El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 2
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Mauro no quiso llamar a la Fundación Velasco de inmediato.

Sebastián estuvo de acuerdo.

Irene, no.

—¿Qué estamos esperando?

—Saber qué preguntar —respondió Mauro.

—Podemos preguntar por qué solicitaron la hoja.

—Y obtendremos una respuesta general aunque sea verdadera.

Sebastián intervino.

—Primero quiero ver qué otras piezas pidieron.

Irene lo miró.

—¿Para qué?

—Para conocer el criterio de selección.

Si la fundación había solicitado de forma amplia documentación sobre patrimonio riojano, aquella hoja podía haber quedado incluida por casualidad.

Si había seleccionado específicamente relaciones de entrega, responsables o piezas no restituidas, la intención sería distinta.

Fray Julián localizó la solicitud original.

Solo incluía cinco unidades.

La primera era una relación de libros entregados temporalmente.

La segunda, la hoja donde aparecía Martín.

La tercera contenía movimientos de fondos hacia personas o casas externas.

La cuarta remitía a materiales no restituidos.

La quinta pertenecía a una serie completamente diferente.

Irene la señaló.

—Ésa rompe el patrón.

Sebastián leyó.

Era un documento notarial del siglo XIX.

—¿Qué relación tiene?

Julián revisó la descripción.

—Inventario de bienes de una familia particular.

—¿Velasco? —preguntó Mauro.

—No.

Era una familia riojana extinguida en línea directa.

Sebastián siguió leyendo.

Parte de aquel archivo familiar había terminado, mediante ventas y herencias sucesivas, en varias colecciones privadas.

Una de ellas era la colección Velasco.

Irene se reclinó.

—Entonces no parece una solicitud general.

Sebastián tuvo que admitirlo.

—No.

Las cinco piezas encajaban bien dentro de una investigación sobre procedencias.

La fundación parecía haber intentado reconstruir cómo determinados documentos antiguos habían terminado en colecciones particulares.

Eso era perfectamente razonable para una entidad responsable de ordenar una colección histórica.

Pero demostraba que conocían la cuestión.

—¿Quién firmó la solicitud? —preguntó Mauro.

Fray Julián buscó.

—Beatriz Molina.

—¿Quién es?

—Documentalista.

Sebastián reconoció el nombre.

—Ha publicado trabajos serios sobre procedencias de fondos privados.

Irene lo miró.

—¿La conocés?

—Solo por sus trabajos.

Mauro cerró la carpeta.

—Entonces empezamos por ella.

La llamada fue breve.

Beatriz Molina seguía vinculada a la fundación, aunque ya no dirigía su archivo. Aceptó hablar con ellos cuando Mauro explicó que intentaban reconstruir una antigua consulta documental.

Su voz sonó sorprendida, pero no incómoda.

—Claro que recuerdo ese proyecto.

Mauro activó el altavoz con su consentimiento.

—¿Cuál era el objetivo?

—Reconstruir la procedencia de documentos adquiridos por la familia Velasco entre finales del siglo XIX y mediados del XX.

Sebastián tomó la palabra.

—¿Buscaban un manuscrito relacionado con San Millán?

—No al principio.

—¿Después?

Hubo una pausa breve.

—Encontramos una descripción que nos hizo considerar esa posibilidad.

Irene miró a Sebastián.

—¿Una segunda unidad asociada con otro volumen?

La mujer tardó apenas un instante.

—Sí.

Mauro intervino.

—¿Encontraron el manuscrito?

—No.

La respuesta fue firme.

—¿Pudieron demostrar que alguna vez perteneció a la familia Velasco?

—No.

Sebastián preguntó:

—¿Qué encontraron exactamente?

Beatriz explicó que un inventario familiar del siglo XIX registraba un manuscrito sin título claro y de procedencia imprecisa. Algunos elementos de la descripción material presentaban semejanzas con una antigua entrada de San Millán, pero no bastaban para identificarlo.

—¿Qué ocurrió después con ese manuscrito? —preguntó Sebastián.

—Ése era parte del problema. Deja de aparecer en los inventarios familiares posteriores.

Sebastián quedó inmóvil.

—¿También desaparece documentalmente?

—De la colección, sí.

Irene frunció el ceño.

Un volumen dejaba de aparecer en los registros de San Millán.

Siglos después, un manuscrito de características parcialmente compatibles figuraba en una colección privada.

Más tarde, ese segundo rastro también se interrumpía.

—¿Cuándo deja de figurar? —preguntó Sebastián.

Beatriz dio un intervalo aproximado entre finales del siglo XIX y comienzos del XX.

—¿Venta?

—No consta.

—¿Herencia?

—Tampoco.

—¿Donación?

—No que sepamos.

—¿Cambio de descripción?

—Siempre creí que era lo más probable.

Sebastián asintió.

También era la explicación más prudente.

Mauro preguntó:

—¿Quién encargó la investigación hace doce años?

—La fundación.

—¿Leandro Velasco?

—Él aprobó el proyecto.

Irene miró a Mauro.

Sebastián permaneció quieto.

—¿Participó personalmente? —preguntó Mauro.

—No en el trabajo técnico. Pero tenía interés en conocer la historia de la colección familiar.

—¿Sabía de la posible relación con San Millán?

—Sí.

Mauro anotó.

—¿Qué hizo cuando se lo dijeron?

Beatriz respondió sin dudar.

—Nos pidió que no afirmáramos una procedencia que no pudiéramos demostrar.

Sebastián levantó la vista.

Aquello no sonaba a alguien intentando apropiarse de una historia.

Sonaba exactamente a lo que él habría exigido.

—¿Por qué? —preguntó Mauro.

—Porque una atribución equivocada podía perjudicar tanto a la fundación como a San Millán. Leandro fue muy claro.

Beatriz continuó:

—Autorizó consultas, reproducciones y especialistas. Nunca nos pidió demostrar que el manuscrito fuese de la familia. Quería saber qué era.

Por ahora no había nada ilícito en el comportamiento de Velasco.

Al contrario.

Todo encajaba con la imagen de un coleccionista preocupado por la procedencia de sus fondos.

Sebastián preguntó:

—¿Por qué se detuvo la investigación?

—No se detuvo exactamente. Llegamos a un punto donde ya no encontrábamos documentación.

—¿Cuál?

—Probablemente el mismo donde están ustedes.

Sebastián se inclinó.

—¿Martín?

Hubo un silencio.

Pequeño.

Pero perceptible.

—Sí.

Fray Julián se acercó al teléfono.

—¿Martín Orduña?

Beatriz tardó.

—Nunca pudimos demostrar el apellido completo.

Julián bajó la mirada.

Sebastián observó su reacción.

—¿Qué posibilidades manejaban?

—Orduña era una. También Orduño y alguna variante semejante según las copias utilizadas.

Aquello devolvía la incertidumbre que necesitaban.

No había ninguna razón para convertir a Fray Julián en descendiente de aquel hombre a partir de unas pocas letras.

Sebastián preguntó:

—¿Consiguieron entender la indicación funcional junto a su nombre?

—Solo que parecía relacionarse con una entrega para guarda temporal.

—¿Nada más?

—Nada que pudiéramos defender con seguridad.

Eso era importante.

La gran revelación seguía intacta.

Beatriz y su equipo habían llegado lejos.

Pero tampoco habían podido resolver el término exacto ni saber qué ocurrió después de la entrega.

Irene preguntó:

—¿Encontraron Nájera relacionada con Martín?

—No.

—¿Con la segunda unidad?

—Solo de forma indirecta, en documentación posterior.

Sebastián sintió que todos los caminos seguían formando el mismo dibujo.

San Millán.

Una entrega.

Una persona.

Después Nájera.

Pero ningún documento podía unir todavía los cuatro elementos dentro de una misma secuencia demostrable.

Mauro hizo otra pregunta.

—¿Esteban Cárdenas participó en esa investigación?

Beatriz guardó silencio.

—Durante un tiempo.

Sebastián levantó la cabeza.

—¿Como qué?

—Consultor externo.

—¿Desde el principio?

—Sí.

—¿Por qué dejó el proyecto?

—Tuvimos diferencias sobre la interpretación de la procedencia.

Mauro preguntó:

—¿Qué diferencias?

—Esteban estaba convencido de que el manuscrito descrito en el inventario familiar era la segunda unidad de San Millán. Nosotros no creíamos que existieran pruebas suficientes.

Sebastián entendió.

Cárdenas no había llegado a la colección Velasco por casualidad.

Había trabajado dentro de aquel proyecto.

Había visto los inventarios y parte de la documentación familiar.

Y llevaba años intentando demostrar que el manuscrito descrito allí era el volumen desaparecido.

—¿Tuvo acceso a todo el archivo? —preguntó Mauro.

—A lo necesario para su trabajo.

—¿Incluido el inventario del siglo XIX?

—Sí.

—¿Fotografías?

—Sí.

—¿Correspondencia familiar?

—A una parte.

Mauro agradeció la información.

Antes de que terminara la llamada, Beatriz añadió:

—Hay algo más.

—¿Qué? —preguntó Sebastián.

—Después de que Esteban abandonara el proyecto, siguieron llegando solicitudes de información sobre documentos relacionados con San Millán.

Mauro se inclinó.

—¿De quién?

—No lo sabemos.

—¿Cómo podían no saberlo?

—Llegaban a través de intermediarios. Investigadores, académicos y en algunos casos anticuarios que preguntaban por descripciones muy concretas.

Sebastián sintió una inquietud distinta.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Años.

—¿Cuándo fue la última?

Beatriz hizo memoria.

—Hace unos seis meses.

Mauro anotó.

—¿Qué querían?

—La misma descripción.

—¿Cuál?

—El manuscrito del siglo XIX que podía guardar relación con la segunda unidad.

La llamada terminó pocos minutos después.

Mauro dejó el teléfono sobre la mesa.

—Entonces alguien más seguía buscándolo.

Sebastián miró la hoja antigua.

—Sí.

Y no necesitaba volver a San Millán.

Ya sabía qué referencias debía pedir.