CAPÍTULO 8 Antes del último inventario
BLOQUE 1
Daniel Montalvo llegó a Yuso cinco minutos antes de las diez.
No necesitó preguntar por la sala.
Fray Julián lo acompañó directamente desde la entrada, avanzando a su lado con una familiaridad que Sebastián no esperaba.
Montalvo caminaba despacio, apoyado en un bastón de madera oscura, pero no había nada vacilante en la forma en que observaba el edificio.
Miraba los pasillos, las puertas y los cambios de nivel como alguien que había recorrido aquellos espacios muchas veces y ya no necesitaba detenerse para orientarse.
Irene lo vio entrar y dejó la cámara sobre la mesa.
Sebastián permaneció de pie.
Montalvo tenía el cabello completamente blanco, el rostro delgado y una expresión difícil de interpretar. No pareció sorprendido al ver el códice ni mostró especial curiosidad por la documentación desplegada alrededor de la mesa de restauración.
Su atención fue directamente hacia la fotografía.
—Ésa es —dijo.
No saludó primero ni preguntó qué habían encontrado.
Se limitó a señalar la reproducción del fragmento como si hubiera acudido únicamente para confirmar algo que ya conocía.
Sebastián miró a Irene.
Ella también lo había notado.
Fray Julián cerró la puerta.
—Daniel, ellos son Sebastián Valcárcel e Irene Robles.
Montalvo los observó.
—Sé quiénes son.
Sebastián extendió la mano.
—Gracias por venir.
Montalvo se la estrechó.
—Todavía no sé si va a ser necesario que me lo agradezcan.
Irene se acercó.
—En su mensaje habló de una hoja faltante.
Montalvo la miró durante unos segundos.
—Sí.
—Nosotros no se lo habíamos contado.
—No hacía falta.
Sebastián acercó una silla.
—Entonces conoce el documento.
Montalvo se sentó.
—Conozco la discusión.
—¿Qué discusión?
El anciano dirigió la mirada hacia la reproducción del inventario.
—La que nadie consiguió cerrar.
Sebastián esperó.
Montalvo pareció comprender que no recibiría ninguna ayuda para continuar.
—Hace cuarenta años, quizá algo más, algunos investigadores empezaron a sospechar que ciertas relaciones antiguas de libros no coincidían entre sí. No era nada extraordinario. Los inventarios se copian mal, se resumen, cambian las signaturas y a veces desaparecen hojas.
Irene lo observó.
—Pero con éste ocurrió algo distinto.
Montalvo volvió la cabeza hacia ella.
—Eso creíamos.
Sebastián apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Quiénes?
—Ángel Salcedo. Rafael Ledesma. Yo, durante un tiempo. Hubo otros, pero no llegaron tan lejos.
—¿Buscaban un manuscrito concreto?
Montalvo negó.
—Ése fue uno de los errores posteriores. Al principio no buscábamos un manuscrito. Intentábamos entender por qué una descripción antigua parecía hablar de dos unidades y otra posterior solo de una.
Irene miró a Sebastián.
Era exactamente el punto al que ellos habían llegado.
Montalvo lo advirtió.
—Ustedes también encontraron el dos.
Sebastián no respondió.
El anciano sonrió apenas.
—Entonces no van mal encaminados.
Sebastián tomó la reproducción donde aparecía la abreviatura.
—¿Qué interpretaron ustedes?
—Lo mismo que están pensando ahora. Que una entrada antigua podía corresponder a dos cuerpos o dos volúmenes. No sabíamos si pertenecían a una misma obra, si eran piezas complementarias o si el número significaba otra cosa.
—¿Llegaron a demostrarlo?
—No.
Sebastián dejó la reproducción.
—¿Ledesma vio una entrada anterior antes de que faltara la hoja?
Montalvo dejó de sonreír.
—Así que encontraron las notas de Salcedo.
—Una parte.
—¿Las cartas?
—Todavía no.
Montalvo pasó una mano sobre el bastón.
—Entonces será mejor empezar por lo que sabemos y no por lo que Salcedo creyó recordar.
Sebastián se inclinó ligeramente.
—Eso mismo prefiero.
Irene levantó una ceja.
Montalvo la vio.
—Parece que los dos se entienden.
—A veces —dijo Irene.
—A veces alcanza.
Fray Julián permanecía en silencio.
Montalvo señaló la fotografía del fragmento.
—¿Dónde apareció?
Irene explicó el hallazgo dentro de la encuadernación y la posterior recuperación de la pieza separada durante una intervención de conservación.
Montalvo no la interrumpió.
Cuando terminó, pidió ver las fotografías antiguas.
Sebastián se las mostró.
El anciano acercó una de las imágenes a sus ojos.
—Es la misma mano.
—Eso creemos —dijo Sebastián.
Montalvo negó.
—No. Es la misma.
Sebastián lo miró.
—¿La reconoce?
Montalvo dejó la fotografía.
—Reconozco la manera de anotar.
—Eso no es exactamente lo mismo.
—No. Pero hace muchos años vi otra imagen.
Irene se acercó.
—¿Del mismo inventario?
—Eso pensábamos.
—¿Dónde?
Montalvo guardó silencio.
Sebastián no insistió de inmediato.
El anciano miró alrededor.
—No sé si esa copia sigue existiendo.
—¿La imagen?
—La reproducción que yo vi.
—¿Quién la tenía?
Montalvo respiró despacio.
—Ledesma.
Fray Julián dio un paso hacia ellos.
—¿Una fotografía particular?
—Una reproducción antigua. Nunca supe de qué original procedía.
Sebastián sintió que la conversación empezaba a acercarse por fin al punto que necesitaban.
—¿Mostraba la hoja faltante?
Montalvo asintió.
—Una parte.
Irene permaneció inmóvil.
—¿Y qué decía?
—No lo suficiente.
Sebastián frunció el ceño.
—Eso puede significar muchas cosas.
—Significa que la reproducción estaba cortada. Se veía una entrada anterior, una anotación marginal y parte de la siguiente. El resto quedaba fuera de cuadro.
—¿Aparecía el segundo volumen?
—Sí.
Montalvo respondió sin dramatismo.
Precisamente por eso la palabra pareció adquirir más peso.
Sebastián observó a Irene.
Ella ya había tomado papel.
—¿Recuerda la frase?
—No completa.
—¿Alguna palabra?
Montalvo miró el fragmento.
—Recuerdo dos.
Sebastián esperó.
—“Otro volumen”.
El silencio volvió a llenar la sala.
Irene dejó lentamente el bolígrafo.
—Entonces esa anotación ya había sido fotografiada antes.
—O una muy parecida.
Sebastián intervino enseguida.
—No podemos asumir que sea la misma.
Montalvo sonrió.
—Salcedo decía algo parecido.
—Eso habla bien de él.
—No siempre le gustaba escucharlo.
Fray Julián señaló el fragmento.
—¿La fotografía mostraba más texto?
—Sí.
—¿Recuerda qué seguía?
Montalvo cerró los ojos durante un instante.
—No con suficiente seguridad.
—Inténtelo.
—No voy a inventar una palabra porque ustedes necesiten encontrarla.
Sebastián asintió.
—Bien.
Irene lo miró de costado.
Aquello empezaba a parecer una alianza metodológica.
Montalvo continuó.
—Lo que sí recuerdo es que la nota estaba relacionada con una operación anterior a otro inventario. Ledesma estaba convencido de que la desaparición de la segunda unidad había ocurrido antes de que se elaborara una relación que después sirvió como referencia para otras copias.
Sebastián levantó la vista.
—¿El último inventario en el que ya no aparece?
—Yo no lo llamaría el último.
—¿Cómo lo llamaría?
—El primero de los que sobreviven completos dentro de esa cadena en el que la segunda unidad ya no está.
Aquello era mucho más preciso.
Sebastián tomó una hoja.
—Entonces necesitamos identificar exactamente ese punto.
Montalvo asintió.
—Eso es.
La investigación dejaba de girar alrededor de siglos enteros.
Había que localizar el último momento documental en que la segunda unidad todavía figuraba.
Y el primero en que dejaba de hacerlo.
Entre ambos debía encontrarse la transición que estaban buscando.