BLOQUE 3
La revisión de las imágenes oficiales cambió el rumbo de la conversación.
Mauro no les permitió acceder al conjunto completo.
Solo les mostró una fotografía concreta, después de confirmar que podía hacerlo sin interferir con ninguna actuación.
Colocó el teléfono sobre la mesa.
—Miren.
La imagen mostraba la habitación tal como Fray Julián la había encontrado.
Riaño no aparecía en el encuadre que Mauro había seleccionado.
Sí se veía el suelo.
Y sobre él había numerosos papeles.
Irene se acercó.
Sebastián observó en silencio.
Se distinguían hojas impresas, varias reproducciones, una carpeta abierta y una hoja de gran formato ligeramente doblada.
—La tabla —dijo Julián.
Mauro asintió.
Sebastián pidió ampliar.
La resolución permitía reconocer columnas, aunque no leer completamente el contenido.
—Eso parece una reconstrucción cronológica —dijo.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Mauro.
—Por la estructura. Hay columnas para fechas, fuentes, entradas y observaciones.
Irene miró.
—Se parece bastante a la que hicimos nosotros.
—Sí.
Mauro aumentó la imagen.
Una de las filas aparecía subrayada.
Al costado había una anotación manuscrita.
Era demasiado pequeña.
—¿Puede leerse mejor en la fotografía original? —preguntó Sebastián.
—Sí.
—Necesito saber qué dice.
Mauro lo miró.
—Primero necesito saber por qué.
—Porque puede ser la conclusión que Riaño llamó su prueba.
Mauro permaneció unos segundos en silencio.
Después abrió el archivo original y amplió únicamente aquella zona.
La escritura comenzó a definirse.
Irene leyó primero.
—“No desaparece acá”.
Sebastián se acercó.
Sí.
Eso decía.
Debajo había otra frase:
Ya había salido.
Nadie habló.
Mauro miró a Sebastián.
—¿Qué significa?
Sebastián señaló la tabla.
—Que Riaño llegó a la misma transición que nosotros, pero la interpretó de otra manera. Nosotros estábamos siguiendo el momento en que el segundo volumen deja de aparecer en los inventarios. Él concluyó que, cuando eso ocurrió, el volumen ya había salido de San Millán.
—¿Y por qué importa?
—Porque cambia dónde tenemos que buscar la explicación. La desaparición del inventario sería una consecuencia, no el momento de salida.
Irene señaló otra fila.
—Acá hay algo.
La fecha parecía corresponder al período que venían relacionando con el traslado.
Una parte de la anotación estaba oculta por otra hoja.
Mauro abrió una segunda fotografía tomada desde un ángulo diferente.
La frase apareció:
Salida previa. Ver relación de entregas.
Sebastián sintió una descarga inmediata.
—Ésa es la pieza que ahora falta.
Mauro lo miró.
—¿Cuál?
—La relación que Riaño consultó el día anterior a morir. La copia sobre entrega y recepción de bienes librarios.
Mauro regresó a la fotografía.
—¿Podemos identificarla entre estos papeles?
Sebastián examinó cada hoja visible.
Irene hizo lo mismo.
—No —dijo ella—. Al menos no acá.
Mauro amplió otros sectores.
Tampoco apareció.
—Podía estar dentro de la carpeta —dijo Irene.
—O no haber estado nunca en la habitación —respondió Mauro.
Sebastián asintió.
No podían completar lo que las fotografías no mostraban.
Mauro pasó a otra imagen.
En el borde del escritorio se veía un sobre abierto.
Sebastián lo señaló.
—¿Qué es eso?
—No lo sé.
La fotografía permitía leer una palabra escrita a mano:
Entregas.
Irene levantó la mirada.
Mauro amplió la zona.
El sobre estaba vacío.
—¿Lo encontraron así? —preguntó Sebastián.
—Eso muestran las fotografías.
—¿Qué ocurrió con el sobre?
Mauro consultó el inventario de efectos.
—Fue recogido junto con los papeles de Riaño.
—¿Lo tiene la familia?
—Debería.
—Entonces el contenido podía haberse separado.
—O el sobre podía llevar vacío mucho tiempo.
Sebastián asintió.
Otra vez había que resistir la explicación más atractiva.
Mauro observó el conjunto.
—Ahora entiendo mejor por qué me llamaron.
Irene apoyó una mano sobre la mesa.
—¿Sigue pensando que la muerte y el manuscrito no tienen relación?
Mauro no respondió de manera directa.
—Pienso que ya tengo suficientes coincidencias para revisar la muerte con más atención.
Sebastián permaneció quieto.
Ese era exactamente el punto correcto.
No una acusación.
No una conclusión anticipada.
Una revisión.
Mauro guardó el teléfono.
—Voy a pedir el informe médico completo y una relación exacta de los efectos personales. También quiero revisar el teléfono de Riaño por la vía que corresponda, con autorización de la familia si es suficiente.
Fray Julián asintió.
Sebastián preguntó:
—¿Y la unidad documental ausente?
Mauro lo miró.
—Eso ya forma parte de mi trabajo.
La forma en que lo dijo no fue arrogante.
Fue definitiva.
—Desde ahora cualquier consulta de cajas relacionadas con esa unidad queda registrada.
Fray Julián asintió.
—De acuerdo.
Mauro miró a Irene.
—El fragmento de pergamino tampoco se mueve.
—Ya estaba bajo control de conservación.
—Ahora además quiero trazabilidad completa de todas las personas que lo manipularon desde que apareció.
Irene frunció el ceño.
—¿Sospecha de nosotros?
—No sospecho de nadie.
Sebastián lo miró.
—Eso suele significar que todavía no descarta a nadie.
Mauro sostuvo su mirada.
—Significa que quiero hechos.
Sebastián no discutió.
En otro contexto, él mismo habría dicho algo parecido.
Mauro recogió sus papeles.
—Una cosa más.
Miró a Fray Julián.
—Cuando encontró a Riaño, ¿tenía algo en la mano?
El monje tardó demasiado en responder.
—Sí.
Sebastián se volvió.
Mauro quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Un trozo de papel.
La sala quedó en silencio.
Irene preguntó:
—¿Pudo leerlo?
—No.
—¿Dónde está ahora?
Mauro consultó el inventario.
Había una referencia:
Fragmento de papel sin contenido identificable.
—Está conservado entre los elementos documentados durante la actuación.
Sebastián sintió que el pulso se le aceleraba.
—¿Puede verlo?
—Sí.
—¿Ahora?
Mauro negó.
—Primero quiero asegurarme de que se trata del mismo fragmento que recuerda Fray Julián.
—¿Qué podría ser?
—Un trozo arrancado de cualquier papel.
Irene preguntó:
—¿Tenía tinta?
Mauro volvió a la descripción.
—Sí.
—Entonces había algo escrito.
—La nota dice que no resultaba legible a simple vista.
Sebastián e Irene se miraron.
Mauro lo notó.
—¿Qué?
Irene respondió:
—Llevamos varios días trabajando con escritura que apenas podía verse a simple vista.
Mauro guardó silencio.
Tomó el teléfono y realizó una llamada breve.
Pidió que localizaran el fragmento, confirmó una referencia y colgó.
—Lo traen mañana.
Sebastián regresó a la fotografía de los papeles dispersos.
Riaño había muerto en medio de una investigación que todavía estaba abierta.
En el suelo había quedado una tabla donde había escrito que el volumen ya había salido antes de desaparecer de los inventarios.
Sobre el escritorio había un sobre marcado Entregas.
La unidad documental que había consultado el día anterior no estaba ahora en su ubicación.
Su cuaderno personal tampoco había aparecido.
Y en la mano le habían encontrado un trozo de papel escrito cuyo contenido nadie había podido leer.
Aquel conjunto de hechos ya justificaba mirar la escena de otra manera.
Todavía no permitía unirlo todo.
Mauro Cebrián acababa de establecer precisamente esa diferencia.
Había convertido una serie de coincidencias en elementos verificables de una investigación.
Y entre todos ellos quedaba un hombre muerto que había reunido durante años documentos para demostrar que un libro desaparecido de los inventarios había salido de San Millán mucho antes de que su ausencia dejara de sorprender a nadie.