El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) CAPÍTULO 10Silencio en una habitación de San Millán
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CAPÍTULO 10Silencio en una habitación de San Millán

BLOQUE 1

La habitación estaba vacía.

No abandonada.

Vacía.

Sebastián comprendió la diferencia apenas cruzó el umbral.

Una habitación abandonada conservaba inevitablemente alguna señal de quien la había ocupado: una prenda olvidada, un objeto fuera de lugar, papeles que nadie consideró importantes o el polvo acumulado alrededor de aquello que llevaba demasiado tiempo sin moverse. Allí no quedaba nada parecido.

La cama estaba hecha y el escritorio completamente despejado. En los estantes permanecían algunos libros pertenecientes a la casa, pero ninguno parecía personal. Sobre la mesilla solo había una lámpara.

La familia de Álvaro Riaño había retirado sus pertenencias dos días después de su muerte, según les explicó Fray Julián.

No había nada extraño en ello. Riaño utilizaba aquella habitación durante sus temporadas de trabajo en San Millán y su hija había acudido para recoger sus efectos personales antes de regresar a Logroño.

Aun así, Irene se detuvo junto a la puerta.

—Esperaba otra cosa.

Sebastián miró alrededor.

—¿Qué?

—No sé.

—Entonces no la esperabas.

Irene ignoró el comentario.

—Una habitación donde alguien trabajó durante meses no suele quedar así.

—La vaciaron.

—Sí.

Ella entró.

Fray Julián permaneció junto al marco.

Había necesitado pedir permiso antes de permitirles el acceso. Aquella dependencia no formaba parte del archivo ni de una zona habitual de investigación. Era una habitación destinada a huéspedes y estudiosos vinculados temporalmente con actividades del monasterio.

—Riaño venía desde hacía años —explicó Julián—. Algunas veces se quedaba una semana. Otras, solo unos días.

Sebastián se volvió.

—¿Trabajaba siempre sobre el mismo tema?

—No podría asegurarlo.

—¿Consultaba documentación?

—Sí.

—¿Cuál?

Julián tardó.

—Mucha.

Sebastián lo miró.

—Eso no ayuda.

—No llevaba un registro personal de sus intereses conmigo.

Irene intervino.

—¿Tenía acceso directo a los fondos?

—No de manera irrestricta. Solicitaba lo que necesitaba como cualquier investigador autorizado.

—¿Y en los últimos meses?

Fray Julián miró hacia el escritorio vacío.

—Venía más seguido.

Sebastián se acercó.

—¿Por qué?

—Nunca me lo dijo.

—¿No preguntaste?

—Sí.

—¿Y qué respondió?

—Que estaba cerrando una investigación vieja.

Sebastián e Irene se miraron.

La frase coincidía demasiado con lo que Cárdenas les había contado.

Álvaro Riaño había afirmado que tenía algo capaz de demostrar que el segundo volumen había salido de San Millán.

La habitación ya no contenía sus papeles.

Pero había sido el lugar desde donde trabajó poco antes de morir.

Sebastián no esperaba encontrar un compartimento oculto ni un pergamino debajo del colchón.

Solo quería comprender qué había hecho Riaño durante sus últimos días.

—¿Cuándo llegó esta última vez?

Julián le dio la fecha.

—¿Cuánto pensaba quedarse?

—No lo sé. No solía fijarlo con exactitud.

—¿Traía mucho material?

—Una maleta, una mochila y dos carpetas.

Irene señaló el escritorio.

—¿Trabajaba acá?

—Sí.

—¿También en el archivo?

—Por supuesto.

Sebastián se aproximó a la ventana.

Desde allí se veía parte del valle.

Nada en aquella vista explicaba por qué un investigador había dedicado años a seguir el rastro de un volumen que ya no aparecía en los inventarios.

—¿Quién retiró sus cosas?

—Su hija y su yerno.

—¿Alguien entró antes?

Fray Julián frunció el ceño.

—¿Qué querés decir?

—Después de su muerte. Antes de que llegara la familia.

—Personal del lugar. Y la Guardia Civil.

Irene giró la cabeza.

—¿La Guardia Civil?

Julián pareció sorprendido por la reacción.

—Cuando alguien muere de manera inesperada se siguen determinados procedimientos, aunque al principio no haya indicios extraños.

Sebastián dejó de mirar por la ventana.

—Cárdenas nos dijo que la familia habló de una muerte natural.

—Eso fue lo que se consideró.

—¿Riaño murió acá?

La pregunta hizo que Fray Julián guardara silencio.

Irene lo observó.

—Julián.

El monje bajó ligeramente la mirada.

—Sí.

Sebastián no se movió.

Hasta entonces había supuesto que Riaño había muerto en su domicilio o en otro lugar y que sus pertenencias simplemente habían quedado allí.

—¿En esta habitación?

—Sí.

El espacio adquirió otra dimensión.

Irene miró la cama y después el escritorio.

—¿Por qué no nos lo dijiste?

—Porque me preguntaron por sus papeles, no por las circunstancias de la muerte.

Sebastián sintió irritación.

—Es una diferencia bastante grande.

—Y no quería alimentar interpretaciones que no correspondieran.

La respuesta era razonable.

Eso no la hacía menos frustrante.

—¿Quién lo encontró? —preguntó Sebastián.

Fray Julián tardó en responder.

—Yo.

Irene suavizó la voz.

—¿Cuándo?

Julián miró hacia la puerta.

—Por la mañana. No había bajado. Teníamos previsto revisar unas referencias y me extrañó que no apareciera.

Sebastián observó la habitación.

—¿Entraste directamente?

—Golpeé.

—¿Respondió?

—No.

—¿La puerta estaba cerrada?

—Sí.

—¿Con llave?

—No.

Sebastián se acercó un paso.

—¿Qué viste?

Julián lo miró con firmeza.

—No soy investigador policial.

—No te pregunté qué interpretaste. Te pregunté qué viste.

Irene volvió la cabeza hacia Sebastián, pero Fray Julián contestó.

—Riaño estaba en el suelo.

—¿Dónde?

El monje señaló el espacio entre el escritorio y la cama.

—Ahí.

Irene bajó lentamente la mirada.

No había ninguna marca.

Naturalmente.

La habitación había sido limpiada.

—¿Estaba solo?

—Sí.

—¿Y sus documentos?

La expresión de Julián cambió.

—Había papeles.

Sebastián permaneció inmóvil.

—¿Sobre el escritorio?

—También en el suelo.

—¿Desordenados?

Julián respiró despacio.

—Sí.

Sebastián comprendió por qué el monje había evitado entrar en detalles.

No porque sospechara necesariamente un delito.

Sino porque la escena podía parecer más significativa de lo que realmente había sido.

Un hombre podía sufrir una descompensación junto a una mesa de trabajo y arrastrar papeles al caer.

Era una explicación simple.

Y podía ser la correcta.

—¿Qué determinó el médico? —preguntó Irene.

—No conozco todos los detalles. Se habló de un episodio cardíaco.

—¿Tenía antecedentes?

—La familia dijo que sí.

Sebastián observó el escritorio.

No había todavía una razón suficiente para sospechar otra cosa.

Pero la coincidencia resultaba difícil de ignorar.

Riaño investigaba el segundo volumen.

Había afirmado que había encontrado una prueba.

Poco después murió en la habitación donde trabajaba.

Y sus papeles ya no estaban allí.

—¿La familia se llevó todo lo que había en el suelo? —preguntó.

Julián negó.

—No inmediatamente.

—¿Qué ocurrió?

—Después de que terminaron las diligencias, reunieron sus pertenencias. Lo que se identificó como suyo quedó preparado para entregarlo.

—¿Quién lo hizo?

—Ayudaron varias personas.

—Necesito nombres.

Fray Julián lo miró.

—¿Para qué?

Sebastián tardó un instante.

—Porque necesitamos saber qué documentación había en la habitación cuando murió.

—Eso no convierte su muerte en parte de nuestra investigación.

—No.

—Entonces no la conviertas.

La advertencia fue directa.

Sebastián la aceptó.

—Tenés razón.

Irene lo observó con cierta sorpresa.

Julián continuó.

—Si quieren conocer las circunstancias exactas, tendrán que hablar con quien llevó el procedimiento. Yo solo puedo contarles lo que vi.

Sebastián volvió hacia el escritorio.

Eso bastaba por ahora.

Álvaro Riaño había muerto en aquella habitación.

Y sus últimos papeles habían quedado dispersos a su alrededor.