CAPÍTULO 9 El investigador que llevaba años buscándolo
BLOQUE 1
El nombre apareció en una carta que ninguno de ellos esperaba encontrar.
No era una mención perdida en el margen ni una referencia secundaria dentro de unas notas de trabajo.
Figuraba en el encabezamiento:
Daniel Montalvo a Rafael Ledesma.
La copia había llegado aquella mañana junto con varias reproducciones solicitadas del archivo de Ángel Salcedo. Fray Julián las dejó sobre la mesa sin hacer comentarios y Sebastián comenzó a leer de inmediato.
Irene permaneció a su lado.
La primera carta era breve y contenía una consulta.
La segunda discutía una discrepancia entre dos inventarios.
En la tercera, Sebastián se detuvo.
—Acá.
Irene se acercó.
Montalvo escribía que una referencia anterior conservaba la mención a una segunda unidad y que Ledesma tenía razón al considerar anómala su desaparición en relaciones posteriores.
Hasta ahí no había nada nuevo.
Pero unas líneas más abajo añadía:
Si la nota marginal corresponde al mismo asiento, el volumen fue separado antes de la reorganización y no volvió a figurar de manera independiente.
Irene apoyó una mano sobre la mesa.
—Eso es casi exactamente lo mismo a lo que llegamos nosotros.
—Sí.
—Entonces Montalvo sabía mucho más de lo que nos contó.
Sebastián siguió leyendo.
—No necesariamente.
Irene lo miró.
—¿Cómo que no?
—Podía recordar la conclusión general y haber olvidado algunos detalles.
—No se olvidó de “otro volumen”.
—Eso es distinto.
Ella lo observó durante unos segundos.
—A veces no sé si defendés la prudencia o a la gente.
Sebastián no respondió.
La siguiente carta era de Ledesma.
Su escritura se inclinaba hacia la derecha, apretada y rápida. El tono era menos cauteloso que el de Montalvo.
Ledesma sostenía que la segunda unidad no había sido absorbida por la primera ni reclasificada. Según su interpretación, había sido retirada físicamente antes de un traslado y después había desaparecido de la secuencia documental.
No decía adónde.
Tampoco identificaba el manuscrito.
Pero una frase resultaba imposible de ignorar:
No estamos ante una pieza mal catalogada, sino ante una pieza que dejó de estar presente.
Irene leyó en silencio.
—Eso es mucho más fuerte.
Sebastián asintió.
—Sí.
—¿Tenía pruebas?
—Eso es lo que tenemos que averiguar.
Fray Julián abrió otra carpeta.
—Hay más cartas.
Sebastián tomó la siguiente.
Ledesma hablaba de una fotografía.
No la adjuntaba.
La describía.
Se trataba de una reproducción antigua donde aparecía una anotación marginal perteneciente a un inventario actualmente incompleto.
La frase estaba cortada, pero según él podía leerse:
... retirado ... antes del traslado.
Irene levantó lentamente la vista.
—Entonces vio la misma anotación antes que nosotros.
—O una reproducción de ella.
—Sí, ya sé.
Sebastián continuó.
Ledesma estaba convencido de que la fotografía correspondía a una hoja que Tomás Arrieta había consultado años antes.
Y añadía algo que ninguno de ellos conocía.
Arrieta había dejado una ficha.
Una sola.
Con una descripción de la entrada.
—¿Dónde está esa ficha? —preguntó Irene.
Fray Julián empezó a revisar el índice de reproducciones.
—Esperá.
Sebastián siguió leyendo.
La carta terminaba con una referencia a otro investigador:
He hablado con Esteban Cárdenas. Dice que lleva años detrás del mismo volumen.
Los tres permanecieron en silencio.
Irene fue la primera en hablar.
—¿Quién es Esteban Cárdenas?
Fray Julián levantó la mirada.
—Lo conozco de nombre.
Sebastián también.
Era un historiador independiente especializado en procedencias documentales y colecciones privadas. Había publicado poco en revistas académicas de gran circulación, aunque algunos de sus trabajos sobre manuscritos dispersos eran conocidos entre especialistas.
—¿Sigue vivo? —preguntó Irene.
Julián buscó entre las notas.
—Sí.
Sebastián volvió a la carta.
Ledesma no parecía confiar plenamente en Cárdenas.
No por una cuestión personal.
Por método.
Escribía que el investigador había convertido la búsqueda del volumen en una obsesión y que durante años había revisado colecciones privadas, catálogos de subastas y fondos familiares con manuscritos de procedencia incierta.
—Éste es el investigador —dijo Irene.
Sebastián no necesitó preguntar a qué se refería.
Por fin tenían una persona concreta vinculada durante años con aquello que ellos apenas comenzaban a reconstruir.
Alguien había dedicado mucho tiempo a la misma ausencia.
Sebastián regresó al principio de la carta.
—Necesitamos saber qué encontró.
Fray Julián revisó las fechas.
—Esta correspondencia es de hace veintitrés años.
—Entonces Cárdenas lleva más de dos décadas con esto.
Irene permaneció mirando el nombre.
—Y nosotros llegamos hace una semana.
La diferencia era incómoda.
Cárdenas había tenido años para recorrer archivos y colecciones que ellos todavía ni siquiera sabían que existían.
Si después de todo ese tiempo no había encontrado el volumen, podían existir muchas razones.
La pista podía ser falsa.
O el manuscrito podía haber seguido un recorrido mucho más complejo de lo que imaginaban.
Sebastián prefirió no decidir todavía.
—¿Tenemos alguna forma de contactarlo?
Fray Julián buscó.
Había una dirección antigua, un correo electrónico que ya no funcionaba y una referencia reciente a una conferencia.
—Puede estar en Logroño.
—¿Ahora?
—Según esto, sí.
Irene miró a Sebastián.
—Lo llamamos.
—Primero terminamos las cartas.
—¿Por qué?
—Porque no quiero preguntarle algo que ya podamos saber antes de hablar con él.
La decisión resultó acertada.
Cárdenas no aparecía una sola vez en la correspondencia.
A medida que avanzaban, su nombre se repetía cada vez más.