El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) CAPÍTULO 27 Copistas, compradores y desaparecidos
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CAPÍTULO 27 Copistas, compradores y desaparecidos

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La lista de nombres parecía no terminar nunca.

Sebastián empezó a copiarla en una hoja nueva porque las anteriores ya eran imposibles de seguir.

En una columna escribió a las personas que habían recibido o conservado el volumen en los siglos más antiguos.

Martín Orduña.

Gonzalo Ibáñez.

Sancho Martínez.

Después aparecían nombres incompletos.

Más abajo comenzaban otras historias.

Los Oruña.

Los Sáenz de Tejada.

Tomás Valcárcel.

Los Velasco.

Federico Abarca.

Rafael Ledesma.

Esteban Cárdenas.

Álvaro Riaño.

Javier Monreal.

Irene observó la hoja.

—Estamos mezclando gente que hizo cosas completamente diferentes.

Sebastián dejó el bolígrafo.

—Sí.

—Entonces ¿para qué los pusiste juntos?

—Para dejar de mezclarlos.

Mauro acababa de entrar y miró la página.

—Eso necesita una explicación.

Sebastián señaló la primera columna.

—Estos recibieron bienes o respondieron por ellos.

Pasó a la siguiente.

—Estos compraron, vendieron o actuaron como intermediarios.

Después trazó otra división.

—Estos investigaron la procedencia.

Fray Julián se acercó.

—Faltan los copistas.

Sebastián añadió una cuarta columna.

Ahí estaba una de las claves que habían subestimado durante días.

El manuscrito podía moverse.

Las copias de las escrituras también.

Pero no siempre viajaban juntas.

Una transcripción realizada décadas después podía conservar un nombre perdido en el original.

Otra podía eliminar una función porque el copista la consideraba obvia.

Una tercera podía sustituir un término administrativo antiguo por otro más comprensible en su propia época.

Y cada transformación podía crear una ruta falsa.

—Tenemos que separar la transmisión del objeto de la transmisión de la información —dijo Sebastián.

Irene asintió.

—El manuscrito por un lado.

—Los documentos que hablan de él por otro.

—Y a veces vuelven a encontrarse.

—Exactamente.

Mauro se sentó.

—¿Dónde sabemos que ocurrió eso?

Sebastián señaló el siglo XIX.

Allí tenían una convergencia clara.

Papeles procedentes de los Oruña.

Dos volúmenes en pergamino.

Una copia de una antigua entrega.

Y, posteriormente, la adquisición de uno de aquellos manuscritos por la familia Velasco.

Todo había terminado dentro de una misma historia de procedencia privada.

No necesariamente porque tuviera un único origen.

Sino porque siglos después distintas rutas habían convergido dentro de los mismos fondos familiares.

Fray Julián encontró una nota de Abarca.

—Él ya había entendido el problema.

Sebastián leyó:

No seguir solo propietarios. Distinguir copistas de poseedores.

Más abajo:

Una copia puede viajar donde el original nunca estuvo.

Irene lo miró.

—Eso explica muchas contradicciones.

—Sí.

Las menciones de San Millán encontradas en colecciones particulares no demostraban por sí mismas que el volumen hubiera pasado físicamente por todas ellas.

En algunos casos lo único que había viajado era la documentación.

Mauro resumió:

—Cada vez que aparece una referencia tenemos que preguntar qué llegó hasta ahí.

—Exactamente.

—¿El libro o el papel?

—Sí.

—¿Y siempre podemos saberlo?

Sebastián negó.

—No.

Mauro cerró los ojos un instante.

Irene sonrió.

—Ya te acostumbrarás.

Sebastián regresó a la documentación Velasco.

Una de las referencias que habían interpretado inicialmente como descripción de un manuscrito era, en realidad, la descripción general de un lote:

Pergaminos y papeles antiguos.

No separaba objetos.

Eso permitía varias posibilidades.

La escritura antigua podía haber llegado sin el manuscrito.

El manuscrito podía haber llegado sin la escritura.

O ambos podían haber coincidido temporalmente dentro del mismo conjunto.

Irene preguntó:

—¿Tenemos imágenes de la pieza que compraron los Velasco?

Beatriz Molina había enviado fotografías históricas.

No eran buenas.

Mostraban estanterías, mesas y algunos manuscritos abiertos o cerrados.

Sebastián observó durante varios minutos.

—No podemos identificarlo por esto.

Irene amplió una de las imágenes.

—Pergamino.

—Demasiado general.

—La encuadernación es moderna.

Sebastián se acercó.

—¿Cuánto?

—Probablemente del siglo XIX o comienzos del XX.

Eso complicaba cualquier comparación.

Aunque fuera el volumen buscado, su apariencia externa podía haber cambiado radicalmente.

Mauro señaló una anotación escrita detrás de una fotografía.

Irene leyó:

Procedencia según T.V.

Tomás Valcárcel.

Sebastián asintió.

El intermediario se había convertido en una de las principales fuentes de procedencia para la colección.

Si su información era incompleta, todo lo posterior heredaba esa incertidumbre.

—¿Tenemos sus registros completos?

Fray Julián negó.

Solo habían sobrevivido fragmentos.

Correspondencia.

Libros parciales de cuentas.

Algunos catálogos.

Sebastián siguió revisando las reproducciones.

En una lista de adquisiciones encontró una anotación distinta:

Dos pergaminos ofrecidos. Uno retirado antes de venta.

Irene levantó la cabeza.

—¿Dos?

Sebastián volvió a leer.

El lote de Sáenz de Tejada había incluido inicialmente dos manuscritos en pergamino.

Eso ya coincidía con la documentación familiar.

Pero uno había sido apartado antes de completar la operación con los Velasco.

Mauro preguntó:

—¿Quién lo retiró?

No figuraba.

—¿Sáenz de Tejada?

—Puede.

—¿Valcárcel?

—También.

—¿El comprador?

—Menos probable, porque la nota habla de una retirada previa.

Irene señaló las descripciones.

—¿Cuál entró en la colección?

Sebastián comparó medidas.

El adquirido por los Velasco era el de menor formato.

Se quedó inmóvil.

Volvió a las descripciones antiguas del segundo volumen salido de San Millán.

Formato mayor.

—No.

Irene lo vio.

—¿Qué?

Sebastián colocó ambas fichas una al lado de la otra.

—El manuscrito comprado por los Velasco no encaja bien con nuestra segunda unidad.

—¿Por tamaño?

—Sí.

Fray Julián se acercó.

—¿Y el otro?

Sebastián leyó:

Pergamino mayor. Sin título.

La sala quedó en silencio.

Mauro se inclinó.

—Entonces la pieza que buscamos pudo ser la que nunca entró en la colección Velasco.

—Sí.

—Y durante años estuvieron investigando el manuscrito equivocado.

Sebastián tardó.

—Es una posibilidad muy fuerte.

Eso explicaría muchas cosas.

La fundación había conservado papeles relacionados con la procedencia.

Había adquirido además un manuscrito perteneciente al mismo lote.

Pero el volumen capaz de encajar con la segunda unidad quizá nunca había llegado a sus depósitos.

Irene preguntó:

—¿Quién se quedó con el otro?

Sebastián continuó leyendo.

Había una nota debajo:

Reservado por anterior comprador.

Mauro levantó la mirada.

—¿Nombre?

No figuraba.

La procedencia volvía a abrirse.

Pero esta vez el manuscrito no regresaba a un monasterio ni a una casa familiar de Nájera.

Entraba en el mercado privado.