárdenas.
—¿Sabía que procedía de San Millán?
Cárdenas negó.
—Eso nunca conseguí demostrar.
Sebastián volvió a la transcripción.
Al final aparecía:
Consultar a quien conserva la relación original de entregas.
Sebastián levantó la vista.
—¿Quién era?
—No sé.
—¿Dónde encontraste esta carta?
—En documentación adquirida por Monreal.
Mauro miró al anticuario.
Monreal asintió.
—Un lote procedente de Burgos.
—¿Y Cárdenas tuvo acceso?
—Me pidió revisar referencias antiguas. Se lo permití.
Sebastián comprendió.
Copistas.
Compradores.
Investigadores.
Documentos desaparecidos.
El manuscrito había pasado de mano en mano.
Las copias también.
En determinados momentos ambas rutas volvían a encontrarse.
Después se separaban otra vez.
Cada investigador recibía un fragmento distinto de la historia y podía dedicar años a reconstruir lo que otro ya había visto desde una fuente diferente.
Mauro volvió a Riaño.
—¿Álvaro habló con alguno de ustedes durante la semana anterior a su muerte?
Cárdenas ya había reconocido dos conversaciones.
Monreal negó contacto reciente.
Mauro insistió:
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Conoció a Ledesma?
—Sí.
—¿Le compró documentos?
—No.
—¿Le pidió fotografías?
Monreal tardó ligeramente.
—Sí.
—¿De la escritura?
—Pregunté por varias.
Mauro continuó:
—¿Por la copia que seguía la cadena?
Monreal miró primero a Cárdenas.
Después respondió:
—Pregunté por ella hace años.
Sebastián se tensó.
—¿Por qué?
—Porque si algún manuscrito aparecía en el mercado, esa documentación podía ser la única forma de establecer su procedencia real.
Era exactamente la lógica que ellos habían reconstruido.
No había nada clandestino en ello.
Pero explicaba el interés comercial.
Un manuscrito sin procedencia clara podía circular.
El mismo manuscrito demostrado como perteneciente históricamente a San Millán planteaba un problema completamente diferente.
Mauro preguntó:
—Entonces para ciertos compradores sería más conveniente que esa copia no apareciera.
Monreal lo miró.
—Para un comprador irresponsable, quizá. Para mí sería un riesgo.
—¿Por qué?
—Porque una pieza con una reclamación seria de origen institucional es un problema jurídico, no una inversión.
Sebastián entendió.
La documentación podía aumentar el valor histórico y al mismo tiempo destruir el valor comercial privado.
Eso generaba intereses contradictorios.
Algunas personas podían querer encontrarla.
Otras podían preferir que no existiera.
Pero no tenían una sola prueba de que alguno de los presentes hubiera intentado hacerla desaparecer.
Cárdenas abrió entonces la última parte de su carpeta.
—Hay algo que Riaño no llegó a ver.
Sebastián levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Una fotografía del registro que consultó mi bisabuelo.
—¿La tenés?
—Sí.
La puso sobre la mesa.
Era una reproducción antigua y deteriorada.
Mostraba un inventario anterior a una reorganización posterior.
Sebastián sintió que el pulso le cambiaba.
Era la clase de registro mencionada tanto por Abarca como por Ledesma.
Allí estaba el asiento doble.
Dos unidades.
Una nota marginal.
Y una referencia a una entrega.
La fotografía se cortaba antes del final de la frase.
Pero mostraba suficiente.
Sebastián acercó otra reproducción del fragmento encontrado en la encuadernación.
Comparó posición.
Sistema de llamada.
Descripción.
Secuencia.
Irene comprendió.
—Es la misma entrada.
Sebastián asintió.
—Sí.
No era simplemente un manuscrito parecido.
El volumen examinado por Anselmo Cárdenas en manos de Martínez Rivas era el mismo que ellos habían seguido desde San Millán.
Mauro lo miró.
—¿Puede decirlo sin agregar una condición?
Sebastián volvió a examinar las marcas.
La descripción física.
El asiento doble.
La referencia de retirada.
La comparación realizada por Anselmo con un registro que ellos ya habían reconstruido por otras vías.
—Sí.
Irene permaneció en silencio.
Aquello era un salto enorme.
Por primera vez podían conectar físicamente el volumen medieval con una aparición documentada en manos privadas siglos después.
Después volvía a desaparecer.
Mauro formuló la pregunta inevitable:
—¿Qué pasó entre Nájera y Martínez Rivas?
Sebastián negó.
—Eso sigue faltando.
Ese era ahora el gran vacío.
Sabían que la segunda unidad había salido de San Millán.
Había llegado a Nájera.
Había pasado por Martín Orduña, Gonzalo Ibáñez y Sancho Martínez.
Siglos después reaparecía dentro de un lote riojano.
Después había sido comprado por Martínez Rivas en Burgos.
Pero no podían unir todavía ambos extremos.
Fray Julián señaló una pequeña referencia de la fotografía.
Sebastián amplió.
La anotación marginal remitía a otro conjunto:
inventario de libros separados
Irene se acercó.
—No es el inventario general.
—No.
—¿Tenemos esa serie?
Cárdenas negó.
—Mi bisabuelo la buscó.
—¿La encontró?
—No. En sus notas la llamó “la biblioteca perdida”.
Sebastián levantó la vista.
—¿Biblioteca en qué sentido?
—No como edificio. Era la expresión que utilizaba para ese conjunto de libros que alguna vez habían estado relacionados administrativamente y después dejaron de aparecer juntos.
La idea quedó suspendida.
Una biblioteca perdida.
No porque todos sus libros hubiesen desaparecido.
Porque la relación documental que los mantenía dentro de un mismo conjunto se había deshecho.
Sebastián regresó a la fotografía.
Los compradores del siglo XIX no habían creado aquel misterio.
Lo habían heredado.
Los copistas habían conservado fragmentos.
Los investigadores habían recuperado algunos.
Otros documentos habían desaparecido o cambiado de archivo.
Mientras tanto, el volumen había sobrevivido el tiempo suficiente para reaparecer siglos después de abandonar San Millán.
Ya no necesitaban demostrar su existencia.
Tampoco su paso por Nájera.
Ni siquiera su reaparición posterior en manos privadas.
Ahora necesitaban llenar el enorme espacio entre ambas historias.
El período durante el cual una sucesión de responsables terminó, poco a poco, confundida con una sucesión de propietarios.
Y en algún punto de ese intervalo el manuscrito dejó de ser reconocido como un bien mantenido bajo responsabilidad ajena.
Pasó a ser, en los documentos de quienes lo compraban, simplemente un libro antiguo de procedencia incierta.