El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 3
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Localizar a Esteban Cárdenas resultó más sencillo de lo esperado.

Seguía en Logroño y había participado pocos días antes en una jornada dedicada al patrimonio documental.

Fray Julián consiguió un número a través de un conocido común.

Sebastián llamó.

Cárdenas atendió al segundo tono.

—¿Sí?

La voz era grave y tranquila.

—¿Esteban Cárdenas?

—Sí.

—Mi nombre es Sebastián Valcárcel. Estoy trabajando en San Millán con Irene Robles y Fray Julián Orduña.

Hubo un silencio breve.

—¿Qué encontraron?

Sebastián miró a Irene.

No había explicado el motivo de la llamada.

—¿Por qué supone que encontramos algo?

—Porque nadie me llama desde San Millán para hablar de manuscritos después de tantos años sin haber encontrado algo.

—Necesitamos consultarle sobre una investigación antigua.

—¿Cuál?

—Una segunda unidad que deja de aparecer en inventarios posteriores.

La respuesta fue inmediata.

—No hablen de eso por teléfono.

Sebastián sintió una irritación repentina.

Era la segunda persona que reaccionaba con la misma cautela.

—Montalvo dijo algo parecido.

—Entonces Daniel sigue siendo prudente.

—¿Existe alguna razón concreta para no hablar por teléfono?

Cárdenas tardó en responder.

—No la que está imaginando.

—No estoy imaginando ninguna.

—Mejor.

Irene escuchaba desde el otro lado de la mesa.

Sebastián continuó.

—Tenemos un fragmento de inventario reutilizado en una encuadernación.

Al otro lado hubo silencio.

—Repita.

—Un fragmento de pergamino que formaba parte de un registro. Contiene anotaciones marginales.

—¿Qué dicen?

Sebastián dudó un instante.

No porque quisiera ocultar información.

Quería observar la reacción.

—Una menciona otro volumen.

El silencio fue más largo.

—¿Qué más?

—Otra anotación habla de un volumen retirado antes de un traslado.

Cárdenas respiró al otro lado.

—¿La fotografía es buena?

—Tenemos el original.

No hubo respuesta durante varios segundos.

—Señor Cárdenas.

—Estoy acá.

—¿Quiere verlo?

—Sí.

—Puede venir a San Millán.

—No.

Sebastián frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque si es lo que creo, no necesito verlo allí.

—Entonces, ¿dónde?

—Voy a enviarle una dirección.

La llamada terminó antes de que Sebastián pudiera preguntar nada más.

Irene levantó las cejas.

—Muy amable.

—No me gusta.

—Eso es evidente.

Fray Julián miró el teléfono.

—Cárdenas siempre tuvo fama de difícil.

—Difícil es otra cosa —respondió Sebastián.

El mensaje llegó un minuto después.

Una dirección de Logroño.

Debajo había una frase:

Traigan únicamente copias. No el original.

Irene la leyó.

—Eso sí me parece sensato.

—A mí también.

—Entonces, ¿qué te molesta?

Sebastián guardó el teléfono.

—Que sabe exactamente de qué estamos hablando.

Fray Julián señaló las cartas.

—Lleva años buscando ese volumen.

—Sí.

—Era esperable.

Sebastián no estaba completamente convencido.

Que Cárdenas conociera el problema era lógico.

Pero había reaccionado a las expresiones otro volumen y retirado antes del traslado como si confirmaran algo muy concreto que ya llevaba tiempo esperando.

No había pedido fechas ni contexto.

Solo había querido ver la evidencia.

Fueron a Logroño esa misma tarde.

El despacho de Cárdenas ocupaba parte de un edificio antiguo rehabilitado cerca del centro. No se parecía en nada a la imagen romántica de un archivo olvidado. Había estanterías modernas, cajas de conservación y una mesa cubierta por carpetas ordenadas con precisión.

Cárdenas los recibió sin ceremonia.

Tenía algo más de sesenta años, cabello gris y gafas de montura fina. Su aspecto no coincidía con la idea de un hombre dominado por una obsesión.

Eso hizo que Irene desconfiara menos.

A Sebastián, no.

—Las copias —dijo Cárdenas.

Sebastián se las entregó.

No preguntó por el viaje ni ofreció café.

Se sentó bajo una lámpara y comenzó a examinar el material.

Primero observó el fragmento.

Después la fotografía antigua.

A continuación estudió la entrada donde aparecía otro volumen y, por último, la reconstrucción de la secuencia documental.

Durante casi diez minutos no habló.

Irene fue perdiendo la paciencia.

—¿Lo reconoce?

Cárdenas dejó la lupa.

—Sí.

Sebastián se inclinó.

—¿Qué reconoce?

—La anotación.

—¿La había visto antes?

—Una parte.

—¿Dónde?

Cárdenas abrió un cajón y sacó una carpeta.

La colocó sobre la mesa.

En la etiqueta escrita a mano podía leerse:

SAN MILLÁN — II

Irene miró a Sebastián.

Cárdenas abrió la carpeta.

Dentro había copias de inventarios, fotografías, correspondencia y notas acumuladas a lo largo de décadas.

—Llevo treinta y un años intentando demostrar que este volumen existió —dijo.

Sebastián no apartó la vista de la carpeta.

—¿Lo encontró?

Cárdenas negó.

—Nunca.

—¿Sabe qué era?

—No.

—¿Sabe adónde fue?

—Tampoco.

—Entonces, ¿qué sabe?

Cárdenas cerró la carpeta.

—Sé que salió de la secuencia documental en un período concreto.

Sé que alguien lo buscó antes que yo. Varias referencias posteriores parecen apuntar hacia Nájera y, cada vez que estuve cerca de reconstruir una procedencia, la cadena terminaba en una colección privada, un archivo incompleto o un documento que ya no estaba disponible.

Irene se sentó frente a él.

—¿Por qué siguió tantos años?

Cárdenas la miró.

—Porque las ausencias también dejan huellas.

Sebastián señaló la carpeta.

—¿Qué tiene ahí que nosotros no tengamos?

Cárdenas permaneció en silencio unos segundos.

Después volvió a abrirla.

Sacó una fotografía antigua en blanco y negro.

Mostraba una hoja de inventario.

Sebastián reconoció de inmediato el tipo de pautado.

Irene se acercó.

La fotografía no correspondía al fragmento que ellos conservaban.

Era otra sección del mismo documento o de uno extraordinariamente parecido.

En el margen aparecía la misma escritura secundaria.

Cárdenas señaló una línea.

—Esto es lo más lejos que llegué.

Sebastián leyó.

La frase estaba cortada por el borde de la fotografía.

Solo podía distinguirse:

... volumen ... retirado ...

Más abajo aparecía otra palabra.

Una que ninguno esperaba encontrar todavía.

Nájera.

Irene permaneció inmóvil.

Sebastián tardó unos segundos en hablar.

—¿Por qué no publicó esto?

Cárdenas retiró la fotografía.

—Porque no demuestra que ese volumen sea el que ustedes buscan.

—Pero relaciona una anotación con Nájera.

—Exactamente. Una anotación. No puedo demostrar que hable de la misma unidad.

Sebastián asintió lentamente.

—Bien.

Cárdenas pareció sorprendido.

—¿Bien?

—Sí. Ése es exactamente el problema.

Por primera vez, el investigador sonrió.

—Entonces quizá podamos trabajar.

Irene observó las estanterías.

—¿Cuánto material tiene sobre esto?

Cárdenas miró alrededor.

—Demasiado.

—¿Y qué le falta?

La sonrisa desapareció.

—Una prueba de salida.

Sebastián entendió.

Todo lo demás era contexto.

Descripciones, fotografías, ausencias y referencias en las que Nájera aparecía una y otra vez alrededor del mismo problema.

Pero nadie había localizado todavía el documento que demostrara que el segundo volumen había abandonado San Millán.

Sin esa pieza, la investigación continuaba descansando sobre inferencias.

—¿Qué buscó exactamente durante todos estos años? —preguntó Sebastián.

Cárdenas apoyó una mano sobre la carpeta.

—Una anotación de entrega.

—¿A una persona?

—O a una institución.

—¿En Nájera?

—Eso pensé durante mucho tiempo.

—¿Y ahora?

Cárdenas lo miró.

—Ahora creo que estaba buscando en el lugar equivocado.

Irene se inclinó.

—¿Por qué?

—Porque hace tres semanas apareció una referencia que nunca había visto.

Sebastián sintió que la conversación acababa de cambiar.

—¿Dónde?

Cárdenas abrió otra carpeta.

Estaba casi vacía.

Solo contenía varias fotografías y una hoja de notas.

—En un fondo particular que acaba de ser catalogado.

—¿Qué referencia?

Cárdenas deslizó una fotografía hacia ellos.

No había título.

Solo una anotación manuscrita al dorso de una copia antigua:

San Millán. Segundo volumen. Consultar antes de entregar.

Debajo aparecía un nombre.

Álvaro Riaño.

Irene miró a Cárdenas.

—¿Quién era?

—Eso llevo tres semanas intentando averiguar.

Sebastián regresó a la fotografía.

—¿Y por qué cree que puede ser importante?

Cárdenas se recostó en la silla.

—Porque Riaño murió hace cuatro días.

Nadie habló.

Irene miró lentamente a Sebastián.

Él mantuvo la vista sobre el nombre.

—¿Muerte natural?

Cárdenas tardó en responder.

—Eso dijo la familia.

—¿Había hablado con usted?

—Dos veces.

—¿Qué le dijo?

—Que tenía algo capaz de demostrar que el volumen había salido de San Millán.

Irene se tensó.

—¿Se lo mostró?

—No.

—¿Por qué?

Cárdenas miró la carpeta casi vacía.

—Porque decía que primero tenía que comprobar una cosa.

—¿Cuál?

—Nunca me lo dijo.

Sebastián volvió a pensar en la fecha.

Cuatro días.

Demasiado reciente para ignorarlo.

Pero no suficiente para convertir una muerte en algo sospechoso.

—¿Dónde vivía Riaño?

Cárdenas respondió.

—En San Millán.

El silencio se hizo completo.

Ya no era una conexión remota ni un nombre perdido dentro de una colección privada.

Álvaro Riaño había vivido allí.

Había investigado el mismo volumen.

Había afirmado poseer una prueba de salida.

Y había muerto cuatro días antes de que Irene encontrara el fragmento dentro de la encuadernación.

Sebastián se levantó.

—Necesitamos saber qué dejó.

Cárdenas negó.

—La familia ya retiró sus cosas.

—¿De dónde?

—De una habitación que utilizaba cuando trabajaba aquí por temporadas.

Irene lo miró.

—¿Dentro de San Millán?

—Sí.

Sebastián permaneció quieto.

La investigación acababa de adquirir una dimensión completamente nueva.

Hasta entonces habían reconstruido una desaparición histórica.

Ahora existía una persona que, pocos días antes, había afirmado tener una prueba relacionada con ella.

Álvaro Riaño ya no podía explicar qué había descubierto.

Pero había trabajado en San Millán.

Y, si sus papeles no habían desaparecido con sus pertenencias, todavía podía quedar algo capaz de explicar hasta dónde había llegado.