El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 2
48%

BLOQUE 2

La respuesta apareció en un protocolo notarial de Nájera.

Fray Julián encontró la referencia porque Rafael Sáenz de Tejada figuraba en una partición de bienes familiares.

La reproducción llegó aquella misma tarde.

Sebastián empezó por la relación de propiedades.

Tierras.

Muebles.

Dinero.

Después aparecía la biblioteca.

No era especialmente grande, pero incluía varios libros antiguos y algunos manuscritos.

Irene se acercó.

—¿Está?

—Todavía no lo sé.

Las descripciones eran imprecisas.

Devocionarios.

Misales.

Textos jurídicos.

Papeles familiares.

Finalmente apareció una entrada distinta:

Un volumen antiguo en pergamino, sin principio cierto, procedente de legado anterior.

Sebastián dejó de pasar líneas.

—Acá.

Mauro se acercó.

—¿Puede ser el mismo?

—Puede.

Irene lo miró.

Sebastián continuó antes de que ella dijera nada.

La pieza tenía una valoración relativamente baja.

Aquello sugería que, en el momento de redactar la partición, nadie la consideraba un objeto excepcional.

—¿Quién lo recibe? —preguntó Mauro.

Sebastián siguió la línea.

—Rafael Sáenz de Tejada.

El mismo hombre que años después vendería un manuscrito de características semejantes a la familia Velasco.

Por primera vez tenían una referencia documental anterior a aquella adquisición.

Irene entendió.

—Retrocedimos una generación.

—Sí.

La escritura indicaba que Rafael había recibido el volumen como parte del legado de un tío:

Manuel Sáenz de Tejada.

Fray Julián comenzó a buscar el nombre.

No tardó.

—Manuel aparece en otra escritura.

Sebastián levantó la cabeza.

—¿Qué escritura?

—Una adquisición de bienes procedentes de una casa familiar cuya línea principal se había extinguido.

—¿Dónde?

Julián leyó.

—Nájera.

Mauro apoyó las manos sobre la mesa.

—La ciudad aparece demasiado.

Sebastián guardó silencio.

La acumulación era real.

Pero Nájera podía representar una etapa, un ámbito notarial o el lugar donde residían algunas de las familias que habían intervenido mucho después.

Nada permitía todavía convertirla en destino definitivo del volumen medieval.

Irene preguntó:

—¿Qué familia vendía?

Fray Julián leyó el apellido.

Oruña.

Sebastián se quedó quieto.

Julián también.

Mauro fue el primero en preguntar:

—¿Orduña?

—No —respondió Sebastián enseguida—. El documento dice Oruña.

—¿Podría ser una variante?

—Podría.

Fray Julián seguía observando la escritura.

—También puede ser un apellido diferente.

Sebastián asintió.

No iban a forzar una identidad solo por la semejanza.

La compraventa enumeraba muebles, documentos y libros procedentes de aquella casa.

Entre ellos aparecía una referencia:

papeles antiguos y dos volúmenes en pergamino

Irene se acercó.

—Dos.

Sebastián leyó nuevamente.

No había títulos.

Tampoco descripciones capaces de relacionarlos con San Millán.

Solo una cantidad.

—No sabemos qué volúmenes eran.

—Pero ambos pasan a Manuel —dijo Irene.

—Eso sí.

—¿Y después?

Sebastián volvió a la partición realizada años más tarde.

Allí solo aparecía:

un volumen antiguo en pergamino

Mauro lo entendió.

—Uno deja de figurar.

—En esta documentación, sí.

—Otra vez.

—Sí.

Irene comparó las fechas.

—¿Cuánto tiempo hay entre ambas escrituras?

Sebastián hizo la cuenta.

—Menos de veinte años.

—Entonces durante ese intervalo uno de los dos deja de aparecer.

—Puede haber sido vendido.

—Regalado.

—Heredado por otra persona.

—O descrito de otra manera.

Sebastián asintió.

Todos eran escenarios posibles.

Mauro preguntó:

—¿Existe inventario de la casa Oruña anterior a la venta?

Fray Julián empezó a buscar.

—Puede haber protocolos.

—Necesitamos encontrarlos.

La línea empezaba a adquirir consistencia.

No como una procedencia completa.

Todavía había vacíos enormes.

Pero podían escribir una secuencia provisional:

Casa Oruña.

Manuel Sáenz de Tejada.

Rafael Sáenz de Tejada.

Colección Velasco.

Sebastián la observó.

Por primera vez el manuscrito descrito en el archivo de los Velasco no aparecía sin antecedentes.

Podían llevarlo hasta otra biblioteca familiar.

—¿La casa Oruña tenía alguna relación con San Millán? —preguntó Irene.

Fray Julián negó.

—No lo sé.

—¿Con Nájera?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

Julián revisó algunas referencias.

La familia estaba documentada al menos desde el siglo XVII.

Probablemente antes.

Sebastián volvió a mirar el apellido.

Oruña.

Podía no tener ninguna relación con Orduña.

Pero la semejanza merecía ser estudiada, no completada.

—No vamos a unirlos todavía —dijo.

Irene lo miró.

—Nadie habló.

—Todos lo estaban pensando.

—Sí.

Fray Julián sonrió débilmente.

Mauro siguió leyendo la compraventa.

—Hay un testigo.

Sebastián se acercó.

Nombre:

Francisco Velasco.

Irene levantó la cabeza.

—¿Velasco?

Mauro señaló la línea.

—Sí.

La fecha era muy anterior a la compra del manuscrito por la rama de la familia que acabaría formando la colección conocida.

Sebastián volvió a frenar la interpretación.

—Puede ser otro Velasco.

—¿Puede comprobarse? —preguntó Mauro.

Fray Julián comenzó a revisar genealogías.

No necesitó demasiado tiempo.

Francisco Velasco pertenecía a una rama colateral de la misma familia que décadas después reuniría parte de la colección.

No compró los libros.

Tampoco los heredó.

Solo figuraba como testigo de la operación.

Irene observó la escritura.

—Entonces alguien de los Velasco conocía esa biblioteca antes de que otra rama adquiriera uno de sus manuscritos años después.

Sebastián asintió.

Eso sí podían sostenerlo.

Mauro preguntó:

—¿Y eso importa?

—Puede importar.

—¿Por qué?

—Porque la compra posterior puede no haber sido completamente casual. Tal vez conocían la existencia de determinados libros desde antes.

Irene añadió:

—O mantenían relaciones con esas familias y sabían qué conservaban.

Sebastián no discutió.

Nada de aquello implicaba una actuación irregular.

Podía ser simplemente la historia ordinaria del coleccionismo privado: familias relacionadas, noticias sobre bibliotecas antiguas, herencias y oportunidades de adquisición transmitidas durante generaciones.

Mauro pasó otra hoja.

Había más nombres.

Notarios.

Testigos.

Intermediarios.

Representantes familiares.

Cada compraventa tenía alrededor una red civil perfectamente normal de personas que firmaban, heredaban, vendían o autorizaban operaciones.

En una cadena semejante podía fragmentarse la procedencia de un manuscrito sin que nadie hubiese tenido intención de ocultarla.

Sebastián tomó una hoja nueva y comenzó a colocar los nombres en orden.

No como sospechosos.

Como eslabones.

Cuando terminó había más de diez.

Irene observó.

—Ahora entiendo el título.

Sebastián levantó la vista.

—¿Qué título?

—Los nombres detrás de las adquisiciones privadas.

Mauro los miró.

—A veces ustedes resultan preocupantes.

Sebastián ignoró el comentario.

La cadena seguía creciendo.

Y, por el momento, el punto más antiguo que podían relacionar con aquella biblioteca privada continuaba siendo la casa Oruña de Nájera.