El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 2
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Las cartas permitían reconstruir una investigación paralela.

No de manera completa, pero sí lo suficiente para comprender que Esteban Cárdenas había empezado a seguir el rastro del volumen mucho antes de que Salcedo dejara sus últimas notas.

Al principio parecía interesado sobre todo en la procedencia.

Había localizado una referencia a un manuscrito descrito de forma ambigua en una colección privada del siglo XIX.

No afirmaba que fuera el mismo.

Solo señalaba que ciertas características coincidían.

Ledesma había sido mucho más escéptico.

No conviertas una semejanza en identidad, le había escrito.

Sebastián sonrió apenas.

Irene lo vio.

—Encontraste un pariente espiritual.

—Parece sensato.

—Entonces seguro era insoportable.

Fray Julián continuó ordenando las cartas.

Cárdenas había respondido defendiendo su hipótesis con cautela.

No hablaba de descubrimiento.

Hablaba de posibilidades.

Había encontrado un inventario privado donde figuraba un volumen sin procedencia clara cuya descripción recordaba a una de las entradas antiguas vinculadas con San Millán.

Pero existía un problema evidente.

La cronología era demasiado tardía.

Entre la desaparición documental del volumen y aquella colección quedaban siglos sin rastro.

—Eso no prueba nada —dijo Sebastián.

—Cárdenas también lo sabía —respondió Irene.

La carta siguiente lo demostraba.

Cárdenas reconocía que, sin una cadena de procedencia, no podía sostener la identificación.

Por eso había empezado a buscar documentación de tránsito: donaciones, herencias, ventas, depósitos y cualquier otra referencia capaz de conectar un fondo monástico con una colección posterior.

Nunca consiguió reconstruir una cadena completa.

Sin embargo, encontró algo distinto.

Una relación de libros trasladados temporalmente durante un período de inestabilidad.

La lista estaba incompleta.

Uno de los destinos mencionados era Nájera.

Irene dejó la carta sobre la mesa.

—Otra vez.

Sebastián la tomó.

—Sí.

La repetición empezaba a adquirir peso.

Todavía no demostraba que el manuscrito hubiera ido allí.

Pero Nájera aparecía ahora a través de dos líneas diferentes.

Primero en el recuerdo de Montalvo.

Después en la documentación estudiada por Cárdenas.

—¿Qué fecha tiene esto? —preguntó Sebastián.

Fray Julián respondió.

Era anterior al período que ellos habían relacionado con el traslado general del fondo.

Sebastián volvió a revisar.

—Cronológicamente encaja.

Irene se inclinó.

—¿Hay una relación completa de los volúmenes?

—No.

Sebastián continuó.

Cárdenas se quejaba de que la documentación había sido copiada solo de forma parcial y de que los originales estaban dispersos.

Más adelante aparecía otra frase:

No creo ya que el problema sea localizar un título. Creo que debemos localizar una cadena de personas.

Sebastián la leyó dos veces.

Fray Julián se acercó.

—Eso cambia bastante el enfoque.

—Sí.

La carta explicaba qué quería decir.

Cárdenas había llegado a la conclusión de que ciertos movimientos documentales no seguían siempre una lógica institucional fácil de reconstruir. En determinados momentos, los libros podían quedar confiados temporalmente a personas concretas vinculadas con monasterios, archivos o casas religiosas.

No hablaba de ninguna organización.

Tampoco presentaba aquello como una práctica secreta.

Describía una solución posible para situaciones en las que proteger un volumen podía depender de quién estuviera disponible para recibirlo y conservarlo.

Irene recordó lo que Montalvo había contado.

—El hombre que recibía materiales.

Sebastián asintió.

—Puede estar relacionado.

—Entonces Cárdenas estaba buscando a las personas por cuyas manos pasaron los libros.

—Eso parece.

Fray Julián volvió a la carta.

—No solo los lugares.

Sebastián continuó leyendo.

En un momento, Cárdenas mencionaba a un monje cuyo nombre aparecía relacionado con entregas.

La copia estaba dañada.

Solo se conservaba parte del apellido:

... O...duña

Fray Julián quedó inmóvil.

Irene lo miró.

—¿Julián?

El monje no respondió enseguida.

Sebastián examinó la palabra.

—No podemos asegurar que sea el mismo apellido.

Julián se sentó.

—No.

—¿Podría ser Orduña?

—Podría.

—¿Tenés familiares vinculados históricamente con esta zona?

—Mi familia tiene raíces en La Rioja, sí.

Irene se acercó.

—¿Y antecedentes relacionados con monasterios?

Julián negó.

—Nada que yo conozca.

Sebastián mantuvo la vista sobre la carta.

No iba a transformar una coincidencia incompleta en una revelación familiar.

—Lo dejamos acá por ahora. Puede ser otro apellido o una coincidencia.

—Claro —dijo Julián.

Su voz, sin embargo, había cambiado.

La carta no permitía ir más lejos.

No había un nombre completo ni una fecha precisa. Tampoco existía prueba de que aquella persona hubiese recibido el volumen que ellos buscaban.

Sebastián pasó a la siguiente.

Era de Ledesma a Cárdenas y el tono resultaba más duro:

Estás mezclando una investigación de procedencia con una búsqueda personal. Si el volumen existió y salió de San Millán, primero hay que demostrar la salida. Después podremos hablar de destino.

Sebastián volvió a sonreír.

Irene lo miró.

—Te cae bien.

—Mucho.

—Eso me preocupa.

La respuesta de Cárdenas era breve:

Llevo doce años buscando esa demostración.

La carta tenía quince años.

Irene hizo la cuenta.

—Entonces lleva, como mínimo, veintisiete años.

Fray Julián asintió.

—Probablemente más.

Sebastián sostuvo la hoja.

Un hombre había dedicado casi tres décadas a una misma pregunta.

Eso transformaba el valor práctico de aquella investigación.

No porque Cárdenas tuviera necesariamente razón.

Sino porque podía haber recorrido archivos, colecciones y fondos que a ellos les llevaría años revisar desde cero.

—Necesitamos hablar con él hoy.

Esta vez Irene no tuvo que insistir.