El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 3
75%

BLOQUE 3

El documento separado apareció donde menos lo esperaban.

Dentro del archivo de la Fundación Velasco.

Beatriz Molina había empezado a revisar el conjunto de papeles familiares no catalogados que Riaño debía consultar antes de morir. En una caja de adquisiciones del siglo XIX encontró una hoja doblada dentro de una carpeta general.

No estaba descrita individualmente.

No tenía signatura propia.

En el exterior aparecía una anotación antigua:

Relacionado con pergamino adquirido por T.V.

Tomás Valcárcel.

Mauro pidió inmediatamente una reproducción.

Sebastián permaneció de pie mientras esperaban.

Cuando llegó la imagen, nadie habló durante varios segundos.

Era una copia tardía de una escritura mucho más antigua.

Incompleta.

Pero reconocible.

Martín Orduña.

Gonzalo Ibáñez.

La transferencia del volumen.

Irene quedó inmóvil.

—Es una copia de la misma línea documental.

Sebastián acercó la pantalla.

—Sí.

No podían afirmar todavía que fuera exactamente la pieza que Montalvo había entregado a Ledesma.

Podía ser otra reproducción de la misma escritura.

Pero pertenecía a la misma tradición documental.

Mauro preguntó:

—¿Cómo llegó acá?

Beatriz había encontrado una nota de ingreso.

La hoja había acompañado la adquisición de varios manuscritos y documentos procedentes de Sáenz de Tejada.

Nunca se había catalogado de forma independiente porque se la había considerado documentación auxiliar.

Sebastián empezó a comprender.

El manuscrito y una copia documental relacionada con su historia habían vuelto a coincidir en el siglo XIX.

No necesariamente porque hubiesen permanecido juntos durante siglos.

Podían haber llegado a reunirse en la casa Oruña.

O posteriormente, con Sáenz de Tejada.

Pero cuando Valcárcel recibió el conjunto, ambas cosas viajaban asociadas.

Irene dijo:

—Entonces quien entregó el lote sabía, por lo menos, que esos papeles debían ir con el manuscrito.

—Sabía que estaban relacionados o creía que lo estaban.

—Y Valcárcel también los mantuvo juntos.

—Sí.

Mauro señaló el registro de adquisición.

—Por eso escribe “papeles de procedencia”.

Sebastián asintió.

La procedencia nunca se había perdido por completo.

Había dejado de interpretarse correctamente.

Irene comenzó a leer la copia.

La primera parte coincidía con los documentos ya conocidos.

Pero había algo adicional.

Una anotación marginal que no aparecía en la fotografía conservada por Riaño ni en las transcripciones disponibles de Ledesma.

Era claramente posterior al cuerpo principal.

Sebastián se acercó.

La escritura pertenecía al siglo XIX.

Alguien había intentado relacionar el antiguo volumen descrito en la copia con un manuscrito conservado entonces dentro de la casa.

La nota decía:

Podría ser el mismo pergamino conservado en esta casa. No probado.

Sebastián exhaló lentamente.

—Ahí está el origen de la asociación.

Irene asintió.

No había una afirmación.

Había una hipótesis.

Y estaba expresamente limitada.

Mauro preguntó:

—¿Quién la escribió?

Las iniciales eran:

E.O.

Fray Julián comprobó.

Eusebio Oruña.

El mismo hombre cuyo archivo había pasado parcialmente a Adrián Montalvo.

—Entonces Eusebio relacionó la copia con el manuscrito —dijo Irene.

—Sí.

—Pero él mismo dejó escrito que no podía demostrarlo.

—Exactamente.

Eso era fundamental.

La procedencia moderna no había comenzado como un engaño.

Había comenzado como una posibilidad.

Con el paso de las décadas, alguien había omitido el podría.

Después desapareció el no probado.

Quedó únicamente la asociación.

Y la asociación acabó convertida en procedencia.

La historia vinculada a Oruña había terminado cubriendo la anterior sin necesidad de que nadie intentara borrar San Millán.

Era más cercana.

Más ordenada.

Y mucho más fácil de repetir.

Mauro recibió otra imagen de Beatriz.

La hoja tenía una anotación en el reverso.

Pertenecía a Tomás Valcárcel:

No ofrecer como procedencia segura. Conservar papel con el volumen hasta aclaración.

Sebastián permaneció inmóvil.

El propio intermediario había comprendido la incertidumbre.

Irene señaló la frase.

—El documento debía permanecer junto al manuscrito.

—Sí.

—¿Permaneció?

Beatriz confirmó que la copia había seguido dentro del archivo de la familia Velasco.

El problema era otro.

El manuscrito al que supuestamente acompañaba dejaba de aparecer después en los inventarios bajo la misma descripción.

Mauro frunció el ceño.

—Ahora tenemos el papel y falta el libro.

—Exactamente.

La paradoja era casi perfecta.

Siglos atrás, el manuscrito había continuado su recorrido mientras los investigadores modernos no sabían dónde estaban las copias capaces de demostrarlo.

Ahora acababan de recuperar una de esas copias, pero el manuscrito asociado había vuelto a desaparecer dentro de la historia catalográfica.

Irene preguntó:

—¿Cuál es la última aparición segura en la colección Velasco?

Sebastián buscó.

Era anterior a mediados del siglo XX.

Después ya no figuraba bajo aquella descripción.

—Puede haber sido recatalogado —dijo.

—También vendido.

—Donado.

Mauro añadió:

—O seguir dentro de la misma colección bajo otro nombre.

Sebastián asintió.

Todas eran posibilidades.

Pero ninguna podía convertirse todavía en una respuesta.

Leandro Velasco continuaba en segundo plano.

Hasta ese momento, su archivo estaba proporcionando documentación, no obstáculos.

Beatriz envió entonces otra hoja.

Era una nota interna escrita años atrás por el propio Leandro durante el proyecto de procedencias:

Si la pieza pudiera haber pertenecido a San Millán, no debe considerarse parte legítima de la colección hasta aclarar su origen.

Irene leyó en silencio.

Mauro también.

Sebastián dejó la reproducción sobre la mesa.

—Esto es importante.

Mauro asintió.

—Mucho.

No demostraba que Leandro supiera dónde estaba el manuscrito.

Tampoco que hubiese tenido acceso a toda la cadena que ellos acababan de reconstruir.

Pero sí mostraba una posición clara respecto de una posible procedencia emilianense.

No quería consolidar como propiedad familiar una pieza cuya legitimidad estuviera en duda.

Fray Julián regresó a la copia antigua.

—Hay algo al final.

Sebastián se acercó.

Era una anotación muy tenue.

Anterior a las intervenciones del siglo XIX.

Solo podían distinguir:

... entregado después a quien debía conservar...

Después una zona perdida.

Más adelante:

... relación aparte...

Sebastián sintió que la cadena volvía a abrirse.

La fórmula definitiva seguía sin aparecer.

Pero la lógica permanecía intacta.

La copia había acompañado al volumen porque acreditaba quién respondía por él.

Y en algún momento esa responsabilidad había pasado nuevamente a otra persona.

Irene observó la línea.

—Entonces no tenemos que seguir otra colección.

—No.

—Tenemos que seguir a quien recibió después.

Sebastián asintió.

La historia moderna estaba llena de etiquetas, adquisiciones y atribuciones familiares.

Debajo de todo eso permanecía una procedencia mucho más antigua.

No organizada por propietarios.

No definida por casas.

Construida mediante entregas entre personas mientras la pertenencia del volumen seguía vinculada a San Millán.

Mauro miró el expediente Velasco.

—¿Y Leandro?

Sebastián respondió:

—Primero tenemos que saber qué llegó realmente a conocer.

Porque una colección podía conservar durante décadas documentos cuyo significado ninguno de sus propietarios hubiera comprendido por completo.

Y quizá la siguiente persona capaz de explicar cuándo el volumen dejó de figurar bajo su antigua descripción no fuera quien lo había comprado ni quien figuraba como propietario de una colección.

Podía ser alguien que hubiera dedicado años a reconstruir, desde dentro, una procedencia que nunca había sido tan sencilla como parecía.