BLOQUE 3
La conexión con los últimos días de Riaño apareció al anochecer.
Mauro había recibido un informe sobre las llamadas realizadas por el investigador durante el período inmediatamente anterior a su muerte, dentro de lo que se había podido revisar con autorización familiar.
La mayoría eran perfectamente normales.
Clara.
Cárdenas.
Fray Julián.
Dos archivos.
Y una llamada breve a la Fundación Velasco.
Irene levantó la vista.
—¿Cuándo?
—El día anterior a morir.
Sebastián quedó inmóvil.
—¿Con quién habló?
Mauro consultó.
—Entró por administración y lo derivaron al archivo.
—¿Beatriz?
—No. Otra persona.
—¿Quién?
—Marina Gadea. Responsable actual de documentación histórica.
Sebastián miró a Irene.
—Entonces habló con el archivo de la fundación el mismo día que modificó su tabla.
Mauro revisó los horarios.
—La llamada fue primero.
—¿Y la modificación?
—Después.
Aquello merecía atención.
Riaño había hablado con la fundación.
Más tarde había eliminado la interrogación que acompañaba a Nájera y cambiado sin constancia por no regresó.
La conversación podía haberle proporcionado información nueva.
—Hay que hablar con Marina —dijo Irene.
Mauro ya estaba llamando.
La mujer atendió.
Recordaba perfectamente a Riaño.
—Sí. Hablamos.
—¿Sobre qué? —preguntó Mauro.
—Un expediente antiguo de adquisiciones.
—¿Cuál?
—Una compra de la familia Velasco.
—¿El manuscrito sin título?
Hubo una pausa breve.
—Sí.
Sebastián se acercó.
Mauro continuó.
—¿Qué quería saber?
—Si conservábamos documentación del vendedor anterior.
—¿Rafael Sáenz de Tejada?
—Sí.
—¿La conservan?
—Una parte.
Sebastián intervino.
—¿Qué clase de documentación?
—Correspondencia anterior a la compra.
Irene se quedó quieta.
Hasta entonces habían trabajado principalmente con inventarios y escrituras.
Las cartas podían explicar por qué una operación había ocurrido y qué sabía cada una de las partes.
—¿Qué encontró Riaño? —preguntó Mauro.
—No sé exactamente qué concluyó. Yo le envié una referencia.
—¿Cuál?
—Una carta del intermediario al comprador.
Sebastián tomó una hoja.
—¿Tomás Valcárcel?
—Sí.
—¿Qué decía?
Marina dudó.
—No recuerdo cada frase, pero el vendedor tenía dudas sobre desprenderse de uno de los dos manuscritos procedentes del lote familiar.
Sebastián levantó la cabeza.
—¿Dos manuscritos?
—Sí.
Irene lo miró.
La antigua escritura de Manuel Sáenz de Tejada hablaba precisamente de dos volúmenes en pergamino.
Décadas después, solamente uno había terminado incorporándose a la colección Velasco.
La correspondencia podía explicar la bifurcación.
—¿Cuál compraron los Velasco? —preguntó Sebastián.
—El que después aparece en su inventario.
—¿Y el segundo?
—No formó parte de la adquisición.
Mauro intervino.
—¿Por qué?
—Según la carta, Rafael dijo que ya no lo tenía.
Sebastián apretó ligeramente el bolígrafo.
—¿Qué había ocurrido con él?
—Eso mismo preguntó Riaño.
—¿Y?
—La carta indicaba que había pasado a otro propietario años antes.
—¿Da el nombre?
—Esa carta no.
—¿Hay otra?
—Sí.
—¿Riaño la recibió?
—Le envié una reproducción.
Mauro permaneció inmóvil.
—¿Qué decía?
La voz de Marina cambió apenas.
—Identificaba al comprador.
Sebastián sintió que la cadena volvía a abrirse.
—¿Quién era?
—Un anticuario de Burgos.
Irene dejó escapar el aire.
No significaba que el recorrido medieval condujera a Burgos.
Era una etapa mucho más tardía, dentro de una cadena de ventas privadas del siglo XIX.
Pero demostraba que los dos volúmenes que alguna vez habían compartido una biblioteca familiar habían tomado caminos distintos.
Mauro preguntó:
—¿Nombre?
—Emilio Falcón.
Sebastián lo anotó.
—¿Fecha?
Marina la dio.
Era anterior a la adquisición realizada por los Velasco.
Irene dijo:
—Entonces los dos manuscritos de esa biblioteca se separaron en el siglo XIX.
Sebastián negó.
—Los dos que aparecen en esa biblioteca se separaron. Todavía no podemos identificar ninguno con nuestra segunda unidad.
—Sí.
Marina había escuchado.
—Riaño me dijo prácticamente lo mismo.
Sebastián levantó la vista.
—¿Qué dijo exactamente?
—Que no podía demostrar la identidad, pero que la secuencia empezaba a encajar.
—¿Qué secuencia?
—San Millán. Una entrega antigua a una persona. Después documentación familiar de Nájera. Más tarde dos manuscritos dentro de una casa particular y, finalmente, dos rutas privadas distintas.
Sebastián permaneció inmóvil.
Riaño había avanzado más de lo que mostraban sus carpetas principales.
—¿Mencionó a Martín?
—Sí.
Fray Julián se acercó.
—¿Apellido?
—No estaba seguro.
—¿Orduña?
Hubo un silencio.
—Dijo que era una posibilidad.
Julián bajó la mirada.
Mauro continuó.
—¿Riaño pidió algo más?
—Sí.
—¿Qué?
—Una lista de personas que habían consultado el expediente de adquisición.
Irene miró a Sebastián.
—¿Por qué?
Marina respondió:
—Porque dijo que alguien estaba siguiendo exactamente la misma procedencia.
Mauro se tensó.
—¿Quién?
—No lo sabía.
—¿Le dio algún nombre?
—No.
—¿Conservan esa lista?
—Sí.
—Necesito una copia.
—Puedo enviársela.
Mauro agradeció.
Antes de terminar la llamada, Sebastián intervino.
—Marina, una pregunta más. ¿Leandro Velasco sabía que Riaño estaba consultando este expediente?
—Sí.
Mauro levantó la vista.
—¿Hablaron?
—Una vez.
—¿Personalmente?
—Por teléfono.
—¿Sobre qué?
Marina dudó.
—Riaño quería saber si Leandro permitiría revisar documentación familiar que todavía no estaba incorporada al archivo de la fundación.
—¿Y qué respondió?
—Que sí.
Sebastián permaneció quieto.
—¿Sin condiciones especiales?
—Las normales. Supervisión archivística y respeto por documentación privada de terceros.
Aquello volvía a colocar a Leandro en el mismo lugar en que había estado desde su primera aparición.
No bloqueaba la investigación.
La había permitido.
—¿Riaño llegó a revisar esos papeles? —preguntó Mauro.
—No.
—¿Por qué?
Marina guardó silencio antes de responder.
—La cita estaba prevista para dos días después de su muerte.
La llamada terminó poco después.
Durante varios segundos nadie habló.
Riaño había estado a punto de acceder a una parte del archivo familiar que quizá Cárdenas no hubiera consultado.
Correspondencia privada.
Papeles de adquisiciones.
Posibles referencias anteriores todavía no integradas al archivo formal de la fundación.
Y Leandro Velasco había autorizado el acceso.
Irene habló primero.
—Eso no encaja con alguien intentando ocultar esta historia.
Sebastián negó.
—No.
Mauro guardó el teléfono.
—Tampoco necesitamos defenderlo de una acusación que nadie ha hecho.
Sebastián lo miró.
—Exactamente.
Leandro no era en aquel momento un sospechoso.
Era el heredero de una colección histórica cuya procedencia podía ayudar a reconstruir el recorrido de determinados manuscritos.
Nada más.
La pista inmediata estaba en la lista que Riaño había pedido.
Marina la envió veinte minutos después.
Había doce nombres.
Beatriz Molina.
Cárdenas.
Abarca.
Riaño.
Especialistas de la fundación.
Dos investigadores universitarios.
Y tres personas que ninguno conocía.
Mauro los anotó.
Sebastián se detuvo en uno:
Javier Monreal.
Había consultado el expediente cuatro veces a lo largo de veinte años.
Siempre alrededor de documentación relacionada con procedencias riojanas.
—¿Quién es? —preguntó Irene.
Mauro buscó entre la información disponible.
—Anticuario.
Sebastián levantó la vista.
—¿Dónde?
—Madrid.
—¿Especialidad?
—Manuscritos, libro antiguo y documentación histórica.
Irene volvió a mirar la lista.
—Entonces no eran únicamente académicos los que seguían esta procedencia.
—No.
También la habían seguido personas que compraban, vendían o intermediaban en patrimonio documental.
Detrás de cada adquisición privada aparecían nombres.
Algunos estudiaban.
Otros conservaban.
Otros compraban o vendían.
Algunos intentaban reconstruir el origen de una pieza antes de adquirirla.
Y era posible que alguno hubiera intentado localizar un manuscrito concreto mucho antes de que los investigadores modernos entendieran la importancia de las mismas referencias.
Mauro guardó la lista.
—Voy a comprobar esos tres nombres.
Sebastián regresó a la cadena que había trazado sobre la mesa.
Oruña.
Sáenz de Tejada.
Valcárcel.
Falcón.
Velasco.
Abarca.
Monreal.
No formaban una conspiración.
Formaban algo mucho más verosímil.
La vida privada de los objetos.
Un manuscrito podía atravesar siglos sin desaparecer físicamente.
Bastaba con que cambiara de manos.
Cada transmisión podía dejar un rastro distinto: una herencia, una venta, una carta, una anotación notarial o la entrada incompleta de un inventario doméstico.
Sebastián volvió al primer nombre de toda la secuencia que podían sostener con evidencia histórica.
Martín.
Después de él, la procedencia seguía rota.
Todo lo demás pertenecía a épocas mucho más tardías y todavía no podían demostrar que correspondiera al mismo volumen.
Pero empezaban a entender cómo podía perderse la identidad de un manuscrito sin que el objeto desapareciera.
Cada propietario recibía el libro.
No necesariamente recibía toda su historia.
Y con cada transmisión podía desaparecer una parte más de aquella memoria.
Sebastián cerró la carpeta.
Detrás de cada vacío quedaba un nombre.
No siempre el nombre de alguien responsable de una pérdida.
A veces era simplemente el de la última persona capaz de decir de quién había recibido el libro antes de entregárselo a otro.