El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 3
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Esa tarde localizaron a la hija de Riaño.

No la llamaron para preguntarle por su muerte.

Sebastián fue muy cuidadoso al explicarle que estaban intentando reconstruir la investigación académica de su padre y que algunas de sus últimas consultas podían resultar relevantes para un estudio sobre manuscritos de San Millán.

La mujer se llamaba Clara.

Su voz se volvió cansada apenas escuchó el nombre del monasterio.

—Mi padre hablaba de San Millán constantemente.

—¿Trabajaba sobre un manuscrito?

—Trabajaba sobre demasiadas cosas.

—En los últimos meses parecía concentrado en una investigación concreta.

Hubo una pausa.

—Sí.

Sebastián miró a Irene.

—¿Sabe cuál?

—No exactamente. Decía que había encontrado un error antiguo.

—¿En un inventario?

—Creo que sí.

—¿Mencionó un segundo volumen?

La respiración de Clara cambió.

—Sí.

Sebastián se enderezó.

—¿Qué dijo?

—Que durante años todos habían buscado el libro equivocado.

Irene escribió la frase.

—¿Qué quería decir con eso? —preguntó Sebastián.

—No lo sé.

—¿Mencionó Nájera?

La pausa fue más larga.

—Sí.

—¿En qué contexto?

—Decía que todos terminaban allí demasiado pronto.

Sebastián frunció el ceño.

Aquello coincidía con lo que Cárdenas había empezado a sospechar.

Nájera podía ser una pista real.

Pero quizá no fuese el primer destino del volumen.

—¿Su padre tenía documentos relacionados con esa investigación cuando usted recogió sus pertenencias?

—Sí. Muchas carpetas.

—¿Las conserva?

—Claro.

—¿Podríamos consultarlas?

Clara tardó en responder.

—¿Por qué?

Sebastián decidió ser preciso.

—Porque una de las unidades que su padre consultó el día anterior a morir no aparece ahora en su ubicación. Queremos saber si tomó fotografías o notas sobre ella.

El silencio fue completo.

—¿Está diciendo que mi padre se llevó algo?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—De ninguna manera.

—Entonces ¿qué está diciendo?

—Que quizá documentó una pieza que ahora está mal ubicada. Sus fotografías podrían ayudarnos a saber qué contenía.

Clara pareció calmarse.

—Mi padre fotografiaba todo lo que le permitían fotografiar.

—¿Tiene esas imágenes?

—Supongo que estarán en el ordenador.

—¿Lo conserva?

—Sí.

Sebastián miró a Irene.

—No necesitamos revisar todo el ordenador. Solo las carpetas relacionadas con San Millán, si usted autoriza consultarlas.

—Tengo que pensarlo.

—Por supuesto.

Clara quedó en silencio unos segundos.

Después preguntó:

—¿Ustedes encontraron algo?

Sebastián dudó.

—Un fragmento de un inventario antiguo.

—¿Con una anotación en el margen?

Irene dejó de escribir.

Sebastián sintió la misma incomodidad que había experimentado con Montalvo.

—¿Cómo sabe eso?

—Porque mi padre hablaba de ella.

—¿La había visto?

—No lo sé.

—¿Qué decía?

—Nunca me leyó la frase completa.

—¿Qué recuerda?

Clara tardó.

—Algo sobre un volumen que habían retirado.

Sebastián observó a Irene.

—¿Antes de un traslado?

El silencio del teléfono bastó.

—Sí —dijo finalmente.

Aquello confirmaba que Riaño había llegado prácticamente al mismo documento.

Quizá incluso más lejos.

—Clara, ¿su padre dijo haber encontrado una prueba?

La mujer respiró profundamente.

—La noche antes de morir me llamó.

Irene levantó la mirada.

Sebastián no habló.

—Estaba contento —continuó Clara—. Mi padre no se entusiasmaba fácilmente con su trabajo, al menos no de esa manera. Me dijo que por fin había encontrado el documento que llevaba años necesitando.

—¿Le dijo cuál?

—No.

—¿Le explicó qué demostraba?

—Dijo que demostraba que el libro había salido.

Sebastián cerró los ojos durante un instante.

Cárdenas no había exagerado.

—¿Salido de San Millán?

—Sí.

—¿Dijo adónde fue?

—No. Dijo que eso era lo siguiente que tenía que averiguar.

Irene señaló una pregunta en el papel.

Sebastián comprendió.

—¿Mencionó a alguien con quien pensaba reunirse?

Clara tardó.

—Sí.

—¿Quién?

—No me dijo el nombre.

—¿Qué dijo exactamente?

—Que alguien había aceptado hablar con él por la mañana.

Sebastián miró el reloj sin ningún motivo.

—¿La mañana en que murió?

—Sí.

La habitación pareció enfriarse.

—¿Sabía dónde se encontrarían?

—No.

—¿En San Millán?

—Supongo.

Sebastián no insistió.

—¿A qué hora habló con él?

Clara dio una hora aproximada de la noche anterior.

—¿Parecía preocupado?

—No.

—¿Asustado?

—En absoluto.

—¿Había mencionado amenazas, discusiones o problemas con alguien?

—No.

Aquello importaba.

No había razón para construir una escena que la evidencia no sostenía.

—Gracias —dijo Sebastián—. Y lamento hacerle estas preguntas tan pronto.

Clara tardó en responder.

—Si encuentro la carpeta de San Millán, lo llamo.

—Se lo agradezco.

Antes de terminar, ella añadió:

—Hay una cosa.

—¿Sí?

—Cuando recogimos sus cosas, faltaba un cuaderno.

Sebastián se quedó quieto.

—¿Cómo sabe que faltaba?

—Porque siempre lo llevaba.

—¿Qué clase de cuaderno?

—Negro. Pequeño. Anotaba ahí las cosas que todavía no quería pasar al ordenador.

—¿Lo buscaron?

—Sí.

—¿Apareció?

—No.

Irene dejó lentamente el bolígrafo.

—¿Informaron a alguien?

—En ese momento no parecía importante. Pensamos que lo habría perdido.

Sebastián agradeció nuevamente y terminó la llamada.

Durante varios segundos ninguno habló.

Fray Julián había escuchado la última parte desde la puerta.

—Ese cuaderno puede estar en cualquier lado.

—Sí —respondió Sebastián.

—No significa que alguien lo haya tomado.

—No.

Irene miró la lista de solicitudes.

—Pero Riaño tenía una prueba.

—Eso dijo.

—Consultó una pieza que ahora falta.

—Sí.

—Murió al día siguiente.

—Sí.

—Y el cuaderno donde escribía lo que todavía no pasaba al ordenador tampoco apareció.

Sebastián la miró.

—Seguimos sin saber si esas cosas están relacionadas.

—Pero ya no podemos actuar como si no importaran.

Esta vez él no discutió.

Fray Julián se acercó despacio.

—¿Qué hacemos?

Sebastián miró hacia la puerta.

La respuesta ya no estaba únicamente en un inventario.

—Hablar con la Guardia Civil.

No podían revisar efectos personales ni investigar las circunstancias de una muerte.

Tampoco podían decidir por sí mismos si aquella unidad documental ausente era una simple pérdida archivística o algo distinto.

Necesitaban a alguien que pudiera hacerlo legítimamente.

Fray Julián tomó el teléfono.

—Conozco al agente que estuvo acá.

Sebastián negó.

—No quiero contarle una teoría.

—¿Entonces?

—Decile solamente los hechos.

Julián esperó.

Sebastián resumió lo imprescindible.

Riaño investigaba un volumen desaparecido.

La noche anterior a morir afirmó haber encontrado un documento que demostraba su salida de San Millán.

Fue la última persona registrada que consultó una pieza que ahora no estaba en su ubicación.

Y un cuaderno personal que utilizaba habitualmente tampoco había aparecido entre sus pertenencias.

Nada más.

No hablarían de asesinato.

No hablarían de conspiraciones.

No afirmarían que alguien hubiera robado un documento.

Fray Julián hizo la llamada.

La conversación duró varios minutos.

Cuando terminó, guardó el teléfono.

—Van a venir.

—¿Cuándo?

—Hoy.

Irene preguntó:

—¿Quién?

Julián miró a Sebastián.

—Un investigador especializado en patrimonio está trabajando cerca. Van a derivárselo porque hay documentación histórica implicada.

Sebastián sintió que la investigación acababa de cambiar de naturaleza.

—¿Nombre?

Fray Julián consultó el mensaje que acababa de recibir.

—Mauro Cebrián.

El nombre no significó nada para Irene.

Sebastián tampoco lo conocía personalmente.

Pero ambos comprendieron que, a partir de ese momento, ya no estarían solos frente a los documentos.

Volvieron a la habitación mientras esperaban.

No para buscar.

Solo para observarla una vez más.

La luz de la tarde entraba por la ventana y atravesaba el espacio vacío donde días antes había habido carpetas, fotografías, un ordenador y un hombre convencido de que finalmente había encontrado una respuesta.

Irene permaneció junto a la puerta.

Sebastián miró el suelo junto al escritorio.

—Acá estaba.

Fray Julián asintió.

No hacía falta aclarar a qué se refería.

El silencio volvió a ocupar la habitación.

Pero Sebastián comprendió que ya no era simplemente el silencio de un espacio vacío.

Era el que quedaba después de que hubieran retirado todos los objetos capaces de explicar qué había ocurrido allí.

Y en pocas horas, alguien iba a obligarlos a mirar no solo los documentos que faltaban.

También la muerte que había quedado junto a ellos.