BLOQUE 2
Daniel Montalvo tardó unos segundos en responder cuando escuchó el nombre de Adrián.
No parecía sorprendido.
Parecía resignado.
—Era mi bisabuelo.
Sebastián miró a Mauro.
Ninguno interrumpió.
La llamada estaba en altavoz.
—¿Sabía que recibió documentación de Eusebio Oruña? —preguntó Sebastián.
—Sí.
—¿Qué clase de documentación?
Montalvo guardó silencio.
—Mucha se perdió.
—Eso no responde.
—Lo sé.
Mauro intervino.
—Necesitamos saber si entre esos papeles había una copia relacionada con una entrega antigua de libros.
El silencio fue más largo.
Finalmente:
—Sí.
Irene se inclinó hacia la mesa.
Sebastián mantuvo la voz neutra.
—¿Era un original?
—No. Una copia.
—¿De qué época?
—No podría fecharla con precisión. Era antigua, pero claramente posterior al documento que reproducía.
—¿La vio?
—Sí.
—¿Completa?
—No.
—¿Qué faltaba?
—El margen derecho.
Irene tomó nota.
Sebastián continuó.
—¿Qué nombres recordaba?
Montalvo respiró.
—Gonzalo Ibáñez.
Fray Julián cerró los ojos unos segundos.
La conexión dejaba de depender de una cadena probable.
Aquella copia pertenecía efectivamente al mismo conjunto documental que estaban reconstruyendo.
—¿Aparecía Martín Orduña? —preguntó Sebastián.
—Sí.
—¿Y el volumen?
—No tenía título.
—¿Cómo estaba descrito?
Montalvo tardó.
—Como un volumen de pergamino asociado a otro conservado en San Millán.
Irene apoyó la espalda contra la silla.
Mauro miró a Sebastián.
No hacía falta confirmación.
Era la misma fórmula.
—¿Dónde está esa copia? —preguntó Mauro.
Montalvo no respondió de inmediato.
—No lo sé.
—Usted la vio.
—Hace más de treinta años.
—¿Quién la tenía?
—Mi padre.
—¿Y después?
—Llegó a mí.
Sebastián levantó la vista.
—Entonces usted fue la última persona de su familia que la conservó.
Montalvo tardó.
—Durante un tiempo.
—¿Qué ocurrió después?
—La entregué.
La sala quedó inmóvil.
Mauro se incorporó.
—¿A quién?
Montalvo respondió:
—A Rafael Ledesma.
Irene miró a Sebastián.
Aquello explicaba mucho.
Ledesma había tenido acceso directo a la copia.
Por eso conocía la escritura.
Por eso había podido reconstruir la lógica de las entregas personales.
Por eso sus cuadernos habían avanzado mucho más allá de lo que permitían los inventarios institucionales.
Sebastián preguntó:
—¿Por qué se la dio?
—Porque él investigaba el asunto con más rigor que yo.
—¿Era un préstamo?
—Sí.
—¿La devolvió?
Montalvo guardó silencio.
Sebastián entendió.
—No.
—No.
Mauro tomó nota.
—¿Cuándo ocurrió?
Montalvo dio una fecha aproximada.
Varios años antes de la muerte de Ledesma.
—¿Intentó recuperarla?
—Muchas veces.
—¿Qué decía Ledesma?
—Al principio, que la tenía guardada. Después, que necesitaba compararla con otras cosas. Más tarde dejó de responderme sobre el asunto.
Sebastián sintió una molestia difícil de definir.
No dirigida contra Ledesma.
Contra la facilidad con que un documento podía perder su contexto aun cuando ninguna persona pretendiera destruirlo.
Una copia se prestaba.
Se fotografiaba.
Se desplazaba.
Después permanecía durante años en otro archivo doméstico.
Y lentamente dejaba de estar ligada al lugar de donde había salido.
Irene preguntó:
—¿Por qué no nos dijo todo esto cuando vino a Yuso?
Montalvo respondió con cansancio.
—Porque creía que la copia ya no existía.
—Eso explica una parte. ¿Por qué no nos dijo que la había tenido?
—Porque un recuerdo personal no es una prueba documental.
Sebastián no pudo objetar.
Era exactamente la cautela que él mismo exigía.
—¿Recuerda algo que no aparezca en las transcripciones de Ledesma?
Montalvo pensó.
—Había una anotación marginal posterior.
Sebastián se tensó.
—¿Qué decía?
—No lo recuerdo completo.
—Solo lo que pueda asegurar.
—Indicaba que la copia debía conservarse junto con el nombre de la persona que respondía por el volumen.
Irene anotó.
Estuvo a punto de formular otra pregunta, pero Sebastián se adelantó.
—¿Recuerda la palabra exacta utilizada para esa función?
Montalvo negó.
—No.
Era mejor así.
El documento debía hablar por sí mismo si alguna vez aparecía completo.
Mauro preguntó:
—¿La nota mencionaba algún lugar?
—No que recuerde.
—¿Nájera?
—La escritura era de Nájera, pero no recuerdo que la nota repitiera la ciudad.
Sebastián continuó.
—¿Ledesma fotografió la copia?
—Sí.
—¿Dónde deberían estar esas imágenes?
—Supuse que entre sus papeles.
—Tenemos transcripciones parciales, pero no esa fotografía completa.
—Entonces falta.
Mauro miró sus notas.
—Riaño pudo haberla estado buscando.
Montalvo respondió demasiado rápido.
—Seguro.
Sebastián levantó la vista.
—¿Cómo lo sabe?
Hubo un silencio.
—Porque me preguntó por esas fotografías.
Mauro se tensó.
—¿Cuándo?
—Dos semanas antes de morir.
—Eso no lo había mencionado.
—Nadie me lo había preguntado.
La respuesta era incómoda.
Pero justa.
Sebastián continuó.
—¿Qué sabía Riaño?
—Dijo que Ledesma había tenido una copia mejor que las reproducciones conocidas.
—¿Cómo lo sabía?
—No me explicó.
—¿Preguntó quién más había visto el documento?
—Sí.
Mauro tomó nota.
—¿Quién?
—Cárdenas.
Otra vez.
Sebastián cerró los ojos un instante.
—¿Esteban vio la copia?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Mientras trabajaba con Ledesma.
La lista se estrechaba.
Montalvo.
Ledesma.
Cárdenas.
Y posiblemente Riaño a través de fotografías o referencias posteriores.
Irene preguntó:
—¿Abarca la vio?
—No que yo sepa.
—¿La Fundación Velasco?
—Tampoco.
Aquello era importante.
La investigación realizada por la Fundación Velasco parecía haber avanzado por otras vías.
La copia específica no había estado necesariamente en sus archivos.
Sebastián preguntó:
—¿Sabe qué hizo Ledesma con ella?
—No.
—¿Podría haberla vendido?
—No lo creo.
—¿Donado?
—Tampoco.
—¿Prestado?
Montalvo tardó.
—Eso sí sería posible.
Mauro se inclinó.
—¿A quién?
—No lo sé.
El problema volvía a abrirse.
La copia había sobrevivido hasta época contemporánea.
Había pasado de una familia a un investigador.
Y después había desaparecido otra vez.
No el manuscrito.
La prueba de su procedencia.