El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 3
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El nombre apareció en una copia diferente.

No pertenecía a los papeles de Ledesma.

Mauro lo encontró siguiendo el expediente profesional SM-2 de Federico Abarca.

Dentro del archivo se conservaba una carpeta de fotografías sin catalogación individual.

Una de ellas correspondía a la misma escritura.

Completa.

Sebastián permaneció unos segundos mirando la imagen antes de leer.

Resultaba extraño pensar que aquella respuesta había sido fotografiada y estudiada varias veces durante décadas sin que nadie lograra reunir al mismo tiempo todas las demás piezas.

La información nunca había estado completamente perdida.

Había estado dispersa.

Irene se sentó junto a él.

—Leé.

Sebastián empezó desde el principio.

Martín Orduña comparecía como otorgante.

Declaraba conservar bienes recibidos previamente bajo guarda.

Remitía a la escritura anterior.

Después identificaba uno de ellos:

un volumen de pergamino asociado a otro conservado en San Millán

Irene lo miró.

—Ahora sí.

Sebastián asintió.

—Sí.

Ya no había margen para otra interpretación razonable.

Era la misma descripción de la relación anexa.

Mauro se acercó.

—¿A quién se lo entrega?

Sebastián siguió leyendo.

El receptor aparecía con nombre completo:

Gonzalo Ibáñez.

Fray Julián frunció el ceño.

—No me suena.

—A mí tampoco.

La escritura establecía que Gonzalo aceptaba responder por el volumen en las mismas condiciones.

No adquiría propiedad.

No podía venderlo.

Tampoco disponer libremente de él.

Debía conservarlo hasta recibir una nueva instrucción o formalizar una entrega posterior conforme al procedimiento previsto.

Mauro preguntó:

—¿Dónde vivía?

Sebastián continuó.

—Nájera.

Irene apoyó una mano sobre la mesa.

—Entonces la unidad permanecía allí en ese momento.

—Sí.

Esta vez la ciudad aparecía con otra persona.

Ya no Martín.

Gonzalo Ibáñez.

Eso confirmaba lo que venían buscando.

Nájera no era necesariamente el destino final del manuscrito.

Era un lugar donde la responsabilidad podía pasar de una persona a otra.

Sebastián siguió leyendo.

Había una cláusula sobre futuras transferencias.

La lógica se repetía.

Si Gonzalo no podía continuar, debía entregar el bien a otra persona reconocida y dejar constancia.

Mauro preguntó:

—¿Cuánto podía durar esto?

—No lo sabemos.

Fray Julián miró el apellido.

—Ibáñez va a ser difícil de seguir.

—Sí.

Pero la escritura aportaba más datos.

Oficio.

Zona de residencia.

Un familiar mencionado.

Testigos.

Con eso podían identificar al hombre correcto sin depender únicamente del apellido.

Irene observó la fecha.

—¿Cuánto tiempo estuvo el volumen con Martín?

Sebastián calculó.

—Varios años.

—Entonces no fue una entrega breve.

—No.

—Y cuando pasa a Gonzalo, ¿San Millán sigue siendo propietario?

Sebastián señaló la cláusula.

—La escritura lo deja claro.

Aquello era fundamental.

No estaban reconstruyendo una sucesión de propietarios.

Estaban reconstruyendo una sucesión de personas responsables de un bien cuya pertenencia no cambiaba.

Mauro señaló otra frase.

—¿Qué dice ahí?

Sebastián leyó:

sin expresar en inventario común el lugar de guarda

La misma regla.

La ubicación no debía circular en la documentación ordinaria.

Pero el nombre de quien respondía por el bien quedaba formalizado.

Allí estaba la paradoja que explicaba la desaparición documental posterior.

El sistema había sido creado para aumentar la seguridad.

Al hacerlo, también había creado una vulnerabilidad.

Si las escrituras y copias reservadas se separaban de los inventarios generales, las generaciones siguientes podían conservar el objeto sin conservar el camino que explicaba cómo había llegado hasta allí.

Irene preguntó:

—¿Quién autorizó la transferencia a Gonzalo?

Sebastián buscó.

La escritura mencionaba una instrucción previa de autoridad superior vinculada a San Millán.

No daba otro nombre.

Tampoco señalaba una institución distinta.

El monasterio seguía detrás del procedimiento.

—Entonces Martín no decidió por su cuenta.

—No.

—Y Gonzalo tampoco.

—No.

La transferencia estaba prevista por un mecanismo administrativo.

No por una organización clandestina.

Mauro volvió al expediente de Abarca.

—¿Él siguió a Gonzalo?

Sebastián revisó las notas.

Había una entrada:

G. Ibáñez — buscar protocolo sucesorio.

Debajo:

Posible relevo a través de yerno.

Irene levantó la vista.

—Entonces Abarca encontró otra posible continuidad.

—Posible.

Había una advertencia debajo:

No confundir descendencia con responsabilidad. No necesariamente hereditaria.

Sebastián sonrió apenas.

Abarca había comprendido exactamente el peligro.

Una persona podía pertenecer a la familia de Gonzalo y, aun así, no haber recibido el manuscrito.

El vínculo jurídico no dependía de sangre.

Dependía de una nueva entrega documentada.

—Esto es importante —dijo Sebastián.

Mauro preguntó:

—¿Por qué?

—Porque si seguimos árboles genealógicos como si estuviéramos siguiendo propietarios, vamos a cometer el mismo error que otros.

—Entonces seguimos documentos.

—Siempre.

Irene encontró una referencia al final de la escritura.

—Había dos copias.

Sebastián levantó la vista.

—¿De la entrega?

—Sí. Una quedaba con el receptor y otra con quien había ordenado el resguardo.

Sebastián permaneció inmóvil.

Dos copias.

Eso significaba que la memoria de cada transferencia podía conservarse por dos vías diferentes.

Una privada.

Otra vinculada con San Millán.

Irene entendió.

—Entonces la relación reservada que buscábamos quizá nunca fue una lista única.

—Puede haber sido un conjunto de escrituras, copias y referencias acumuladas.

—Y por eso aparecen pedazos en fondos familiares.

—Exactamente.

Mauro miró la escritura.

—¿Dónde terminó la copia de Gonzalo?

Nadie respondió.

Fray Julián revisó las anotaciones de Abarca.

Había una:

Copia conservada hasta s. XIX en casa particular de Nájera. Después: paradero incierto.

Sebastián levantó la vista.

—¿Qué casa?

Abarca había escrito únicamente una inicial:

O.

Irene lo miró.

—Oruña.

Sebastián mantuvo la cautela.

—Puede ser.

Mauro pasó a otra hoja.

Allí Abarca sí había dejado una identificación más precisa:

Archivo Oruña. Copia de relevo incompleta.

Nadie habló.

La misma familia que siglos después aparecería relacionada con una biblioteca donde constaban dos volúmenes en pergamino.

La misma cuyo archivo parcial terminaría dispersándose mediante ventas y adquisiciones privadas.

La misma documentación que, mucho después, llegaría en parte a Monreal y a la Fundación Velasco.

Por primera vez Sebastián vio claramente cómo podían haberse cruzado dos rutas distintas.

La del manuscrito.

Y la de los documentos que demostraban su procedencia.

Eso no significaba que la familia Oruña hubiese poseído desde el principio el volumen.

Podía haber conservado una copia de una antigua transferencia.

Muchos años después podía haber reunido también libros.

Dos historias independientes terminaban coincidiendo en una misma casa.

Y esa coincidencia podía haber generado una falsa apariencia de procedencia.

Exactamente el tipo de confusión capaz de desorientar durante generaciones.

Irene observó la fotografía.

—Entonces esta escritura no solo nos dice quién recibió el volumen.

Sebastián negó.

—Nos muestra también cómo podía sobrevivir la memoria de cada entrega.

Martín Orduña.

Después Gonzalo Ibáñez.

Ambos documentados.

Ambos vinculados a Nájera.

Ninguno propietario.

Solo responsables sucesivos.

Y en algún momento una copia de esa transferencia había terminado conservada dentro de un archivo privado.

Mauro cerró el expediente.

—El siguiente nombre debería aparecer en otra copia.

—Si sobrevivió.

—¿Y quién conservó esa copia?

Sebastián miró las notas de Abarca.

Aquella pregunta ya había sido formulada décadas antes.

Y la respuesta parecía conducir hacia alguien que había conservado la prueba documental cuando la cadena empezó a fragmentarse.

No necesariamente el dueño del manuscrito.

Ni siquiera el último hombre que había respondido por él.

Tal vez simplemente la persona que había conservado el documento capaz de demostrar quién se lo entregó a quién.

Sebastián cerró la carpeta.

La escritura notarial no había resuelto el misterio.

Había hecho algo más importante.

Demostraba que el volumen siguió moviéndose después de llegar a Nájera.

No mediante una venta.

Tampoco como una herencia.

Ni por apropiación.

La responsabilidad había pasado formalmente de Martín Orduña a Gonzalo Ibáñez.

Y ahora podían seguir ese movimiento porque alguien, siglos antes, había comprendido que conservar un manuscrito no consistía únicamente en proteger el objeto.

También había que conservar la prueba de quién debía responder por él.