BLOQUE 2
Javier Monreal llegó antes de que Mauro decidiera si quería citarlo formalmente.
No había sido llamado a Yuso.
Él mismo había contactado con Beatriz Molina y pedido hablar.
Mauro aceptó.
Sebastián no sabía si aquello era una buena señal.
Un anticuario acostumbrado a trabajar con procedencias complejas sabía perfectamente que adelantarse a una pregunta podía permitirle controlar la forma en que se formulaba.
Monreal tendría poco más de cincuenta años.
Vestía sin extravagancia y llevaba una carpeta fina bajo el brazo.
Demasiado fina para todo lo que parecía saber.
—Supongo que ya llegaron a Tomás Valcárcel —dijo.
Mauro no le ofreció asiento todavía.
—¿Por qué supone eso?
—Porque si están siguiendo los papeles Oruña, tarde o temprano se llega a él.
Sebastián intervino.
—¿Y después?
Monreal lo miró.
—Después muchos se equivocan.
—¿Cómo?
—Siguen a los Velasco buscando el libro.
Irene cruzó los brazos.
—¿Y no hay que seguirlos?
—Hay que seguir sus documentos. No necesariamente su manuscrito.
Sebastián quedó quieto.
—Explíquese.
Mauro finalmente le indicó que se sentara.
Monreal apoyó la carpeta sobre la mesa.
—La fundación conserva documentación importante. Pero el manuscrito que ustedes buscan, si es el que creo, nunca fue comprado por los Velasco.
Mauro señaló.
—¿Cómo lo sabe?
—Reconstruí esa operación hace años.
—¿Para quién?
—Para mí.
—¿Interés académico?
Monreal sonrió levemente.
—Soy anticuario. Me interesan las piezas que pueden aparecer en el mercado.
Al menos era directo.
Irene preguntó:
—¿Quería comprarlo?
—Si aparecía con una procedencia legal y limpia, sí.
—¿Y si pertenecía a San Millán?
Monreal la miró.
—Entonces no tendría una procedencia limpia.
La respuesta era correcta.
No necesariamente tranquilizadora.
Sebastián colocó ante él la anotación de Valcárcel:
Dos pergaminos ofrecidos. Uno retirado antes de venta.
—¿Qué sabe de esto?
Monreal leyó.
—Bastante.
—¿Cuál compraron los Velasco?
—El menor.
—¿Y el mayor?
—Se había vendido antes.
Mauro se inclinó.
—¿A quién?
Monreal abrió su carpeta.
—No aparece en el registro principal.
Sacó una reproducción.
—Pero sí en una carta.
Tomás Valcárcel escribía a Rafael Sáenz de Tejada.
Explicaba que uno de los manuscritos había despertado el interés previo de otro comprador y que, como existía un compromiso anterior, debía retirarse de la oferta conjunta.
El nombre no aparecía.
Solo unas iniciales:
J.M.R.
Mauro preguntó:
—¿Quién era?
—Jerónimo Martínez Rivas.
Fray Julián negó.
El nombre no le resultaba familiar.
Sebastián preguntó:
—¿Coleccionista?
—No en sentido estricto. Comerciante. Compraba libros y documentos de vez en cuando.
—¿Dónde vivía?
—Burgos.
Sebastián no reaccionó más de lo necesario.
Aquello pertenecía a una fase privada muy posterior de la historia.
No decía nada todavía sobre el destino medieval del manuscrito.
—¿Compró efectivamente el volumen?
—Sí.
—¿Tiene prueba?
Monreal sacó otra hoja.
Un recibo.
Fecha.
Importe.
Descripción:
Un volumen en pergamino de formato mayor, sin título cierto, procedente de lote riojano.
Irene permaneció mirando.
Aquella descripción encajaba mucho mejor con la segunda unidad.
Mauro preguntó:
—¿Qué ocurrió después?
—Eso nunca conseguí cerrarlo.
—¿Desaparece?
—De la documentación de Martínez Rivas, sí.
Sebastián tomó la copia del recibo.
—¿Cuánto tiempo lo tuvo?
—No sabemos. El manuscrito no figura en su inventario de fallecimiento.
Monreal dio la fecha.
Había tiempo suficiente para una venta, una donación o cualquier otra transferencia intermedia.
—¿Tenía familia?
—Sí.
—¿Archivo?
—Parcial.
Mauro abrió su libreta.
—¿Por qué investigó esta pieza con tanta profundidad?
Monreal respondió sin rodeos.
—Porque hace unos quince años apareció en un catálogo extranjero la descripción de un manuscrito que podía corresponder.
Irene levantó la vista.
—¿Dónde?
—Nunca llegó a una subasta pública.
—¿Venta privada?
—La pieza fue retirada antes.
Sebastián sintió una incomodidad.
—¿Había fotografía?
Monreal sacó una copia.
Era pequeña y de mala calidad.
Mostraba un volumen cerrado.
Nada permitía identificarlo.
—¿Descripción?
—Pergamino. Formato mayor. Procedencia española. Origen no confirmado.
Sebastián negó.
—Eso no alcanza.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué lo relacionó?
—Porque una nota mencionaba La Rioja.
—Sigue siendo muy amplio.
—Por eso no lo compré.
Mauro preguntó:
—¿Quién retiró la pieza?
—El propietario.
—Nombre.
Monreal cambió la expresión.
—Información comercial confidencial.
Mauro se quedó quieto.
—Estamos investigando documentación vinculada con patrimonio histórico.
—Y proporcionaré la identidad con el requerimiento correspondiente. No voy a quebrar una confidencialidad profesional sin respaldo.
Mauro no discutió.
—Lo tendrá.
Sebastián regresó a Martínez Rivas.
—¿Cuánto sabía él de la procedencia?
—Muy poco, por lo que pude reconstruir.
—¿Tenía la copia notarial?
—No que yo sepa.
—Entonces compró un pergamino sin saber que podía guardar relación con San Millán.
—Probablemente.
—Mientras los documentos que podían demostrarlo siguieron otra ruta.
Monreal asintió.
Ahí estaba la separación definitiva.
El manuscrito entraba en una circulación comercial.
La prueba documental permanecía en otros fondos.
Durante décadas, quizá más de un siglo, ambas historias habían avanzado de forma independiente.
Irene dijo:
—Entonces los compradores posteriores pudieron actuar perfectamente de buena fe.
—Sí.
Mauro miró el recibo.
—Pero alguien sabía algo.
Monreal tardó.
—Un catalogador.
Sebastián levantó la cabeza.
Monreal sacó otra carta.
Era de finales del siglo XIX.
Un especialista contratado para revisar la biblioteca de Martínez Rivas había advertido que la descripción de aquel manuscrito le recordaba una referencia antigua relacionada con San Millán.
No aseguraba identidad.
Pedía comprobar un registro anterior.
—Nombre —dijo Sebastián.
Monreal respondió:
—Anselmo Cárdenas.
La coincidencia tardó un segundo en producir efecto.
Sebastián miró a Mauro.
—¿Relacionado con Esteban?
—Su bisabuelo —dijo Monreal.
Nadie habló.
El interés de Esteban Cárdenas por el manuscrito podía haber comenzado mucho antes de su propia investigación.
No mediante una orden secreta.
Ni por una obsesión inexplicable.
A través de documentación familiar procedente de un trabajo profesional concreto.
Su bisabuelo había visto el volumen cuando aún estaba en manos de un comprador del siglo XIX.
Sebastián comprendió por fin por qué Cárdenas llevaba treinta y un años siguiendo aquella pista.
Él también había heredado una pregunta.