BLOQUE 3
La tarde terminó con una comprobación que ninguno esperaba.
Mientras aguardaban el encuentro con Montalvo, Irene volvió al fragmento.
No quería perder un día entero siguiendo nombres de investigadores si todavía quedaba información material sin estudiar.
Sebastián continuó revisando la secuencia de inventarios mientras Fray Julián buscaba cualquier referencia adicional a Ledesma o Salcedo.
Fue Irene quien encontró la primera conexión con una descripción concreta.
La palabra incompleta que habían descartado aquella mañana aparecía en una fotografía tomada antes de que el pergamino fuera separado.
No estaba completa.
Pero conservaba una letra más.
—Sebastián.
Él levantó la vista.
—¿Qué?
—Creo que esto no termina en “ica”.
—¿Entonces?
—Mirá.
Amplió la imagen.
La supuesta c podía ser, en realidad, la combinación de dos trazos.
Sebastián se acercó.
—Tenés razón.
—¿Qué podría ser?
Él observó.
La nueva terminación modificaba por completo la lectura.
Ya no parecía relacionarse con el contenido.
Podía formar parte de una fórmula de identificación o de procedencia.
—Necesito compararla con otras entradas.
Abrió varias reproducciones y buscó estructuras semejantes.
Después de casi media hora encontró una.
No era idéntica.
Pero la fórmula comenzaba de manera suficientemente parecida.
—Esto podría indicar procedencia.
Irene se acercó.
—¿De dónde?
—La palabra no está completa.
—¿San Millán?
—No.
—¿Suso?
—Tampoco.
Fray Julián se aproximó.
—¿Podría ser un nombre de persona?
Sebastián volvió a mirar.
La forma lo permitía.
Podía tratarse de una identificación por procedencia personal, algo semejante a una fórmula introducida por de seguida de un nombre.
—Es posible.
Irene señaló el espacio perdido.
—¿Cuántas letras?
—Entre seis y ocho, dependiendo de las abreviaturas.
Julián comenzó a revisar nombres asociados a antiguos poseedores, donaciones y copistas.
Sebastián lo detuvo.
—No busques todavía.
—¿Por qué?
—Porque vamos a encontrar algún nombre que encaje aunque no sea el correcto.
Fray Julián cerró el volumen.
Irene sonrió.
—Estás desarrollando una obsesión saludable.
—Siempre la tuve.
Regresaron a la numeración.
Sebastián había conseguido establecer una correspondencia razonable entre varias entradas del inventario fragmentario y un registro posterior.
La segunda unidad desaparecida ocupaba una posición concreta.
Eso permitía revisar catálogos aún más modernos para comprobar si había reaparecido bajo otra descripción.
No ocurrió.
Buscaron mediante las posiciones relativas, por características de contenido y utilizando posibles variantes de clasificación.
No apareció nada.
Irene se apoyó sobre la mesa.
—Entonces de verdad no está.
—No está donde estamos buscando.
—¿En cuántos inventarios más querés revisar?
—Todos los necesarios.
—Eso no es una cifra.
Sebastián pasó al siguiente.
Nada.
Después a otro.
Tampoco.
Fray Julián añadió un catálogo del siglo XIX y luego otro posterior.
El resultado seguía siendo el mismo.
La segunda unidad no reaparecía.
Sebastián comenzó a escribir las fechas de cada registro.
La secuencia temporal empezó a hacerse evidente.
En el documento fragmentario existía una segunda unidad.
Después aparecía una anotación marginal relacionada con un volumen retirado.
A partir de un determinado momento, esa segunda entrada dejaba de figurar.
Y no volvía a aparecer.
—Ahora sí —dijo Irene.
Sebastián siguió mirando las fechas.
—¿Ahora sí qué?
—Podemos decir que desapareció de los inventarios.
Él tardó unos segundos.
—Sí.
No era lo mismo que afirmar que el manuscrito hubiera desaparecido físicamente.
Pero era un hecho documental importante.
Desde cierto momento, la segunda unidad dejó de estar registrada.
Irene regresó a la nota marginal.
—Si sabemos cuándo desaparece de los registros y conseguimos fechar el traslado...
—Podemos acotar cuándo fue retirada.
—Exactamente.
Fray Julián buscó la referencia cronológica que habían dejado pendiente el día anterior.
Había más de un movimiento que podía ajustarse a la palabra traslado, pero uno coincidía mejor con la secuencia documental.
Sebastián leyó la fecha.
No la anotó todavía.
Quería comprobarla.
—¿Qué pasa? —preguntó Irene.
—Si éste es el traslado al que se refiere la nota, el volumen tuvo que ser retirado antes de que se cerrara el inventario siguiente.
—Eso ya lo sabíamos.
—No con esta precisión.
Fray Julián observó las fechas.
—El intervalo es corto.
—Sí.
Irene comprendió.
—Entonces debería haber documentación contemporánea.
Sebastián asintió.
Eso era lo que necesitaban.
La salida de un volumen podía no haber generado un documento específico, pero tenía posibilidades de dejar rastros en relaciones internas, movimientos, préstamos o anotaciones de custodia.
Ya no necesitaban buscar a lo largo de siglos.
Podían concentrarse en un período mucho más concreto.
Fray Julián llevó otro repertorio.
—Hay documentación de esos años.
Sebastián abrió las primeras referencias.
Una no aportó nada.
Otra hablaba de reparaciones y una tercera de movimientos de objetos litúrgicos.
La siguiente contenía una relación incompleta.
En la quinta apareció una frase mínima:
Un libro quedó fuera de la relación por no hallarse presente.
Irene la leyó dos veces.
—¿Puede ser el nuestro?
Sebastián mantuvo la vista sobre la línea.
—Puede ser cualquier libro.
—Pero la fecha coincide.
—Sí.
—Y el inventario posterior ya no tiene la segunda unidad.
—Sí.
Fray Julián observó la fuente.
—¿Hay más contexto?
Sebastián continuó leyendo.
La frase no daba signatura ni describía el contenido del libro.
Solo indicaba que durante la elaboración de una relación se había advertido la ausencia física de una pieza.
Irene sintió que la secuencia empezaba a adquirir una coherencia difícil de ignorar.
—Primero dejan de tenerlo delante.
—Es posible —dijo Sebastián.
—Después elaboran una relación y anotan que falta un libro.
—Sí.
—Más adelante la entrada desaparece.
—Sí.
Irene señaló el fragmento.
—Y siglos después una parte de ese inventario termina cortada y reutilizada dentro de una encuadernación.
Sebastián la miró.
—Eso último sí lo sabemos con certeza.
—Lo demás está bastante cerca.
—Bastante.
Fray Julián volvió a leer la frase.
—Lo interesante es que alguien advirtió la ausencia.
Sebastián asintió.
—Exactamente.
Si el volumen hubiese sido eliminado deliberadamente de los registros desde el principio, aquella anotación tendría poco sentido.
La secuencia podía haber sido mucho más sencilla.
Primero el libro dejó de estar físicamente disponible.
Después la documentación fue adaptándose a esa realidad.
—No lo borraron de la historia de golpe —dijo Irene.
—Eso parece.
—Simplemente dejó de estar.
Sebastián cerró el registro.
Era una diferencia fundamental.
No estaban siguiendo, al menos por ahora, una conspiración destinada a eliminar un manuscrito de la historia.
Estaban reconstruyendo algo mucho más plausible: la manera en que un objeto podía desaparecer administrativamente. Primero no estaba donde debía. Después dejaba de incluirse en determinadas relaciones. Con el tiempo, la memoria de que había existido podía perderse por completo.
Irene miró la mesa.
—¿Sabés qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que si no hubiéramos encontrado ese fragmento, nadie tendría ninguna razón para pensar que falta algo.
Sebastián observó el inventario posterior.
Parecía completo.
Ordenado.
Convincente.
Quien lo consultara de manera aislada no tendría ningún motivo para imaginar una segunda unidad.
—Sí.
Irene bajó la voz.
—Entonces, para cualquiera que llegue después...
—Ese manuscrito no existe.
La frase quedó suspendida en la sala.
Fray Julián miró a Sebastián.
—Pero existió.
Él señaló el fragmento.
—Eso es lo que tenemos que terminar de demostrar.
El teléfono de Sebastián vibró sobre la mesa.
Era un mensaje de Daniel Montalvo.
Mañana, diez de la mañana. Iré a Yuso. Traigan la fotografía del fragmento y la copia donde falta la hoja.
Sebastián lo leyó en silencio y después mostró la pantalla a Irene.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo sabe que falta una hoja?
Sebastián no respondió.
En el correo que le habían enviado no habían mencionado ninguna hoja ausente.
Solo habían hablado de antiguas referencias de inventarios y de los nombres de Salcedo y Ledesma.
Fray Julián tomó el teléfono para leer mejor.
—Tal vez Salcedo se lo contó.
—Puede ser —dijo Sebastián.
Irene lo miró.
—No te lo creés.
—No dije eso.
—Pero lo estás pensando.
Sebastián volvió a leer el mensaje.
No contenía amenazas ni ninguna frase deliberadamente enigmática.
Solo una indicación demasiado precisa:
Traigan la copia donde falta la hoja.
Montalvo no necesitaba que le explicaran el problema.
Ya lo conocía.
Y parecía conocer una parte de la documentación que ellos acababan de reconstruir aquella misma mañana.
Sebastián guardó el teléfono.
El manuscrito que no aparecía en ningún inventario moderno empezaba a dejar rastros en lugares inesperados.
No donde debería haberse conservado.
Sino en las notas de quienes, antes que ellos, habían intentado demostrar que alguna vez había existido.
A la mañana siguiente conocerían al único de aquellos investigadores que todavía podía explicarles qué había visto.