CAPÍTULO 16 Nombres detrás de las adquisiciones privadas
BLOQUE 1
La primera lista no contenía manuscritos.
Contenía nombres.
Eso fue lo que desconcertó a Irene cuando Sebastián desplegó sobre la mesa las copias procedentes del archivo privado de la Fundación Velasco.
No había títulos medievales, signaturas antiguas ni descripciones paleográficas suficientemente precisas como para identificar una pieza.
Había compradores.
Vendedores.
Intermediarios.
Notarios.
Herederos.
Y, junto a muchos de ellos, observaciones sobre procedencia.
—¿Esto es el inventario de la colección? —preguntó Irene.
—No.
—Entonces ¿qué es?
Sebastián sostuvo una de las hojas.
—Un índice de adquisiciones.
Mauro se acercó.
—¿Quién lo hizo?
—La familia y, después, quienes trabajaron con su archivo.
—¿Cuándo?
—No en un único momento. Se fue completando durante décadas.
Irene observó las columnas.
Fecha.
Objeto adquirido.
Vendedor.
Intermediario.
Precio.
Procedencia declarada.
Observaciones.
—Para lo que estamos buscando, esto puede ser mejor que un inventario.
Sebastián la miró.
—Depende de la pregunta.
—Queremos saber cómo llegó un manuscrito a una colección privada.
—Entonces sí.
Mauro tomó otra copia.
—¿Ya encontraron el que podría interesarnos?
—Todavía no.
Sebastián señaló un grupo de adquisiciones realizadas entre finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Varias procedían de familias riojanas. Otras habían pertenecido a pequeños coleccionistas y algunas habían pasado por anticuarios de Madrid o Burgos antes de incorporarse a la colección.
Una entrada estaba señalada por Beatriz Molina durante la investigación que la fundación había realizado doce años atrás:
Manuscrito sin título. Pergamino. Procedencia riojana no acreditada.
Irene se inclinó.
—¿Ése es el que podría corresponder?
—Podría.
—Otra vez.
—Sí.
Mauro leyó el nombre del vendedor.
—¿Quién era Rafael Sáenz de Tejada?
Fray Julián, que había vuelto a incorporarse plenamente al trabajo después de revisar sus propias referencias familiares, levantó la cabeza.
—Ese apellido aparece en documentación de Nájera.
Sebastián se volvió.
—¿De qué clase?
—Protocolos notariales, sobre todo.
—¿Siglo?
—Diecinueve.
Mauro anotó el nombre.
—¿Una familia importante?
—No necesariamente. Hay varias ramas y el apellido aparece en distintos documentos.
Irene señaló otra columna.
—Mirá el intermediario.
Sebastián leyó:
Tomás Valcárcel.
Mauro volvió la cabeza hacia él.
—¿Familia suya?
Sebastián frunció el ceño.
—No que yo sepa.
Irene sonrió.
—Ahora te toca a vos.
—Un apellido compartido no significa nada.
—Exactamente.
Mauro continuó.
La adquisición había sido realizada por un antepasado de Leandro Velasco.
El manuscrito entró en la colección sin una procedencia sólida.
Solo constaba:
Procedente de casa antigua de La Rioja.
Sebastián conocía aquella fórmula.
Cárdenas la había mencionado.
Beatriz Molina también.
Pero el índice añadía algo que antes no tenían.
Personas concretas.
La procedencia empezaba a adquirir nombres.
—¿Podemos seguir a Sáenz de Tejada? —preguntó Mauro.
—Sí.
—¿Y a Valcárcel?
—También.
—Entonces sigamos a los dos.
Sebastián observó la fecha de adquisición.
Si el segundo volumen realmente había salido de San Millán siglos antes, aquella compra solo podía representar una etapa mucho más tardía.
No probaba continuidad.
Pero podía ofrecer un puente entre una procedencia monástica perdida y una biblioteca privada del siglo XIX.
Irene pasó la hoja.
—Hay otra compra del mismo vendedor.
Sebastián se acercó.
Era otro manuscrito.
Fecha próxima.
Mismo nombre:
Rafael Sáenz de Tejada.
La procedencia era igualmente vaga.
—Entonces no vendió una única pieza —dijo Irene.
—Parece que no.
Mauro preguntó:
—¿Un lote?
Sebastián leyó la observación.
Procedente de biblioteca familiar.
Aquello cambiaba el contexto.
El manuscrito no había aparecido aislado.
Había formado parte de una biblioteca particular.
—Necesitamos saber qué contenía esa biblioteca —dijo.
Fray Julián negó.
—Puede que nunca haya existido un inventario independiente.
—Entonces una partición de bienes. Una sucesión. Cualquier escritura que enumere los libros.
Mauro asintió.
—Protocolos notariales.
Sebastián comprendió que la investigación estaba entrando en un terreno diferente.
Ya no bastaban los inventarios monásticos.
Tendrían que seguir escrituras familiares, sucesiones, compraventas y particiones de bienes.
Los archivos privados podían conservar parte de la historia que los institucionales habían perdido.
Irene siguió leyendo.
—Hay una anotación añadida años después.
Junto al manuscrito sin título decía:
Revisar relación con códice emilianense.
Sebastián miró la fecha.
—Es moderna.
—¿Quién la hizo?
Las iniciales eran:
B.M.
Beatriz Molina.
No se trataba de una nota antigua.
Era consecuencia de la investigación de procedencias de la propia fundación.
—Entonces ellos llegaron al mismo manuscrito por comparación —dijo Irene.
—Sí.
Mauro señaló la columna de procedencia.
—Pero tampoco pudieron pasar de Sáenz de Tejada.
Sebastián buscó el informe técnico.
La conclusión era inequívocamente prudente:
No es posible atribuir origen emilianense sin documentación anterior a la adquisición.
Mauro leyó.
—Eso habla bastante bien del trabajo de la fundación.
Sebastián asintió.
—Fueron cuidadosos.
—¿También Velasco?
—Según lo que contó Beatriz, sí.
Irene recorrió el índice.
El apellido Velasco aparecía muchas veces, pero casi siempre del mismo lado de las operaciones.
Como comprador.
La familia había formado una colección durante décadas y algunas piezas tenían procedencias perfectamente documentadas.
Otras no.
Eso no resultaba extraordinario en colecciones creadas entre los siglos XIX y XX.
El problema aparecía cuando una pieza con origen incompleto podía haber pertenecido anteriormente a una institución cuya memoria documental ya estaba fragmentada.
—Tenemos que distinguir una procedencia incompleta de una adquisición irregular —dijo Sebastián.
Mauro lo miró.
—Exactamente.
—No estoy diciendo que haya delito.
—Entonces no use un término que lo sugiera.
Sebastián asintió.
—Procedencia incompleta.
—Mejor.
Irene sonrió.
—Hoy también aprendés.
Sebastián volvió al índice.
Nada de aquello demostraba una conducta ilícita.
Pero sí revelaba una cadena de personas por cuyas manos habían pasado manuscritos durante generaciones.
Rafael Sáenz de Tejada.
Tomás Valcárcel.
Los compradores de la familia Velasco.
Y, seguramente, otros antes que ellos.
La pregunta era sencilla.
¿Quién había tenido aquel manuscrito antes de Sáenz de Tejada?
Allí empezaba el verdadero problema.