El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 2
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BLOQUE 2

La historia familiar empezó a aclararse con una fotografía.

Leandro la sacó de la carpeta.

Blanco y negro.

Una biblioteca.

Un hombre de pie junto a una mesa.

Varios libros.

Ninguno podía identificarse con precisión.

—Mi abuelo —dijo.

Mauro observó la imagen.

—¿Dónde?

—En una casa que la familia tuvo en La Rioja.

—¿Nájera?

—No.

Sebastián examinó el reverso.

Había fecha y lugar.

Nada que relacionara directamente la fotografía con el manuscrito.

Leandro continuó:

—Cuando mi abuelo murió, mi padre encontró entre sus papeles referencias a un volumen que nunca consiguió localizar con certeza dentro de nuestra colección.

Irene frunció el ceño.

—¿Cómo puede perderse un manuscrito dentro de una colección?

—No siempre se pierde. Puede cambiar de descripción. Pasar a otro depósito. Ser prestado. Quedar integrado en un lote diferente.

Sebastián asintió.

Las colecciones privadas podían sufrir exactamente el mismo problema que un archivo institucional.

El objeto permanecía.

Su identidad documental cambiaba.

—¿Su abuelo había visto físicamente el manuscrito? —preguntó Sebastián.

—Eso creemos.

—¿Por qué?

Leandro sacó otra nota.

Decía:

Pergamino, volumen mayor, escritura antigua. Relación con San Millán por verificar.

Sebastián se inclinó.

—¿Fecha?

Leandro se la dio.

Era de varias décadas atrás.

—¿Dónde lo vio?

—No lo anotó.

—Entonces ni siquiera sabemos si estaba dentro de la colección.

—Correcto.

Irene lo miró.

—Podía estar en otra casa.

—Sí.

—En manos de un anticuario.

—También.

Mauro intervino.

—¿Monreal?

Leandro negó.

—La nota es mucho más antigua.

Sebastián siguió revisando.

Aparecían referencias a Nájera, a una familia y a un antiguo poseedor.

Después encontró una frase:

No confundir con el otro.

Se detuvo.

—¿Qué entendió su familia por esto?

Leandro miró la nota.

—Mi padre pensó que podía referirse a dos manuscritos parecidos.

Sebastián sintió la conexión.

Dos unidades.

Un asiento doble.

Un volumen que permanecía en San Millán.

Otro que había salido.

—¿Su padre llegó a saber que existían dos?

—A sospecharlo.

—¿Cómo?

—Por Abarca.

Mauro levantó la vista.

—Entonces SM-2...

Leandro asintió.

—San Millán. Segunda unidad.

La respuesta cerró finalmente aquel código.

Sebastián preguntó:

—¿Por qué su padre quería encontrarla?

Leandro tardó.

—Porque creía que un miembro de nuestra familia había intervenido, aunque fuera indirectamente, en una de las operaciones que acabaron mezclando procedencias.

Sebastián recordó.

—Francisco Velasco.

Leandro lo miró con sorpresa.

—Sí.

—Figura como testigo en una operación vinculada a los Oruña.

—Exactamente.

—No compró ningún manuscrito.

—No.

—Entonces ¿por qué era importante?

Leandro apoyó una mano sobre la carpeta.

—Porque entre nuestros papeles había una nota según la cual Francisco conocía el origen verdadero de uno de los pergaminos.

Sebastián se quedó quieto.

—¿La tiene?

Leandro sacó otra reproducción.

La nota era breve.

No identificaba el origen exacto.

Pero decía que Francisco había advertido a otro miembro de la familia que cierta pieza no debía catalogarse como perteneciente históricamente a los Oruña sin revisar papeles anteriores.

Irene miró a Sebastián.

—Eso coincide con la corrección que encontramos.

—Sí.

No decía San Millán.

Pero demostraba que las dudas sobre la procedencia precedían a la adquisición Velasco.

Mauro preguntó:

—¿Por qué esa advertencia no pasó a los inventarios familiares?

—Porque era una nota privada sin la documentación que aparentemente la justificaba.

—Y años después otra rama compra el manuscrito.

—Sí.

—¿Sabían de la nota?

—No tenemos forma de saberlo.

Sebastián regresó a la carpeta.

Una colección familiar no era una entidad consciente capaz de conservar siempre toda su memoria.

Era el resultado de generaciones diferentes.

Eso hacía perfectamente posible que una advertencia quedara separada de una adquisición posterior.

—¿Cuándo empezó su padre a investigar seriamente?

Leandro dio una fecha.

Había ocurrido después de ordenar documentación heredada.

—¿Abarca fue el primero?

—El primero al que contrató específicamente para esto.

—¿Qué instrucción recibió?

—Reconstruir la procedencia de un manuscrito posiblemente relacionado con San Millán y determinar si alguna pieza conservada por nuestra familia podía corresponder a esa descripción.

—¿Encontró alguna?

—No.

Mauro intervino:

—¿Seguro?

Leandro lo miró.

—Si la hubiera identificado con certeza, probablemente nosotros no estaríamos teniendo esta conversación.

—Podía encontrarla y no comunicarlo.

—Entonces tendría que preguntárselo a él.

—Está muerto.

—Lo sé.

La respuesta no fue desafiante.

Solo seca.

Sebastián preguntó:

—¿Qué conclusión dejó por escrito?

Leandro buscó una copia.

Decía:

No puede acreditarse localización actual. La segunda unidad existió y fue entregada bajo responsabilidad personal. La continuidad posterior permanece abierta.

Irene leyó.

—Es prácticamente donde llegamos nosotros antes de encontrar las escrituras siguientes.

—Sí.

—Entonces su familia no sabía más.

—No de manera demostrable.

Sebastián observó la última página.

Había una nota manuscrita del padre de Leandro:

Buscar la copia, no el libro.

Nadie habló.

Sebastián levantó la vista.

—¿Por qué?

Leandro respondió:

—Abarca llegó a la conclusión de que localizar un pergamino parecido no servía de nada si no aparecía también documentación capaz de demostrar su identidad.

Otra vez la copia.

La familia Velasco había perseguido la misma prueba documental que después buscaron Ledesma, Cárdenas y Riaño.

No necesariamente para esconderla.

Para evitar atribuir el manuscrito equivocado.

Irene preguntó:

—¿La encontraron?

—No.

Mauro continuó:

—¿La buscaron en ventas privadas?

—Sí.

—¿A través de Monreal?

—Entre otras personas.

Leandro explicó que Monreal había trabajado en ocasiones para localizar lotes documentales ofrecidos en el mercado.

No tenía autorización para comprar cualquier cosa.

Debía avisar a la fundación cuando aparecieran papeles vinculados con determinadas familias.

Sebastián preguntó:

—¿Oruña?

—Sí.

—¿Ibáñez?

—Sí.

—¿Ledesma?

Leandro tardó.

—Eso fue después.

Mauro levantó la cabeza.

—¿Después de qué?

—De saber que parte de su documentación personal podía haberse dispersado.

La Fundación Velasco había estado, por tanto, cerca del lote que ellos sospechaban relacionado con la copia desaparecida.

—¿Monreal compró documentación para ustedes? —preguntó Mauro.

—En algunas ocasiones.

—¿El lote procedente de herederos vinculados con Ledesma?

Leandro miró a Mauro.

—Sí.

Irene se tensó.

Sebastián no dijo nada.

Mauro fue directo:

—¿Dónde está?

—En un depósito documental de la fundación.

La respuesta llegó sin dramatismo.

Habían pasado días siguiendo un documento que podía llevar años dentro de una colección a la que ahora tenían acceso.

Sebastián preguntó:

—¿Está catalogado?

—Parcialmente.

—¿Se revisó completo?

—No.

Irene comprendió.

—Riaño iba a revisar ese lote.

Leandro asintió.

—Sí.

La cita que tenía programada antes de morir no era para reunirse con Leandro.

Era para trabajar sobre aquel conjunto.

Sebastián sintió cómo la muerte de Riaño volvía a acercarse a la investigación sin necesidad de modificar lo que sabían sobre ella.

Había estado a dos días de consultar el material.

Y había muerto antes.

Mauro tomó nota.

—Quiero acceso completo.

—Lo tendrá.

—Sin selección previa.

—Por supuesto.

Leandro miró a Sebastián.

—Si esa copia está allí, quiero que la encuentren.

Sebastián asintió.

—Eso vamos a hacer.