BLOQUE 3
La segunda sorpresa llegó aquella misma tarde desde la casa de Álvaro Riaño.
Clara había encontrado otra carpeta mezclada con documentación familiar. Por eso no la había identificado inicialmente como parte de la investigación.
En la cubierta había una sola palabra:
ANTERIORES
Mauro pidió que no manipulara más su contenido y se trasladó a Logroño.
Sebastián e Irene fueron con él.
Fray Julián decidió quedarse en Yuso. La posibilidad de que el apellido de Martín pudiera relacionarse con el suyo lo había afectado más de lo que quería admitir y necesitaba revisar algunas referencias familiares, no para demostrar nada, sino para intentar descartar una asociación precipitada.
Clara los recibió en el domicilio de su padre.
La carpeta estaba sobre una mesa.
—No sé si sirve.
—Lo veremos —respondió Mauro.
Sebastián la abrió después de recibir autorización.
La primera página contenía una lista de nombres.
Salcedo.
Ledesma.
Montalvo.
Cárdenas.
Y otros que ninguno de ellos conocía.
Riaño no había reconstruido solamente la historia del manuscrito.
También había reconstruido la historia de quienes lo habían buscado.
Irene pasó a la hoja siguiente.
Había fechas de consultas archivísticas, cartas, artículos y solicitudes de reproducción.
—Estaba siguiendo a los investigadores anteriores.
Sebastián asintió.
Eso explicaba el título de la carpeta.
Riaño había entendido que, para avanzar en la procedencia del volumen, debía saber qué documentos había visto cada persona que lo había precedido.
Una línea unía a Salcedo con Ledesma.
Otra llevaba de Ledesma a Montalvo.
Después aparecía Cárdenas.
Más adelante, la Fundación Velasco.
En el margen figuraba una nota:
Todos llegan al mismo corte.
Sebastián la leyó.
—Martín.
Irene pasó la página.
Había una segunda anotación:
Excepto uno.
Mauro se acercó.
—¿Quién?
La respuesta aparecía debajo:
Investigador no identificado. Consulta anterior a Salcedo.
Sebastián quedó inmóvil.
—¿Cuánto anterior?
Irene localizó la fecha.
Más de diez años.
Alguien había consultado documentación relacionada con la segunda unidad antes que cualquiera de los investigadores académicos que ellos conocían.
Riaño había encontrado una solicitud antigua cuyo nombre resultaba ilegible.
Solo se conservaba un número de identificación.
Mauro lo fotografió.
—Esto puede rastrearse.
Clara observaba desde cierta distancia.
—¿Mi padre sabía quién era?
—Parece que no —respondió Sebastián.
La página siguiente mostraba que Riaño había intentado averiguarlo.
Había localizado una solicitud.
Después otra.
La misma persona había consultado tres tipos de documentación.
San Millán.
Una antigua colección familiar riojana.
Y protocolos notariales de Nájera.
Irene levantó la vista.
—Pasó por los tres lugares.
—Sí.
—Antes que Salcedo.
—Sí.
Mauro siguió la secuencia.
Aquel investigador desconocido había trabajado durante aproximadamente dos años.
Después desaparecía de los registros.
No había artículos publicados a su nombre.
Tampoco tesis ni trabajos académicos localizables.
Riaño había escrito:
No buscaba publicar. Buscaba localizar.
Aquella diferencia era importante.
Salcedo había intentado comprender el problema.
Cárdenas quería demostrar una identificación.
Riaño estaba reconstruyendo el proceso.
El desconocido parecía haber querido encontrar físicamente algo.
La página siguiente contenía una reproducción de una ficha de consulta.
El nombre había quedado oculto por una mancha de la copia, pero permanecía visible la institución declarada:
Estudio privado de patrimonio.
Dirección en Madrid.
La empresa ya no existía.
Riaño había investigado sus antecedentes.
En la última hoja había escrito:
Encargo financiado por particular. Identidad no consignada.
Irene respiró lentamente.
—Entonces alguien pagó una investigación antes que todos ellos.
Sebastián corrigió:
—Pagó para revisar estas referencias.
Irene lo miró.
—Sabés que no eligió San Millán, una colección familiar y Nájera al azar.
Sebastián no discutió.
Mauro señaló las tres consultas.
—El encargo era bastante específico.
La carpeta contenía además una copia de correspondencia enviada años después por aquel investigador a Ángel Salcedo.
No había firma completa.
Solo iniciales.
Sebastián comenzó a leer:
No siga la procedencia desde los inventarios modernos. El volumen ya había sido separado antes de que esos registros fueran redactados. La persona que lo recibió es más importante que el lugar al que fue enviado.
Permaneció inmóvil.
Aquella idea no había nacido con Cárdenas.
Tampoco con Riaño.
Alguien la había formulado mucho antes.
Irene siguió leyendo.
Si llega hasta la anotación de Martín, habrá alcanzado el mismo punto que yo. Después de allí, los documentos dejan de conservar el contexto completo.
Sebastián volvió a leer aquella última expresión.
Era más precisa que afirmar que los documentos dejaban de decir la verdad.
No implicaba falsificación.
Podía significar que las copias posteriores habían simplificado datos, modificado nomenclaturas o perdido información necesaria para interpretar la entrega.
La carta continuaba:
No busque el libro en las colecciones donde aparece. Busque quién reconstruyó su procedencia antes de adquirirlo.
Irene levantó la vista.
—Eso apunta a compradores.
—O a intermediarios —dijo Sebastián.
—Coleccionistas también.
Mauro guardó silencio.
La línea hacia los fondos privados empezaba a adquirir forma.
No como acusación.
Como una realidad histórica.
Manuscritos de procedencia incierta podían atravesar herencias, ventas, casas de antigüedades y colecciones durante generaciones. Quien quisiera adquirirlos con cierto rigor necesitaba reconstruir su origen.
Alguien había intentado hacerlo.
El teléfono de Mauro vibró.
Leyó el mensaje y levantó la vista.
—Identificaron al investigador de la ficha.
—¿Quién era? —preguntó Sebastián.
—Federico Abarca.
Ninguno reconoció el nombre.
—¿Historiador? —preguntó Irene.
—No. Abogado de formación. Trabajó durante años en tasación, procedencias y localización de patrimonio documental para clientes privados.
Sebastián comprendió.
—Un profesional dedicado a investigar bienes históricos.
—Algo así.
—¿Está vivo?
Mauro negó.
—Murió hace nueve años.
—¿Dejó archivo profesional?
—Están intentando localizarlo.
Sebastián regresó a la carta.
Federico Abarca había llegado al mismo punto décadas antes.
Había encontrado a Martín.
Comprendió que la separación de la segunda unidad era anterior a los inventarios modernos y había seguido una línea que los investigadores académicos posteriores parecían no haber podido reconstruir por completo.
Irene preguntó:
—¿Para quién trabajaba?
Mauro volvió al mensaje.
—No figura.
Sebastián observó la mención al encargo financiado por un particular.
Ahí estaba la nueva pregunta.
No quién había investigado.
Sino quién le había pagado para hacerlo.
Clara permanecía junto a la puerta.
—Mi padre escribió algo sobre eso.
Los tres la miraron.
—¿Dónde? —preguntó Mauro.
Ella señaló el reverso de una de las hojas.
Sebastián la giró.
Había una anotación breve de Riaño:
Abarca llegó antes porque alguien ya sabía qué debía buscar.
Debajo:
Encontrar al cliente.
Mauro guardó silencio.
Durante días habían creído estar retomando una investigación abandonada.
Después descubrieron que Cárdenas llevaba más de treinta años tras la misma unidad.
Luego apareció el trabajo realizado por la Fundación Velasco.
Ahora sabían que, incluso antes, un investigador privado había recorrido San Millán, fondos familiares y documentación de Nájera siguiendo exactamente el mismo rastro.
No había llegado por azar.
Alguien le había dado suficiente información para saber dónde empezar.
Eso significaba que la memoria del segundo volumen había desaparecido de los inventarios oficiales.
Pero no necesariamente de todas partes.
Cuando regresaron a Yuso ya había anochecido.
Sebastián no estaba cómodo con la conclusión hacia la que los empujaba la carpeta de Riaño.
Por eso quiso volver a los documentos.
Irene lo acompañó a la sala.
Mauro permaneció en Logroño siguiendo el archivo profesional de Federico Abarca y cualquier dato que permitiera identificar a sus clientes.
Fray Julián seguía despierto.
Sobre una mesa había extendido registros parroquiales y algunas genealogías.
Sebastián los vio antes de que pudiera apartarlos.
—¿Encontraste algo?
Julián negó.
—Nada útil.
—Bien.
—¿Bien?
—Significa que no vamos a construir una historia familiar a partir de medio apellido.
Fray Julián sonrió sin ganas.
—Gracias por la delicadeza.
Irene dejó sus cosas.
—Encontramos a otro investigador.
Julián levantó la cabeza.
Le explicaron lo esencial.
Federico Abarca.
Un encargo privado.
Consultas anteriores a Salcedo.
San Millán, documentación familiar y Nájera.
Un cliente desconocido.
Fray Julián escuchó en silencio.
—Entonces alguien conocía el problema antes de que comenzaran las investigaciones académicas.
—Sí —dijo Sebastián.
—¿Desde cuándo?
—Eso todavía no lo sabemos.
Irene volvió hacia la hoja antigua.
—Podemos comprobar una cosa.
Sebastián entendió.
Las fotografías históricas de la pieza podían mostrar cuándo habían aparecido los puntos de grafito.
No necesitaban tocar nada.
Fray Julián localizó una imagen tomada durante una campaña de documentación anterior a las consultas de Abarca.
La calidad era mediocre.
Pero suficiente.
Irene amplió.
Los puntos no estaban.
Sebastián se inclinó.
—Entonces son posteriores a esta fotografía.
Localizaron después otra imagen tomada años más tarde, una vez concluida la investigación de Abarca.
En ella aparecían dos puntos.
Precisamente los más oscuros.
Uno junto a Martín.
El otro junto a Pedro.
Irene respiró.
—Abarca pudo hacerlos.
Sebastián señaló las fechas.
—Pudo.
Nada permitía atribuirle materialmente las marcas.
Pero habían aparecido dentro del intervalo en que él consultó la pieza.
—¿Y los otros tres? —preguntó Julián.
Buscaron otra fotografía, todavía posterior.
Los cinco estaban presentes.
Entre ambas imágenes habían consultado la hoja Salcedo y Cárdenas, además de otros investigadores.
Irene asintió.