CAPÍTULO 15 Alguien había llegado antes
BLOQUE 1
La hoja no había sido descubierta por ellos.
Eso fue lo primero que comprendió Sebastián cuando Irene señaló las marcas.
No pertenecían al texto antiguo ni a las anotaciones posteriores que habían empezado a distinguir por la forma de la escritura y las diferencias de tinta. Eran mucho más recientes.
Pequeños puntos de grafito aparecían junto a determinadas entradas, tan discretos que podían confundirse con suciedad adherida al papel o con simples irregularidades de la superficie.
Uno estaba al lado del volumen que buscaban.
Otro, junto al nombre parcialmente legible de Martín.
Un tercero coincidía con la abreviatura funcional cuya lectura todavía no habían conseguido completar.
Irene mantuvo la iluminación baja.
—Esto no es antiguo.
Sebastián se inclinó.
—No.
—¿Cuánto?
—Eso te corresponde a vos.
—Gracias por recordarme mi trabajo.
Mauro observaba desde detrás.
—¿Alguien marcó la hoja?
Irene asintió.
—Sí.
—¿Recientemente?
—Recientemente comparado con el documento. Pueden ser diez años o cincuenta. Mirándolo así no puedo precisar más.
Fray Julián permanecía junto a la mesa, todavía incómodo por la posibilidad de que el apellido incompleto situado junto a Martín pudiera ser Orduña.
Sebastián hizo un esfuerzo deliberado por mantener ambas cuestiones separadas.
La eventual relación familiar con Julián era una línea.
Las marcas modernas constituían otra.
Y aquella segunda línea podía resultar mucho más urgente.
—¿Cuántas hay? —preguntó.
Irene recorrió la superficie sin tocarla.
Encontró cinco.
La última aparecía junto a una entrada diferente, en principio ajena al volumen desaparecido.
Sebastián tomó nota.
—Necesitamos saber qué comparte esa entrada con la nuestra.
Fray Julián comenzó a leer.
—Es otro volumen entregado temporalmente.
—¿Consta su regreso?
Julián observó la anotación posterior.
—Sí. Éste volvió.
Irene miró a Sebastián.
—Entonces quien hizo las marcas no estaba señalando únicamente documentos que no regresaron.
—No.
Sebastián se acercó al nombre asociado con aquella entrega.
Solo se conservaba parcialmente:
Pedro de Val...
—¿Valverde? —preguntó Julián.
—Puede ser.
Irene miró las letras.
—¿Velasco?
Sebastián levantó inmediatamente la vista.
—No.
—¿No qué?
—No vamos a completar un apellido porque ayer apareció una colección Velasco.
—Empieza por Val.
—También empiezan así muchos otros apellidos.
Mauro sonrió apenas.
—Empiezo a entender cómo trabajan ustedes.
—Con dificultad —respondió Irene.
Sebastián siguió estudiando la entrada.
Pedro había recibido un volumen y, posteriormente, figuraba su devolución.
Si alguien había marcado aquella línea y también la correspondiente a Martín, quizá no estuviera siguiendo pérdidas.
Podía estar siguiendo personas.
O, con mayor precisión, una determinada modalidad de entrega.
—Mirá la abreviatura —dijo.
Irene se acercó.
Junto al nombre de Pedro aparecía una fórmula semejante a la que acompañaba a Martín.
No era idéntica, pero pertenecía claramente al mismo tipo de anotación administrativa.
Sebastián comparó ambas.
En la entrada de Pedro, la expresión se conservaba mejor y permitía comprender su sentido general: el libro había sido puesto bajo su guarda con obligación de devolverlo.
Mauro señaló las dos líneas.
—¿Eso confirma qué función tenía Martín?
—No la palabra exacta —respondió Sebastián—. Pero hace mucho más probable que ambas anotaciones describan el mismo tipo de responsabilidad.
Irene observó los puntos de grafito.
—Entonces alguien marcó precisamente entradas donde los libros fueron entregados personalmente para ser conservados.
—Eso parece.
Mauro formuló la pregunta inevitable.
—¿Quién?
Nadie respondió.
La hoja había sido manipulada durante décadas por archiveros, restauradores, investigadores y personal técnico.
Cualquiera podía haber realizado aquellas pequeñas marcas.
—¿Hay registro de consultas? —preguntó Mauro.
Fray Julián asintió.
—Desde que recibió la clasificación actual, sí.
—Quiero saber quiénes pidieron esta pieza.
Sebastián lo miró.
—Pueden ser muchos.
—Entonces tendremos muchos nombres.
Julián salió a buscar la documentación.
Irene continuó examinando el grafito.
—Hay otra cosa.
Sebastián se acercó.
—¿Qué?
—No todos los puntos tienen el mismo aspecto.
Dos eran más oscuros.
Los otros tres apenas se distinguían.
—¿Dos intervenciones? —preguntó Sebastián.
—Puede ser. O la misma persona en momentos diferentes.
—¿Cuáles son los más oscuros?
Irene señaló.
Uno estaba junto a Martín.
El otro junto a Pedro.
Mauro preguntó:
—¿Puede saberse cuáles se hicieron primero?
—No únicamente por su intensidad.
Sebastián volvió al nombre incompleto:
Martín Or...
Después aparecía la abreviatura funcional y una fecha.
La procedencia demostrable terminaba allí.
Pero mucho tiempo después alguien había alcanzado exactamente el mismo punto y lo había marcado.
No sabían quién ni por qué.
Sin embargo, aquel pequeño punto de grafito demostraba algo importante.
La hoja no había permanecido olvidada hasta que ellos la encontraron.
Alguien antes que ellos había entendido que esa entrada merecía atención.
Fray Julián regresó con una carpeta.
—Éstos son los registros conservados.
Mauro la abrió.
—¿Cuántos usuarios?
—Treinta y dos.
Irene sonrió sin entusiasmo.
—Muy manejable.
Sebastián revisó la lista.
Había especialistas, investigadores universitarios, restauradores y algunos estudiosos extranjeros.
También había tres nombres que ya conocían.
Ángel Salcedo.
Esteban Cárdenas.
Álvaro Riaño.
Mauro levantó la vista.
—Los tres consultaron esta hoja.
—Sí.
—¿Montalvo?
Fray Julián revisó.
—No figura.
Sebastián comprobó las fechas.
Salcedo había trabajado con ella hacía más de veinte años.
Cárdenas llegó después.
Riaño la consultó mucho más recientemente.
—Entonces cualquiera de ellos pudo hacer los puntos —dijo Irene.
—O ninguno —respondió Sebastián.
Mauro señaló otra columna.
—¿Esto qué significa?
—Solicitud de reproducción —explicó Julián.
—¿Quién pidió copias?
Había cuatro nombres.
Ángel Salcedo.
Esteban Cárdenas.
Una investigadora que ninguno conocía.
Y una entidad privada.
Sebastián acercó la lista.
—¿Cuál?
Fray Julián leyó:
Fundación Patrimonio Velasco.
Nadie habló durante unos segundos.
Mauro subrayó el nombre.
—¿Cuándo?
La solicitud se había realizado doce años atrás.
Mucho antes de que Riaño llegara a sus conclusiones.
—¿Qué solicitaron exactamente? —preguntó Mauro.
—Reproducciones de varias hojas de esta serie.
—¿Ésta estaba incluida?
Fray Julián comprobó.
—Sí.
Irene apoyó una mano sobre la mesa.
—Entonces la Fundación Velasco conocía este documento.
Sebastián corrigió:
—La fundación pidió una reproducción.
—De una hoja donde aparece Martín.
—Sí.
—Y la segunda unidad.
—Sí.
—Entonces alguien vinculado con esa investigación pudo saber que existía.
Sebastián tardó.
—Sí.
Era la primera vez que el vínculo adquiría suficiente precisión como para no poder rebajarlo a una mera coincidencia.
Eso todavía no situaba a Leandro Velasco dentro de la investigación de manera personal.
Una fundación dedicada al patrimonio podía solicitar documentos para reconstruir procedencias por razones completamente legítimas.
Pero ya no estaban hablando de una vaga mención en un inventario familiar.
La Fundación Patrimonio Velasco había consultado directamente una hoja de San Millán donde figuraba la segunda unidad.
Alguien había llegado antes.
Mucho antes que ellos.