El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 2
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BLOQUE 2

Mauro entró solo en la habitación de Riaño.

Sebastián quiso acompañarlo.

No se lo permitió.

—Usted ya estuvo adentro.

—Sí.

—Entonces espere afuera.

Irene cruzó los brazos.

—¿También yo?

—También.

Fray Julián permaneció con ellos en el pasillo.

Mauro cerró la puerta.

Pasaron casi veinte minutos sin que escucharan nada.

Sebastián comenzó a caminar.

Irene lo observó.

—No sabía que eras capaz de ponerte nervioso.

—No estoy nervioso.

—Estás recorriendo el mismo pasillo por sexta vez.

—Estoy pensando.

—Con los pies.

Fray Julián sonrió apenas.

La puerta se abrió.

Mauro salió.

—Necesito la llave.

Julián se la entregó.

—¿Para qué?

—Quiero comprobar la cerradura desde afuera.

Mauro cerró la puerta, probó el mecanismo y verificó el pestillo antes de regresar al interior.

Cinco minutos después volvió a salir.

—¿Quién limpió la habitación?

Fray Julián le dio dos nombres.

Mauro los anotó.

—Quiero hablar con ambos.

Irene preguntó:

—¿Encontró algo?

—Encontré una habitación que fue limpiada después de una muerte.

—Eso ya lo sabíamos.

—Entonces avanzamos rápido.

Sebastián reconoció el tono.

Mauro continuó:

—La puerta no tiene nada especial. No hacía falta forzarla. Cualquiera con acceso normal al edificio podía abrirla.

—Eso amplía mucho las posibilidades —dijo Sebastián.

—Si algún día necesitamos hablar de posibilidades, sí.

Irene señaló hacia el interior.

—Debajo del escritorio encontramos una marca de adhesivo.

Mauro la miró.

—¿La tocaron?

—No.

—Bien.

Volvió a entrar.

Esta vez Irene tuvo que contener una sonrisa.

Cuando salió, llevaba una fotografía en el teléfono.

—La marca está ahí.

—¿Importa? —preguntó Sebastián.

—Todavía no lo sé.

—¿Puede analizarse?

Mauro lo miró.

—Ahora sí está intentando hacer mi trabajo.

Sebastián guardó silencio.

—La voy a documentar. Si se necesita algo más, se hará.

Irene preguntó:

—¿Puede comprobar si la marca ya estaba cuando encontraron a Riaño?

—Con las fotografías.

—¿Va a revisarlas?

—Sí.

Eso era lo que necesitaban.

Regresaron a la sala de conservación.

Mauro pidió únicamente el material relacionado con Riaño y dejó aparte todo aquello que correspondía exclusivamente al manuscrito.

Sebastián organizó los documentos.

El registro de consultas.

Las notas tomadas durante la conversación con Clara.

La correspondencia con Cárdenas.

Las fechas.

Mauro construyó una línea temporal.

—Última consulta de la unidad ausente: el día anterior a la muerte.

—Sí.

—Última llamada conocida a la hija: esa noche.

—Sí.

—Durante esa llamada dice haber encontrado una prueba.

—Sí.

—También dice que debía reunirse con alguien por la mañana.

—Sí.

—No conocemos a esa persona.

—No.

Mauro escribió algo.

—Y muere antes de la reunión.

Irene intervino.

—O después.

Mauro levantó la cabeza.

—Explíquese.

—No sabemos a qué hora era la reunión.

Mauro asintió.

—Correcto.

Corrigió la anotación.

Sebastián sintió el peso de aquella pequeña precisión.

Todos habían asumido que Riaño había muerto antes de encontrarse con esa persona.

No tenían ninguna prueba de ello.

—¿Hora estimada de muerte? —preguntó.

Mauro cerró la carpeta.

—Cuando tenga el informe médico.

—¿Puede permitir saber si llegó a reunirse con alguien?

—Puede ayudar.

Fray Julián estaba sentado algo apartado.

—Yo lo encontré alrededor de las ocho y media.

Mauro se volvió hacia él.

—¿Cuándo lo vio con vida por última vez?

—La tarde anterior.

—¿A qué hora?

Julián pensó.

—Cerca de las siete.

—¿Estaba solo?

—Sí.

—¿Hablaron?

—Un momento.

—¿Sobre qué?

—Sobre documentación que quería consultar al día siguiente.

Mauro dejó de escribir.

—¿Cuál?

Fray Julián intentó recordar.

—No me dio una signatura. Dijo que quería ver una relación complementaria.

Sebastián se inclinó.

—¿Complementaria a qué?

Mauro levantó una mano.

—Déjeme preguntar.

Sebastián se calló.

—¿Dijo algo más? —continuó Mauro.

Julián tardó.

—Sí.

—¿Qué?

—Me preguntó si alguna vez había encontrado el nombre de Álvaro Riaño en documentación antigua.

Mauro frunció el ceño.

—Él era Álvaro Riaño.

Julián negó.

—Hablaba de otro.

Sebastián lo miró.

—¿No nos dijiste eso?

—No sabía si tenía importancia.

Mauro mantuvo la atención en el monje.

—¿Le preguntó si era un familiar?

—No.

—¿Un investigador anterior?

—Tampoco.

—¿Qué dijo exactamente?

Fray Julián cerró los ojos un instante.

—Me preguntó: “¿Alguna vez encontró este nombre en documentación vieja?”. Después me mostró una fotografía en el teléfono.

Irene se inclinó.

—¿De un documento?

—Sí.

—¿Qué tipo?

—No pude verlo bien.

Mauro continuó.

—¿Reconoció el nombre?

—No.

—¿Era exactamente igual al suyo?

—Sí.

—¿Qué hizo después?

—Dijo que no importaba.

Sebastián sintió que acababa de abrirse otra línea documental.

—¿El teléfono de Riaño está conservado?

Mauro lo miró.

—Lo tiene la familia.

—Entonces la fotografía puede seguir ahí.

—Puede.

Mauro anotó.

—No intenten buscarla ustedes.

—No pensaba hacerlo —dijo Sebastián.

Irene lo miró.

Mauro la vio.

—Él sí.

Sebastián no respondió.

La coincidencia podía tener explicaciones sencillas. Un antepasado. Otra persona sin relación alguna. Un homónimo.

Pero Riaño había encontrado aquel nombre justo antes de morir y había considerado importante preguntar por él.

Irene intervino:

—¿La documentación que mostró parecía antigua?

Fray Julián negó.

—No sabría fecharla. Era una reproducción y creo que mostraba papel, no pergamino.

Mauro hizo otra anotación.

—Queda pendiente.

Después miró nuevamente a Julián.

—Cuando encontró a Riaño, ¿qué papeles había en el suelo?

El monje palideció apenas.

—No sabría describirlos todos.

—Dígame lo que recuerde.

Julián respiró.

—Había hojas impresas, reproducciones, una carpeta abierta y varias fotografías.

—¿Alguna imagen de manuscritos?

—Sí. Creo que sí.

—¿Algo más?

Julián hizo memoria.

—Una hoja grande.

Mauro levantó la vista.

—¿Qué había en ella?

—Una tabla.

Sebastián sintió interés.

—¿Un inventario?

Mauro volvió a indicarle que esperara.

Fray Julián respondió:

—Podría ser, aunque no la miré con suficiente detalle.

—¿Dónde estaba?

—Cerca de su mano.

Mauro permaneció quieto.

—¿La tocó?

—No.

—¿Sabe qué ocurrió con ella después?

—No.

Mauro cerró la carpeta.

—Eso quiero verlo en las fotografías.