El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) CAPÍTULO 24 Quien conservó la última copia
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CAPÍTULO 24 Quien conservó la última copia

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La última copia no estaba en un archivo.

Había estado en una casa.

Sebastián tardó en aceptar esa posibilidad porque durante días había intentado reconstruir la procedencia del manuscrito siguiendo una lógica institucional.

San Millán.

Protocolos notariales.

Fondos históricos.

Inventarios.

Reproducciones.

Pero la escritura de relevo había introducido algo diferente.

Cada persona que asumía la responsabilidad podía conservar una copia del documento que acreditaba la entrega.

Eso significaba que la prueba documental de la cadena podía abandonar los archivos institucionales sin que existiera ninguna irregularidad.

Formaba parte del propio procedimiento.

Irene estaba sentada frente a él, revisando las fotografías del cuaderno de Ledesma.

—Abarca escribió que una copia terminó entre los Oruña.

—Sí.

—Ledesma también llegó hasta ellos.

—Sí.

—Y Monreal compró papeles de esa familia.

—Sí.

Irene levantó la vista.

—Entonces ¿qué estamos esperando?

—Saber de qué copia hablamos.

Mauro se apoyó contra la mesa.

—¿Puede haber más de una?

—Seguro.

—¿De la misma entrega?

—Original notarial, copia para quien recibe, copia conservada por quien ordena la operación, transcripciones posteriores... Podemos tener varios documentos parecidos sin que sean el mismo.

Irene lo miró.

—Tenías que arruinarlo.

—Intento evitar que celebremos la copia equivocada.

Fray Julián apareció con una carpeta.

—Encontré algo sobre los Oruña.

Sebastián se incorporó.

La documentación procedía de una relación de bienes familiares redactada a finales del siglo XIX.

No era el inventario donde habían aparecido los dos volúmenes en pergamino.

Era anterior.

Y contenía una sección independiente:

Papeles antiguos de procedencia no identificada.

Mauro se acercó.

—¿Cuántos?

—Treinta y siete.

Sebastián leyó las descripciones.

Había correspondencia, copias de escrituras, recibos, genealogías y distintas notas familiares.

Entre ellas aparecía:

Una copia antigua relativa a libros recibidos en depósito.

Irene señaló la línea.

—Ésa.

Sebastián asintió.

La descripción era demasiado específica para ignorarla.

—¿Fecha?

—No consta.

—¿Lugar?

—Tampoco.

—¿Nombre?

Fray Julián negó.

Pero había una anotación posterior:

Procedente de papeles de Ibáñez.

Sebastián se quedó inmóvil.

Mauro lo vio.

—¿Gonzalo?

—Puede ser.

Irene lo miró.

—Otra vez.

—Puede ser Gonzalo Ibáñez.

La posibilidad encajaba demasiado bien como para descartarla.

Martín Orduña había entregado el volumen a Gonzalo Ibáñez.

Una copia de aquella transferencia quedaba en manos del receptor.

Siglos después, la casa Oruña registraba una copia antigua sobre libros depositados y señalaba como origen unos papeles de Ibáñez.

La ruta documental empezaba a adquirir continuidad.

Mauro formuló la pregunta evidente.

—¿Cómo pasa de Ibáñez a Oruña?

—Eso todavía falta.

Fray Julián había encontrado una relación familiar entre ambas casas, pero Sebastián rechazó inmediatamente usarla como respuesta.

—No podemos asumir que un documento cambió de manos porque hubo un matrimonio.

—Pero podría —dijo Irene.

—Claro. Necesitamos demostrarlo.

Julián pasó otra hoja.

Había una partición hereditaria.

Un miembro de la familia Ibáñez había legado documentos personales a una sobrina casada con un Oruña.

Sebastián se acercó.

La escritura mencionaba:

papeles viejos, escrituras y copias relativas a encargos de familia

Mauro señaló.

—No identifica nuestra copia.

—No.

—Pero demuestra que papeles de los Ibáñez entraron en la casa Oruña.

—Exactamente.

No podían afirmar todavía que aquel lote incluyera la escritura de Gonzalo.

Pero ya no necesitaban recurrir exclusivamente a una relación genealógica.

Existía una transmisión documental.

Irene volvió al inventario posterior.

—Después aparece dentro de Oruña una copia sobre libros recibidos.

—Sí.

—Y la propia familia la relaciona con papeles de Ibáñez.

—Sí.

Sebastián guardó silencio.

Irene sonrió.

—Decilo.

—Tenemos una cadena muy bien sostenida.

—Eso es casi un sí.

Mauro negó con la cabeza.

Fray Julián continuó.

La copia aparecía en un segundo inventario de la casa Oruña.

Después dejaba de figurar.

Mauro frunció el ceño.

—Otra vez.

Irene comprobó la fecha.

—¿Antes de la venta de los volúmenes a Sáenz de Tejada?

—Sí.

Eso resultaba importante.

La copia documental se había separado del recorrido de los manuscritos antes de que aquellos dos volúmenes en pergamino pasaran a Manuel Sáenz de Tejada.

Irene entendió.

—Entonces las dos rutas ya estaban separadas.

Sebastián asintió.

—La del objeto y la de la prueba.

Era exactamente lo que venían sospechando.

Un manuscrito podía cambiar de manos por una secuencia.

Los documentos capaces de explicar esa secuencia podían terminar en otra casa, en otra rama familiar o en un archivo distinto.

Siglos después ambas cosas podían volver a coincidir y producir una falsa impresión de procedencia continua.

Mauro preguntó:

—¿Cuál es la última mención de esta copia dentro de Oruña?

Fray Julián buscó.

—Eusebio Oruña.

—¿Quién era?

—Un miembro de la familia que murió sin hijos.

Irene se acercó.

—¿Qué ocurrió con sus papeles?

Julián leyó.

Parte se vendió.

Otra parte se donó.

Y algunos documentos quedaron en manos de su albacea.

—Nombre —pidió Mauro.

Fray Julián respondió:

Adrián Montalvo.

Sebastián levantó la cabeza.

—¿Montalvo?

Mauro lo miró.

—¿Relacionado con Daniel?

Fray Julián revisó.

Sí.

Adrián pertenecía a la misma línea familiar y era bisabuelo de Daniel Montalvo.

Irene miró a Sebastián.

—Entonces Daniel pudo heredar papeles.

—Pudo.

Mauro sacó el teléfono.

—Lo llamo.

Sebastián levantó una mano.

—Primero quiero saber qué recibió Adrián.

La escritura de entrega al albacea incluía una relación.

Entre otros documentos aparecía:

una copia de antigua entrega de libros, incompleta

Nadie habló.

Irene dejó escapar lentamente el aire.

La copia había salido de la casa Oruña.

Y había terminado en manos de una familia cuyo descendiente, décadas después, participaría precisamente en la investigación de aquella misma historia.