El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 2
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El cuaderno de Ledesma no estaba donde debía.

A esas alturas ya no sorprendía a nadie.

Ángel Salcedo había mencionado sus notas.

Montalvo había hablado de copias y transcripciones.

Riaño había intentado reconstruir una parte de aquel trabajo.

Pero hasta entonces no sabían que Ledesma hubiese consultado directamente la escritura que registraba la transferencia de responsabilidad.

Ahora sí.

Mauro llamó a la familia.

La respuesta fue imprecisa.

Existían cajas, cuadernos y papeles.

Parte del archivo personal se había dispersado después de la muerte de Ledesma y nunca se había organizado profesionalmente.

Irene preguntó:

—¿Podemos revisarlo?

—Con autorización de la familia, sí —respondió Mauro.

Sebastián negó.

—Antes necesitamos identificar el cuaderno exacto.

Fray Julián ya tenía la referencia:

Cuaderno IV. Procedencias y depósitos.

Montalvo reconoció el nombre en cuanto lo llamaron.

—Sí. Existía.

Sebastián puso el altavoz.

—¿Lo vio?

—Muchas veces.

—¿Recuerda una transcripción relacionada con una cesión de responsabilidades?

Hubo un silencio.

—No recordaba el título.

—¿Qué recuerda?

Montalvo tardó.

—A Ledesma le interesaba mucho una fórmula notarial que permitía entregar determinados bienes a otra persona sin que cambiaran de propietario.

Sebastián miró a Irene.

Era exactamente lo que buscaban.

—¿Mencionaba San Millán?

—Sí.

—¿Nájera?

—También.

Mauro intervino.

—¿Un nombre después de Martín?

Montalvo guardó silencio durante más tiempo.

—Creo que había uno.

—¿Cuál?

—No lo recuerdo con seguridad.

Sebastián habló enseguida.

—No lo complete.

—No iba a hacerlo.

Montalvo respiró.

—Lo que sí recuerdo es que Ledesma creía que aquel documento corregía una idea equivocada.

—¿Cuál?

—Que el manuscrito había sido entregado a una institución. Él empezó a pensar que se entregaba a una persona.

Sebastián cerró los ojos durante un instante.

La misma conclusión aparecía una y otra vez.

Abarca.

Ledesma.

Cárdenas.

Riaño.

Todos habían llegado, desde lugares diferentes, al mismo problema metodológico.

No seguir edificios.

Seguir personas.

Irene preguntó:

—¿Qué ocurrió con el cuaderno?

—Después de la muerte de Ledesma no lo volví a ver.

Mauro anotó.

—¿Quién tuvo acceso a sus papeles?

—Familia. Algunos colegas. Cárdenas, seguro.

Mauro levantó la vista.

—¿Cárdenas vio el cuaderno?

—Sí.

—¿Riaño?

—No puedo asegurarlo.

Sebastián sabía que Riaño había obtenido parte del trabajo de Ledesma mediante fotografías y referencias indirectas.

Podía conocer el contenido sin haber tocado nunca el original.

Montalvo añadió:

—Hay una frase que recuerdo.

Sebastián se tensó.

—Solo si está seguro.

—No sé si era literal.

—Entonces dígala como recuerdo, no como cita.

Montalvo aceptó.

—Era algo parecido a: “No entregar al lugar, sino a quien responde”.

Nadie habló.

Montalvo añadió enseguida:

—Puede ser una paráfrasis de Ledesma.

Sebastián escribió aparte:

No verificable como cita textual.

Pero el sentido coincidía con lo que los documentos venían demostrando.

Irene preguntó:

—¿Ledesma identificó a la persona que recibió después de Martín?

—Creo que pensó que sí.

—¿Seguía vinculada a Nájera?

—Eso sí lo recuerdo.

La ciudad permanecía.

La persona, en cambio, cambiaba.

Eso era exactamente lo que esperaban encontrar si existía una continuidad de responsabilidades.

Terminada la llamada, Mauro recibió un mensaje de la familia de Ledesma.

Habían encontrado fotografías de algunos cuadernos.

No los originales.

Imágenes tomadas años atrás durante una organización doméstica.

Sebastián preguntó:

—¿El cuarto?

—Puede ser.

La carpeta digital llegó poco después.

Cuaderno I.

Cuaderno II.

Cuaderno III.

Después varias fotografías sin portada.

La primera página visible comenzaba con una referencia notarial.

Número.

Año.

Notario.

Coincidía.

Sebastián se inclinó.

—Es éste.

Irene se acercó.

Las páginas contenían letra manuscrita de Ledesma.

No fotografías del protocolo original.

Eran transcripciones mezcladas con comentarios.

Eso los obligaba a distinguir cuidadosamente una cosa de la otra.

Sebastián empezó a leer.

Aparecía Martín Orduña.

La obligación de mantener ciertos bienes fuera de su patrimonio.

La condición de guarda.

Después, una cláusula transcrita:

podrá hacer entrega a persona de confianza que acepte responder por ellos, dejando constancia ante escribano

Mauro señaló la línea.

—Entonces podía transferir la responsabilidad.

—Sí.

Irene añadió:

—Y tenía que documentarlo.

—Exactamente.

Sebastián pasó de página.

Ledesma había escrito debajo:

La continuidad debe buscarse en protocolos notariales, no en inventarios monásticos.

Sebastián permaneció unos segundos mirando aquella frase.

Explicaba por qué tantos investigadores habían quedado detenidos.

Una vez que el bien salía bajo responsabilidad personal, parte de su rastro dejaba de estar en los inventarios monásticos y podía pasar a escrituras civiles o eclesiásticas redactadas con otras finalidades.

Fray Julián señaló otra línea.

—Hay una segunda referencia.

Era posterior.

Nájera.

Mismo notario.

Irene se acercó.

—Puede ser la siguiente entrega.

Sebastián pasó la página.

Ledesma había empezado a transcribirla.

La fotografía estaba cortada.

Se veía el otorgante:

Martín Orduña

El nombre del receptor quedaba fuera de cuadro.

Mauro dejó escapar el aire.

—No puede ser.

Irene amplió.

Solo aparecía el final del apellido:

...ez

Sebastián negó.

—No lo completemos.

Debajo, sin embargo, la descripción del bien era más clara:

un volumen de pergamino recibido años antes en guarda, cuya propiedad no se transfiere

La sala quedó inmóvil.

Sebastián volvió a leer.

No era todavía una identificación absoluta.

Pero establecía una continuidad directa.

Martín había recibido años antes un volumen en pergamino.

Después aparecía entregándolo a otra persona.

La propiedad seguía siendo ajena al receptor.

Irene habló:

—Es el mecanismo.

—Sí.

Mauro preguntó:

—¿Es el mismo volumen?

Sebastián comparó mentalmente la cronología, el lugar, la descripción y las referencias anteriores.

—Es altamente probable.

Irene sonrió.

—Sabía que ibas a encontrar una forma de no decir sí.

Sebastián no respondió.

La prudencia seguía siendo necesaria.

Pero una cosa ya estaba clara.

El manuscrito no había desaparecido al llegar a Nájera.

Había pasado de Martín a otra persona.