El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) CAPÍTULO 11 Muerte junto a los papeles dispersos
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CAPÍTULO 11 Muerte junto a los papeles dispersos

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Mauro Cebrián llegó a San Millán poco después de las siete de la tarde.

No parecía tener prisa, pero tampoco daba la impresión de ser un hombre dispuesto a perder tiempo.

Sebastián lo identificó antes de que Fray Julián pronunciara su nombre. No porque lo hubiera visto anteriormente, sino por la forma en que entró en la sala: primero observó las puertas, después las mesas y solo entonces prestó atención a quienes estaban allí.

Era una manera de mirar muy distinta de la de un académico.

Fray Julián hizo las presentaciones.

—Mauro Cebrián. Investigación de delitos contra el patrimonio histórico.

Mauro estrechó primero la mano de Sebastián y después la de Irene.

—¿Quién encontró el fragmento?

—Yo —respondió Irene.

—¿Quién llevaba la investigación histórica?

Sebastián contestó:

—Los dos.

Mauro lo miró.

—Eso no fue lo que pregunté.

Irene intervino antes de que Sebastián respondiera.

—Él se ocupa de la parte paleográfica y documental. Yo, de la material y de conservación.

Mauro asintió.

—Mejor.

Sebastián comprendió enseguida que aquel hombre no había ido hasta allí impresionado por la posibilidad de un códice perdido.

Eso le gustó.

—Fray Julián me explicó lo básico —dijo Mauro—. Un investigador fallecido, una unidad documental que ahora no aparece y un cuaderno personal que la familia tampoco encontró.

—Y una investigación sobre un volumen desaparecido —añadió Irene.

Mauro la miró.

—Eso puede ser importante para ustedes. Para mí todavía no sé si lo es.

Sebastián cruzó los brazos.

—Entonces, ¿por qué vino?

—Porque una pieza que figuraba en un archivo ya no está donde debería y el último usuario registrado murió al día siguiente de consultarla. Eso sí me interesa.

La respuesta bastó.

Mauro dejó una carpeta sobre la mesa.

—Quiero separar los problemas antes de que ustedes los conviertan en uno solo.

Señaló el códice.

—El fragmento.

Después indicó la documentación extendida sobre la mesa.

—La pieza archivística que falta.

Por último, miró hacia la puerta.

—Y la muerte de Riaño.

Sebastián asintió.

—Tres asuntos distintos.

—Por ahora, sí.

Irene lo observó.

—¿Y si terminan siendo el mismo?

Mauro se encogió apenas de hombros.

—Entonces habrá tiempo de unirlos cuando existan motivos.

Sebastián sintió una simpatía inmediata que decidió no mostrar.

—¿Qué sabe de la muerte?

Mauro abrió la carpeta.

—Lo suficiente para decir que, en principio, no había signos claros de violencia.

—¿“En principio”? —preguntó Irene.

—Significa exactamente lo que parece.

Sebastián estuvo a punto de sonreír.

Irene lo vio.

—No empieces.

Mauro levantó la vista hacia ambos.

—¿Me estoy perdiendo algo?

—Nada —respondieron casi al mismo tiempo.

Fray Julián permaneció cerca de la puerta.

Mauro revisó sus notas.

—Álvaro Riaño, sesenta y siete años. Antecedentes cardíacos conocidos.

Fue encontrado en el suelo de la habitación.

No había signos evidentes de entrada forzada.

La puerta estaba cerrada, pero no con llave.

En la primera revisión no se identificó la ausencia de objetos de valor.

La valoración inicial fue compatible con una muerte natural.

Sebastián intervino.

—¿Hubo autopsia?

—Todavía no tengo el informe completo.

—Entonces hay cosas que no sabemos.

Mauro lo miró.

—Exactamente. Y por eso no pienso llenarlas con suposiciones.

Sebastián dejó pasar la respuesta.

—¿Qué ocurre con los papeles?

—Eso quiero revisar.

—Ya no están en la habitación.

—Lo sé.

—La familia se llevó las pertenencias.

—También lo sé.

Irene preguntó:

—¿Se hicieron fotografías antes de retirar todo?

Mauro asintió.

—Sí.

Sebastián dio un paso hacia él.

—¿Podemos verlas?

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque forman parte de una actuación oficial.

—Necesitamos saber qué documentos había alrededor de Riaño.

Mauro sostuvo su mirada.

—Y yo necesito saber por qué ustedes creen que eso importa.

Sebastián señaló el registro de consultas.

—Porque el día anterior había consultado una unidad que ahora no aparece.

Mauro tomó la hoja.

—¿Ésta?

—Sí.

—¿Qué era?

—Una copia posterior de una relación de entrega y recepción de bienes librarios.

—¿Importante?

Sebastián dudó.

—Puede serlo.

Mauro levantó la vista.

—Eso no me sirve.

Irene respondió:

—Riaño llevaba años buscando una prueba de que un segundo volumen había salido de San Millán. La noche anterior a morir le dijo a su hija que por fin la había encontrado.

Mauro dejó de mover el bolígrafo.

—¿La hija dijo eso?

—Sí.

—¿Quién habló con ella?

—Sebastián.

Mauro se volvió hacia él.

—¿Grabó la conversación?

—No.

—¿Tomó notas?

Irene levantó una hoja.

—Yo.

Mauro extendió la mano.

Irene se la entregó.

Leyó en silencio.

Sebastián notó un cambio mínimo en su expresión.

No era sorpresa.

Era atención.

—Quiero hablar personalmente con ella.

—Por supuesto —dijo Sebastián.

—Y con Cárdenas.

—También.

Mauro siguió leyendo.

—¿Quién más sabía que Riaño trabajaba en este asunto?

Nadie respondió enseguida.

Fray Julián fue el primero.

—Daniel Montalvo.

—¿Quién es?

Sebastián explicó brevemente su participación en las investigaciones anteriores.

Mauro anotó el nombre.

—¿Alguien más?

—Esteban Cárdenas, seguro.

—Además de ellos.

Sebastián pensó.

—Ángel Salcedo y Rafael Ledesma trabajaron sobre lo mismo, pero murieron hace años.

Mauro dejó el bolígrafo.

—Me interesan los vivos.

—No sabemos quién más conocía la investigación.

—Entonces averígüenlo mientras siguen haciendo lo que ya estaban haciendo.

Sebastián frunció el ceño.

—¿Nos está pidiendo que investiguemos para usted?

—Les estoy pidiendo que no oculten ningún nombre que aparezca mientras continúan con su trabajo.

La respuesta era suficientemente práctica.

Irene regresó al asunto de la unidad documental.

—¿Puede averiguar si Riaño se llevó esa relación?

Mauro la miró.

—¿Existe alguna evidencia de que lo hiciera?

—No.

—Entonces no voy a empezar acusando al último lector solo porque fue el último lector.

—Pero era el último usuario registrado.

—Eso no lo convierte en ladrón.

Sebastián asintió.

—Correcto.

Irene lo miró.

—Hoy encontraste otro amigo.

Mauro ignoró el comentario.

—Quiero ver la habitación.

Fray Julián asintió.

—Los llevo.

Mauro cerró la carpeta.

Antes de salir, miró el códice.

—¿Todo esto empezó por ese libro?

Irene respondió.

—Por un fragmento reutilizado dentro de su encuadernación.

—¿Y qué demuestra?

Sebastián contestó:

—Que existió otro volumen.

Mauro lo observó durante unos segundos.

—¿Cuánto podría valer?

La pregunta sorprendió a los tres.

—No sabemos qué es —dijo Sebastián.

—No le pregunté qué es. Le pregunto cuánto podría valer si alguien creyera que es importante.

Irene comprendió primero.

—Mucho.

Mauro asintió.

—Entonces ya tengo una razón para no tratar esto únicamente como una discusión entre historiadores.