El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 3
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BLOQUE 3

La hoja completa apareció en el ordenador de Riaño.

No físicamente.

Como archivo fotográfico.

Clara autorizó a Mauro a revisar la carpeta de trabajo relacionada con San Millán. El archivo digital estaba organizado con una precisión que contrastaba con la imagen de los papeles dispersos sobre el suelo de la habitación.

Sebastián observó las carpetas ordenadas por años y fondos.

—Riaño no parecía alguien que perdiera material con facilidad.

Mauro lo miró.

—La gente ordenada también pierde cosas.

—Sí.

—Y también cuadernos.

—Sí.

—No convierta un hábito en evidencia.

Sebastián asintió.

Irene sonrió.

—Ahora sabés lo que se siente.

Encontraron el archivo que buscaban dentro de una carpeta titulada:

SALIDAS NO CERRADAS

Había varias versiones de la tabla, actualizadas durante meses.

La más reciente correspondía al día anterior a la muerte de Riaño.

Mauro abrió una copia.

La disposición coincidía exactamente con el fragmento.

—Ahí está —dijo.

Sebastián se inclinó.

Había veintisiete filas.

Algunas estaban completas.

Otras contenían interrogaciones.

Una aparecía resaltada.

Fila 19.

Destino:

Nájera

Retorno:

sin constancia

Fuente:

una referencia abreviada.

Sebastián siguió hasta la primera columna.

Allí estaba la identificación:

Vol. asociado a entrada emilianense. Unidad II.

Irene dejó de moverse.

—Es el nuestro.

Sebastián no respondió enseguida.

La relación era muy fuerte.

Riaño había identificado aquella fila con la segunda unidad que ellos seguían desde el hallazgo del pergamino.

—Es la identificación que hizo Riaño.

—Y coincide con la nuestra.

—Sí.

Mauro señaló la abreviatura de la última columna.

—¿Qué significa esto?

Sebastián no la reconoció.

Fray Julián tampoco.

Riaño había empleado un código propio.

Buscaron entre sus notas hasta encontrar una hoja de equivalencias.

La referencia correspondía a:

Relación parcial de bienes remitidos. Copia del siglo XIX de documento anterior.

Sebastián sintió una descarga inmediata.

—La unidad documental que no aparece en el archivo.

Mauro lo miró.

—¿Seguro?

—La descripción coincide.

Irene siguió la fila.

Riaño había añadido una nota:

Salida comprobable. Destino todavía dudoso.

Mauro señaló la palabra Nájera.

—Entonces ¿por qué escribió esto si todavía dudaba?

Sebastián abrió una versión anterior de la tabla.

En la fila 19 no aparecía Nájera como certeza.

Decía:

¿Nájera?

En la versión más reciente, el signo de interrogación había desaparecido.

Irene quedó inmóvil.

—Encontró algo ese último día.

—Eso parece.

Mauro abrió los metadatos.

La tabla había sido modificada esa misma noche.

Poco después de la llamada a Clara.

Sebastián miró la hora.

—Después de decirle que había encontrado la prueba.

—Sí.

Fray Julián detectó otra diferencia entre ambas versiones.

La columna de retorno también había cambiado.

Antes decía:

sin constancia

Después:

no regresó

Sebastián sintió que el centro del problema se estrechaba.

Riaño había pasado de una ausencia documental a una conclusión afirmativa.

Ya no sostenía solamente que el volumen había salido.

Había llegado a convencerse de que tampoco había regresado al fondo original.

—¿Qué encontró para modificar las dos columnas? —preguntó Irene.

Sebastián abrió los archivos creados aquel día.

Había uno dedicado a la relación de entregas.

Otro correspondía a una copia notarial posterior.

El tercero llevaba por título:

ÍNDICE DEFINITIVO

Lo abrió.

Era otra tabla.

Mucho mayor.

No contenía veintisiete filas.

Tenía cincuenta y tres.

Mauro frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

Sebastián comenzó a revisar.

Riaño había ampliado la investigación y ya no trabajaba únicamente sobre aquel período.

Había reunido documentos desplazados en momentos históricos diferentes. Cada fila incluía procedencia, movimiento conocido, posible destino y eventual retorno.

Muchos casos estaban resueltos.

Otros no.

Fray Julián observó la pantalla.

—Estaba reconstruyendo una historia completa de movimientos documentales.

—Sí.

Sebastián avanzó.

Había piezas que regresaban décadas después.

Otras reaparecían integradas en fondos diferentes.

Algunas continuaban sin localizar.

La fila correspondiente al segundo volumen estaba marcada.

Pero no era la única.

Había más con la misma anotación:

no regresó

Irene contó.

—Nueve.

Sebastián revisó.

Nueve documentos para los que Riaño consideraba tener evidencia suficiente de una salida sin retorno al fondo original.

Eso no significaba que estuvieran perdidos.

En algunos casos existían destinos posteriores conocidos.

En otros, la trayectoria seguía incompleta.

Mauro señaló la tabla.

—¿Esto es importante?

Sebastián tardó un momento.

—Mucho.

—¿Por qué?

Irene comprendió antes de que él respondiera.

—Porque el segundo volumen no salió solo.

Sebastián asintió.

—Exactamente.

Aquella unidad ya no parecía una anomalía aislada.

Formaba parte de una historia más amplia de movimientos documentales.

Algunos habían sido temporales.

Otros terminaron siendo permanentes.

Unos estaban perfectamente registrados.

En otros casos, la información sobrevivía únicamente mediante copias, anotaciones posteriores o referencias indirectas.

Fray Julián se sentó.

—Entonces quizá nadie intentó hacerlo desaparecer.

Sebastián miró la tabla.

—No podemos saberlo todavía.

Pero existía una explicación mucho más sencilla.

El volumen podía haber salido dentro de una práctica normal de protección, depósito o traslado.

Después no había regresado.

La desaparición de los inventarios había llegado más tarde, cuando su ausencia terminó normalizándose.

Mauro volvió a la fila 19.

—¿Qué hizo Riaño después de actualizar esto?

Sebastián buscó los archivos modificados durante la misma franja horaria.

Había una fotografía.

No correspondía a la unidad documental ausente.

Era una página fotografiada con un teléfono, de calidad mediocre, perteneciente a un texto antiguo.

En el margen inferior Riaño había marcado digitalmente una frase.

Sebastián amplió.

Los remitidos en la primera entrega fueron restituidos salvo los relacionados en hoja aparte.

Irene se acercó.

—Hoja aparte.

Sebastián asintió.

—Puede ser la relación que estaba buscando.

—¿La de los que no regresaron?

—Es una posibilidad.

Mauro miró el archivo.

—¿Tenemos esa hoja?

Fray Julián negó.

Sebastián comprobó la procedencia de la fotografía.

Riaño había anotado una referencia correspondiente a un cuaderno de copias.

No pertenecía al fondo que venían revisando.

—¿Dónde está?

Julián reconoció la abreviatura.

—En una colección documental de La Rioja.

—¿En Nájera? —preguntó Mauro.

—No. En Logroño.

Mauro tomó nota.

—Entonces iremos allí.

Sebastián continuó mirando la frase.

—Todavía no.

Mauro levantó la vista.

—¿Por qué?

—Porque Riaño ya vio esto. Si después cambió ¿Nájera? por Nájera y sin constancia por no regresó, tuvo que encontrar algo más.

Irene ordenó los archivos por hora.

Después de la fotografía aparecía una nota de texto creada treinta y ocho minutos antes de la llamada a Clara.

Solo contenía cuatro líneas:

La lista no enumera destinos.

Enumera responsables.

Los documentos no fueron entregados a lugares.

Fueron entregados a personas.

Sebastián permaneció inmóvil.

Fray Julián se inclinó hacia la pantalla.

Aquellas frases conectaban directamente con la conclusión a la que Cárdenas había llegado muchos años antes.

No buscar solamente lugares.

Seguir a las personas que habían recibido temporalmente los documentos.

Mauro miró a Sebastián.

—¿Qué cambia eso?

Sebastián respondió:

—Mucho. Si los documentos eran confiados a responsables concretos, el nombre de un lugar puede señalar dónde actuaba esa persona en ese momento, no necesariamente el destino final del manuscrito.

—Entonces Nájera puede no ser el final de la ruta.

—Exactamente.

Irene volvió a la fila 19.

—Puede ser una etapa.

Sebastián asintió.

Eso explicaría por qué Cárdenas y quienes habían investigado antes que él terminaban una y otra vez en Nájera sin encontrar el manuscrito.

Habían tratado el lugar como destino.

Riaño empezaba a comprender que quizá fuera simplemente el punto donde alguien lo había recibido.

Mauro observó la nota.

—¿Quién?

Sebastián buscó un archivo posterior.

No había ninguno.

La secuencia terminaba allí.

Riaño había escrito que la lista enumeraba responsables.

Poco después llamó a su hija para decirle que había encontrado la prueba que llevaba años buscando.

A la mañana siguiente apareció muerto.

Y el cuaderno negro donde anotaba aquello que todavía no trasladaba al ordenador seguía sin aparecer.

Mauro cerró la carpeta digital.

—Desde ahora nadie trabaja solo con documentación relacionada con esto.

Sebastián levantó la mirada.

—No sabemos que la muerte de Riaño tenga relación.

—Correcto.

—Entonces no veo por qué...

Mauro lo interrumpió.

—Tenemos un investigador muerto, una unidad de archivo que no aparece, parte de una hoja rasgada encontrada en su mano y un cuaderno personal que falta. No necesito decidir cómo murió para evitar que alguien vuelva a quedarse solo mientras revisa documentos vinculados con la misma investigación.

Irene no discutió.

Fray Julián tampoco.

Sebastián terminó aceptando.

Mauro regresó a la gran tabla.

—¿Cómo llamó Riaño a esto?

Sebastián miró el nombre del archivo.

ÍNDICE DEFINITIVO

Pero dentro del documento había otro título.

Uno mucho más preciso.

Lo leyó en voz alta:

—Documentos que salieron y nunca regresaron.

Nueve entradas estaban marcadas.

Entre ellas figuraba la segunda unidad.

El volumen que habían empezado a perseguir desde una tira de pergamino oculta en una encuadernación ya no era una ausencia aislada.

Formaba parte de una lista.

Y Sebastián comprendió que la pregunta había cambiado de nuevo.

Ya no bastaba con averiguar por qué aquel volumen había desaparecido de los inventarios.

Debían reconstruir el sistema práctico mediante el cual, en momentos distintos, determinados documentos habían sido confiados a personas para alejarlos temporalmente de su lugar de origen.

No hacía falta una orden secreta.

Ni una organización que hubiera atravesado los siglos.

Bastaban decisiones humanas tomadas cuando conservar un libro podía depender de encontrar a alguien dispuesto a recibirlo y protegerlo.

Con el tiempo, algunos regresaron.

Otros terminaron incorporados a fondos diferentes.

De unos pocos solo había quedado el rastro de la entrega.

Riaño había llegado hasta ese punto antes que ellos.

Y en las últimas horas de su vida había descubierto que, para seguir el segundo volumen, ya no debía buscar únicamente un lugar.

Tenía que encontrar a la persona que lo había recibido.