El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 3 #2
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—Entonces las marcas aparecieron al menos en dos momentos diferentes.

Sebastián volvió a las cinco entradas.

Alguien había empezado destacando a Martín y Pedro.

Más adelante se marcaron otras tres.

Era como observar una investigación que había ido quedando escrita sobre el propio documento mediante señales mínimas.

—Todos siguieron algo parecido —dijo Julián.

—No podemos saber si fueron todos.

—Pero alguien sí.

Sebastián comparó las cinco entradas.

En todas aparecía un volumen entregado personalmente.

Una persona responsable de recibirlo.

Y una indicación de guarda o conservación temporal.

En algunos casos había constancia posterior del regreso.

En otros no.

El patrón empezó a hacerse visible.

—No estaban seleccionando manuscritos perdidos —dijo Sebastián.

Irene lo miró.

—¿Entonces qué seleccionaban?

—El sistema de entrega.

Fray Julián se acercó.

Sebastián señaló la primera entrada.

—Martín recibe un volumen cuyo retorno no consta. Pedro recibe otro que sí vuelve. Las demás muestran a distintas personas encargándose temporalmente de materiales. Lo común no es la desaparición.

Irene comprendió.

—Es la entrega personal.

—Exactamente.

Aquello era el verdadero hallazgo.

La segunda unidad no había salido de San Millán mediante un procedimiento inexplicable.

Formaba parte de una práctica documentada en la que determinadas personas asumían temporalmente la responsabilidad de conservar ciertos bienes.

Después, en circunstancias normales, esos materiales regresaban o eran entregados nuevamente.

El problema de la segunda unidad era diferente.

No existía constancia demostrable de su retorno.

Irene observó a Fray Julián.

—Entonces Martín no tiene por qué pertenecer a ninguna organización.

Sebastián negó.

—No tenemos una sola evidencia de algo así.

Fray Julián pareció relajarse.

La explicación real era más sencilla.

Y también más interesante.

En momentos concretos, una institución podía confiar materiales a personas concretas para protegerlos.

Nada más.

Lo que siglos después podía parecer una cadena misteriosa había podido comenzar como una práctica puramente humana.

La anomalía aparecía cuando una devolución no se producía o dejaba de quedar registrada.

Irene preguntó:

—Entonces, ¿qué sabía el cliente de Abarca?

Sebastián miró la entrada de Martín.

—Que tenía que investigar uno de estos casos.

—¿Y cómo lo sabía?

—Ésa es la pregunta.

El teléfono de Irene vibró.

Mauro había localizado una referencia al archivo profesional de Federico Abarca.

El fondo no estaba completo. Una parte había sido entregada después de su muerte a una asociación profesional y otra había quedado con la familia.

Existía, sin embargo, un inventario de expedientes.

Mauro envió una imagen.

Sebastián amplió.

La mayor parte de los expedientes estaban identificados por cliente.

Algunos utilizaban códigos.

Uno llamó inmediatamente su atención:

SM-2 — Procedencia manuscrito. La Rioja.

La fecha coincidía con las consultas de San Millán.

Irene señaló.

—SM podría ser San Millán.

—Podría.

Más abajo decía:

Cliente: reservado por contrato.

Fray Julián negó.

—Seguimos sin saber quién pagaba.

Sebastián observó la última columna.

Había una nota:

Expediente cerrado sin localización del bien.

Abarca tampoco había encontrado el manuscrito.

Había llegado antes que todos ellos.

Pero había terminado en el mismo vacío.

Sebastián sintió un alivio extraño.

El investigador privado no poseía una respuesta definitiva que ellos estuvieran pasando por alto.

Había recorrido otra ruta hasta alcanzar el mismo límite.

Llegó un segundo mensaje de Mauro.

El expediente conservaba un resumen final.

Había conseguido una copia.

Sebastián empezó a leer:

La procedencia conocida no permite establecer destino definitivo después de la entrega al responsable consignado.

Continuó:

Las menciones posteriores a Nájera no acreditan permanencia del manuscrito en dicha localidad.

Irene permaneció inmóvil.

—Abarca también sabía que Nájera podía ser solamente una etapa.

—Sí.

La última parte era todavía más importante:

Debe buscarse la continuidad en documentación privada de quienes asumieron la recepción o de sus descendientes, no exclusivamente en inventarios institucionales posteriores.

Fray Julián volvió a mirar el apellido incompleto.

—Descendientes.

Sebastián lo vio.

—No significa vos.

—Ya sé.

—Julián.

—Ya sé.

Pero la investigación acababa de cambiar otra vez.

Si Martín había recibido personalmente el volumen, la siguiente huella podía estar fuera de los archivos de San Millán.

No porque el libro hubiera pasado automáticamente a convertirse en propiedad de una familia.

Podía existir simplemente documentación privada de aquella entrega.

Correspondencia.

Un recibo.

Un inventario doméstico.

Alguna anotación transmitida dentro de un archivo familiar.

Sebastián regresó al informe de Abarca.

Al final aparecía una recomendación:

Revisar adquisiciones privadas del siglo XIX que aleguen procedencia riojana anterior no documentada.

Irene entendió.

—Por eso todos terminan mirando colecciones privadas.

—Sí.

—Y por eso la Fundación Velasco llegó a esta misma pista.

—Sí.

No porque hubiera razones para señalar a los Velasco como responsables de la desaparición.

Sino porque una de las adquisiciones históricas de su colección encajaba con el tipo de manuscrito capaz de conservar parte de aquella procedencia perdida.

Eso mantenía a Leandro donde debía estar en aquel momento.

En el fondo.

Como propietario de una colección cuyos archivos podían ser útiles.

No como enemigo.

Sebastián apagó la pantalla.

Habían comenzado el día creyendo haber descubierto una hoja que llevaba décadas olvidada.

Ahora sabían que varias generaciones de investigadores habían llegado antes.

La habían fotografiado.

La habían estudiado.

Algunos incluso la habían marcado.

Abarca.

Salcedo.

Cárdenas.

Riaño.

Ahora ellos.

Todos habían seguido la pista de Martín, las entregas y las referencias posteriores a Nájera.

Todos habían terminado frente al mismo límite documental.

La pregunta ya no era quién había llegado antes.

Eran demasiados.

La pregunta era por qué ninguno había conseguido avanzar más allá de aquella entrega.

Y qué había encontrado Álvaro Riaño en sus últimos días para creer que, por primera vez, él sí podía hacerlo.