CAPÍTULO 26 El hombre detrás de la colección
BLOQUE 1
Leandro Velasco llegó a Yuso sin escolta.
Eso fue lo primero que sorprendió a Mauro.
No porque esperara hombres armados ni un despliegue exagerado, sino porque durante días habían hablado de él como de alguien rodeado de fundaciones, archivos y colecciones privadas suficientemente importantes como para convertir cualquier encuentro en un acto formal.
Leandro llegó solo.
Llevaba un traje oscuro, el abrigo doblado sobre un brazo y una carpeta de cuero en la mano.
Sesenta años, quizá alguno más.
Sebastián lo reconoció por fotografías públicas.
En persona parecía menos imponente.
Más atento.
Fray Julián salió a recibirlo.
—Señor Velasco.
—Padre Julián.
Se conocían.
No íntimamente.
Pero lo suficiente para evitar presentaciones ceremoniosas.
Mauro observó el encuentro.
Irene también.
Sebastián fue el último en acercarse.
Leandro le estrechó la mano.
—Sé quién es.
—Eso suele preocuparme.
Velasco sonrió.
—No debería. He leído cosas suyas.
—Espero que las haya terminado.
Irene miró de reojo a Mauro.
Él apenas levantó una ceja.
Velasco saludó al resto y dejó la carpeta sobre la mesa.
—Beatriz me explicó lo que encontraron.
Sebastián no respondió inmediatamente.
—¿Qué parte?
—La copia notarial. La relación entre Orduña e Ibáñez. Los documentos de los Oruña. Y la posibilidad de que una procedencia familiar interpretada de manera incorrecta haya terminado ocultando otra anterior.
Irene cruzó los brazos.
—Está bastante informado.
—Es documentación vinculada con la fundación.
Irene sostuvo su mirada.
—Eso no la convierte en documentación privada suya.
Leandro aceptó la corrección sin incomodarse.
—Tiene razón.
Sebastián observó la reacción.
Nada defensivo.
Tampoco agresivo.
No demostraba nada.
Pero permitía que la conversación empezara donde debía.
Mauro fue directo.
—¿Por qué pidió venir?
Leandro lo miró.
Sabía perfectamente quién era.
—Porque mi apellido aparece demasiadas veces en una investigación que también tiene una dimensión policial.
—¿Eso le preocupa?
—Me preocupa cualquier indicio de que una pieza vinculada con mi familia pueda tener una procedencia distinta de la que figura en nuestros registros.
Mauro permaneció serio.
—Aunque esa pieza ya no aparezca en los inventarios actuales.
—Especialmente en ese caso.
Sebastián intervino.
—¿Sabe qué manuscrito estamos buscando?
Leandro dirigió la vista hacia el fragmento protegido que permanecía sobre la mesa, pero no se acercó.
—Sé qué hipótesis han estado investigando ustedes y qué hipótesis investigamos nosotros durante años.
La elección de la palabra llamó la atención de Sebastián.
—¿Hipótesis?
—Un manuscrito en pergamino adquirido en el siglo XIX, con documentación incompleta, posible procedencia riojana y papeles que podían relacionarlo con San Millán. Nunca conseguimos demostrar que fuera la misma pieza que aparecía en esas referencias antiguas.
Irene lo observó.
—¿Y por qué siguieron investigando?
—Porque si lo era, cambiaba completamente la situación jurídica y patrimonial de la pieza.
Mauro preguntó:
—¿En qué sentido?
Leandro respondió sin vacilar.
—Una colección privada no debería considerar propio algo que pudiera pertenecer legítimamente a una institución.
Sebastián lo miró.
Aquella posición coincidía con la nota interna que ya habían encontrado.
No parecía una respuesta improvisada.
Leandro continuó:
—Mi abuelo creía que las colecciones privadas podían salvar piezas que de otro modo se perderían. Mi padre compartía esa idea.
Irene preguntó:
—¿Y usted?
Leandro tardó.
—Creo que conservar algo no da automáticamente derecho a poseerlo.
Sebastián sintió el peso de la frase.
No porque demostrara nada.
Porque se encontraba demasiado cerca del núcleo de todo lo que estaban reconstruyendo.
—Sin embargo, su familia compró manuscritos —dijo.
—Sí.
—Documentos.
—También.
—Algunos con procedencias incompletas.
Leandro asintió.
—Como muchas colecciones formadas entre finales del siglo XIX y buena parte del XX.
Sebastián no discutió.
El problema era precisamente reconstruir hoy aquello que entonces había sido registrado con criterios mucho menos estrictos.
Mauro abrió una carpeta.
—Quiero preguntarle por Rafael Sáenz de Tejada.
—No lo conocí.
—Tomás Valcárcel.
—Tampoco.
—Javier Monreal.
Leandro hizo una pequeña pausa.
—Sí.
Mauro lo observó.
—¿Personalmente?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Hace años.
Irene levantó la vista.
—¿La fundación le compró documentación?
—Sí.
—¿Relacionada con los Oruña?
—Entre otras cosas.
Mauro anotó.
—¿Sabía que Monreal seguía buscando documentación de procedencia riojana?
—Sí.
—¿Específicamente de San Millán?
—Sabía que algunas de sus búsquedas podían relacionarse con San Millán. No que estuviera buscando un manuscrito concreto.
—¿Le pidió alguna vez que localizara el volumen?
Leandro negó.
—No.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿A otros anticuarios?
—Tampoco.
Sebastián intervino.
—¿Federico Abarca?
Leandro lo miró.
Por primera vez apareció algo diferente.
Reconocimiento.
—Abarca trabajó para mi padre.
La sala quedó en silencio.
Mauro dejó el bolígrafo.
—¿En el expediente SM-2?
Velasco no apartó la mirada.
—Sí.
Irene miró a Sebastián.
Acababan de resolver una de las preguntas que arrastraban desde hacía días.
El cliente reservado de Abarca había sido la familia Velasco.
No Leandro.
Su padre.
Mauro preguntó:
—¿Por qué mantuvieron reservado el nombre del cliente?
—Porque mi padre no quería publicidad alrededor de las investigaciones sobre procedencias dudosas.
—¿O alrededor de ese manuscrito?
Leandro negó.
—Alrededor de cualquiera. Reconocer públicamente que una colección estaba intentando determinar si una pieza le pertenecía realmente atraía especuladores, vendedores de documentos falsos y reclamaciones sin fundamento.
La explicación era razonable.
No definitiva.
Pero razonable.
Sebastián preguntó:
—¿Hasta dónde llegó Abarca?
—A Martín Orduña.
—¿Nájera?
—Sí.
—¿Comprendió que la entrega se hacía a una persona y no a una institución?
—También.
Irene se acercó.
—¿Su padre conoció alguna denominación específica para la función de esas personas?
Leandro la miró.
—Conocía varias expresiones utilizadas en distintos documentos.
—¿Como cuáles?
—Responsable. Depositario. Persona de guarda.
Sebastián intervino antes de que la conversación avanzara por una asociación no demostrada.
—¿Alguna otra?
Leandro tardó brevemente.
—Había una expresión en una nota familiar que mi padre nunca consiguió relacionar con un documento original.
Sebastián lo observó.
—¿Qué expresión?
Leandro abrió la carpeta de cuero.
—Ésta es una de las razones por las que vine.
Sacó una reproducción fotográfica.
No era un documento medieval.
Ni siquiera una copia antigua.
Era una nota familiar del siglo XX.
Leandro la dejó sobre la mesa.
Sebastián leyó:
Buscar el libro de San Millán mencionado en los papeles del responsable de Nájera.
Irene levantó la vista.
Mauro permaneció inmóvil.
Sebastián volvió a leer.
La nota no identificaba al responsable.
Tampoco demostraba que la expresión proviniera de una fuente antigua.
Pero era la primera evidencia de que la familia Velasco había heredado una búsqueda explícitamente relacionada con un libro de San Millán y con alguien vinculado a Nájera.
—¿Quién escribió esto? —preguntó.
—Mi abuelo.
—¿De qué papeles hablaba?
—No lo sabemos.
—¿Conservan alguno?
—No hemos encontrado ninguno que podamos identificar con certeza como esos papeles.
Sebastián miró a Leandro.
El hombre que estaba delante de ellos no parecía haber iniciado aquella búsqueda.
La había recibido.
Y antes que él la habían heredado su padre y su abuelo.