BLOQUE 2
Irene fue quien descubrió que no todo se había retirado.
No era un documento.
Ni una nota.
Era una marca.
Se agachó junto al escritorio para observar la parte inferior de uno de los cajones y detectó una zona rectangular ligeramente más clara sobre la madera.
—Había algo pegado acá.
Sebastián se acercó.
—¿Dónde?
Ella señaló la cara inferior del tablero.
Había que inclinarse para verlo.
—Parece cinta adhesiva.
—¿Reciente?
—No puedo saber cuánto tiempo tiene, pero no parece demasiado antigua.
Fray Julián se aproximó.
—¿Qué podrían haber pegado ahí?
Irene negó.
—Cualquier cosa.
Sebastián observó el rectángulo.
No quedaba ningún resto de papel.
Solo residuo adhesivo y una diferencia de suciedad alrededor.
—Puede no tener ninguna relación con Riaño.
—Claro.
Irene tomó una fotografía.
No tocó la superficie.
—¿Quién usaba esta habitación antes?
—Otros investigadores —respondió Julián.
—Entonces puede llevar años.
—Sí.
Sebastián no quería convertir cada imperfección en una pista.
Se incorporó.
—Lo anotamos y seguimos.
Irene recorrió visualmente el mobiliario.
No abrieron cajones innecesariamente. Los que permanecían allí estaban vacíos y, según Julián, ya habían sido revisados después de la muerte.
Sebastián se concentró en algo más sencillo.
—¿Riaño utilizaba ordenador propio?
—Sí.
—¿Se lo llevó la familia?
—Sí.
—¿El teléfono?
—También.
—¿Cuadernos?
—Varios.
—¿Carpetas?
—Sí.
—¿Fotografías impresas?
Julián pensó.
—Creo que algunas.
—¿Del inventario?
—No lo sé.
Irene preguntó:
—¿Recordás algún material de mayor tamaño? Planos, reproducciones, facsímiles.
—Había una carpeta grande.
Indicó aproximadamente sus dimensiones con las manos.
Sebastián tomó nota mental.
—¿Color?
Fray Julián lo miró.
—Sebastián.
—Puede ayudar.
—Gris, creo.
—¿La familia se la llevó?
—Supongo que sí.
Aquella palabra era insuficiente.
—¿Existe una relación de efectos personales?
—La Guardia Civil puede tener alguna.
Eso era lo que necesitaban.
Pero no podían solicitarla como simples investigadores académicos sin una razón legítima.
Por primera vez, Sebastián comprendió con claridad que una parte del problema estaba saliendo de su terreno.
Hasta entonces todo había sido paleografía, conservación y archivos.
Ahora había una muerte reciente.
Podía ser natural.
Lo más probable era que lo fuera.
Pero cualquier revisión de la escena, los objetos o los papeles ya no les correspondía.
—No tocamos nada más —dijo.
Irene lo miró.
—No estamos tocando nada.
—Quiero decir que no vamos a convertir esta habitación en una búsqueda.
Fray Julián pareció aliviado.
—Gracias.
Sebastián señaló el escritorio.
—Solo necesito reconstruir qué estaba investigando Riaño antes de morir.
—Eso sí podemos hacerlo.
Salieron de la habitación y regresaron a la zona de trabajo.
El trayecto fue corto.
Ninguno habló.
Sebastián tenía demasiado presente la imagen del suelo vacío.
No había visto el cuerpo ni los papeles.
Pero ya sabía dónde habían estado.
Al entrar en la sala de conservación, Irene cerró la puerta.
—No me gusta.
—¿Qué?
—Todo.
Sebastián la miró.
—Eso no es muy específico.
—Cárdenas dice que Riaño tenía una prueba. Cuatro días después muere. Sus papeles estaban desordenados y después la familia retira las cosas.
—Nada de eso demuestra que haya ocurrido algo fuera de lo normal.
—No dije que lo demuestre.
—Lo estás pensando.
—¿Vos no?
Sebastián tardó.
—Estoy intentando no hacerlo.
Irene apoyó las manos en la mesa.
—Eso no es una respuesta.
—Riaño podía tener una cardiopatía. Podía morir mientras trabajaba. Podía tirar papeles al caer. Todo eso es completamente posible.
—Sí.
—Entonces, mientras no tengamos otra cosa, ésa sigue siendo la explicación razonable.
Irene asintió.
—Pero tenemos que saber qué documento estaba leyendo.
Sebastián la miró.
—Eso sí.
Fray Julián entró unos minutos después con una carpeta de registros de consulta.
—Esto puedo dárselos sin problemas.
Sebastián la abrió.
Contenía las solicitudes de documentación realizadas por Riaño durante sus últimas visitas.
A medida que avanzaban apareció una concentración muy clara.
Riaño había pedido repetidamente documentación correspondiente al mismo período que ellos venían estudiando: el intervalo entre la relación donde todavía figuraban dos unidades y el inventario posterior donde solo aparecía una.
Irene levantó la mirada.
—Estaba en el mismo punto.
—Sí.
Fray Julián señaló otra referencia.
—Esto lo solicitó dos veces.
Sebastián leyó.
Era una serie de documentos administrativos.
No inventarios de biblioteca.
—¿Qué contienen?
—Movimientos de bienes, entregas, gastos y anotaciones semejantes.
Sebastián sintió una descarga de interés.
—¿Los consultó?
—Sí.
—¿Todos?
—Los que pidió.
—¿Están acá?
—Una parte.
—Traelos.
Fray Julián salió.
Irene continuó revisando las solicitudes.
—Mirá las fechas.
Las últimas consultas de Riaño se concentraban en los tres días anteriores a su muerte.
Había comenzado con relaciones generales.
Después había pasado a documentación de movimientos.
Finalmente había solicitado una única unidad documental.
La última.
Sebastián la señaló.
—¿Qué es esto?
La descripción era antigua y poco precisa:
Relación de entregas y recepción de bienes librarios. Copia posterior.
Irene lo miró.
—Eso suena exactamente a lo que buscaba Cárdenas.
—Sí.
—Una prueba de salida.
—Podría ser.
Fray Julián regresó sin el documento.
Su expresión ya anticipaba el problema.
—No está en la caja.
Sebastián levantó la cabeza.
—¿Cómo que no está?
—La signatura existe. La caja está. Pero esa unidad concreta no aparece.
Irene permaneció inmóvil.
—¿Está prestada?
—Estoy comprobándolo.
—¿Puede estar mal colocada?
—Claro.
Sebastián se obligó a mantener la calma.
Un documento mal colocado dentro de un archivo no era algo extraordinario.
—¿Cuándo se consultó por última vez?
Julián miró el registro.
—Riaño.
La sala quedó en silencio.
—¿La devolvió? —preguntó Irene.
—La ficha indica que sí.
—¿Quién registró la devolución?
Julián miró con más atención.
Había unas iniciales.
—Yo.
Sebastián levantó la vista.
Fray Julián parecía tan sorprendido como ellos.
—¿Recordás haberla guardado?
—Recuerdo que me devolvió varias unidades juntas.
—¿Las comprobaste?
—Como hacemos siempre.
—¿Viste ésta específicamente?
El monje cerró los ojos durante un instante.
—No puedo asegurarlo.
Irene volvió a la ficha.
—¿Qué día fue?
La fecha correspondía a la víspera de la muerte de Riaño.
Sebastián sintió que la línea documental acababa de acercarse demasiado al presente.
Riaño había consultado una relación sobre entregas y recepción de bienes librarios.
Según el registro, la había devuelto.
Al día siguiente había muerto.
Y ahora esa unidad documental no estaba en su lugar.
—Busquemos antes de concluir nada —dijo.
Julián asintió.
Durante las dos horas siguientes revisaron cajas próximas, signaturas antiguas y movimientos internos.
La unidad no apareció.
Tampoco constaba que hubiese sido enviada a conservación, digitalización o préstamo.
No había registro de ningún desplazamiento posterior.
Irene terminó sentándose.
—¿Cuántas cosas tienen que coincidir antes de que podamos preocuparnos?
Sebastián cerró una de las cajas.
—Una más.
—¿Cuál?
—Saber qué decía.
Fray Julián respondió desde el otro extremo.
—Quizá podamos saberlo sin encontrarla.
Sebastián se volvió.
—¿Cómo?
—La descripción dice “copia posterior”.
—Sí.
—Entonces tuvo que existir una fuente anterior.
Era cierto.
La unidad ausente no era necesariamente el documento original.
Podía tratarse de una copia o transcripción elaborada a partir de otra fuente.
—Busquemos la referencia de procedencia —dijo Sebastián.
Julián abrió el catálogo.
La ficha incluía una nota antigua.
La copia había sido realizada a partir de una relación que, en el momento de la transcripción, se conservaba en otro fondo.
La localización estaba abreviada.
Sebastián la leyó.
No era Nájera.
Era una referencia local.
—Entonces puede existir otra versión.
Irene recuperó algo de calma.
—¿Dónde?
Fray Julián siguió la cadena.
La procedencia terminaba en una serie documental cuyo estado actual no estaba completamente claro.
Pero había una observación:
Original no localizado. Copia realizada antes de reorganización.
Sebastián se quedó mirando.
Otra vez una copia sobreviviendo al original.
Otra vez una pieza intermedia convertida en la única evidencia disponible.
—Necesitamos saber quién hizo esa copia.
Julián buscó.
No aparecía un nombre completo.
Solo unas iniciales.
Sebastián las anotó.
Podían resultar útiles más adelante.
Sin embargo, el problema inmediato seguía siendo el mismo.
Álvaro Riaño era el último investigador conocido que había consultado una pieza que ahora no encontraban.
Y, según Esteban Cárdenas, había afirmado poseer una prueba relacionada con la salida del segundo volumen.