BLOQUE 2
La búsqueda de la hoja faltante los llevó fuera de la sala de conservación.
No demasiado lejos.
Fray Julián recordaba que una parte de la documentación histórica había sido microfilmada o reproducida durante campañas distintas, y que algunas copias se conservaban separadas de los documentos a los que correspondían.
—¿Dónde? —preguntó Sebastián.
—En varios sitios.
—Eso es demasiado amplio.
—Entonces vas a disfrutarlo.
La primera posibilidad estaba en un pequeño fondo de reproducciones asociado a investigaciones realizadas décadas atrás.
No encontraron la hoja.
La segunda consistía en una caja de fotografías de documentos que posteriormente habían sido trasladados a otros archivos.
Tampoco apareció.
La tercera opción exigía revisar antiguas fichas de consulta.
Irene lo miró con incredulidad.
—¿Queremos encontrar una hoja perdida mirando quién consultó un documento?
—No —respondió Sebastián—. Queremos saber si alguien vio esa hoja cuando todavía estaba disponible.
Fray Julián asintió.
—Y si dejó notas sobre ella.
Aquello cambió el enfoque.
El documento original podía no estar accesible.
Pero una persona que lo hubiera estudiado décadas atrás podía haber dejado una descripción, una transcripción o incluso una fotografía.
Sebastián recordó inmediatamente a Ángel Salcedo.
—Sus notas.
Julián comprendió.
—Sí.
Regresaron a la carpeta donde habían aparecido las primeras referencias.
La anotación sobre una segunda unidad estaba allí.
También el nombre de Rafael Ledesma.
Hasta ese momento lo habían considerado una pista secundaria.
Ahora ya no parecía serlo.
Sebastián tomó la copia.
—Salcedo sabía algo que nosotros todavía no.
—O alguien se lo contó —dijo Irene.
—También.
Fray Julián buscó nuevas menciones y encontró dos.
En una, Ledesma aparecía relacionado con documentación monástica del norte peninsular.
En otra, con una colección de fotografías de inventarios.
Sebastián levantó la cabeza.
—Fotografías.
Irene se acercó.
—¿De qué época?
—No lo dice.
Julián pasó la página.
Había una referencia a correspondencia privada.
—Salcedo le escribió.
—¿Se conservan las cartas? —preguntó Sebastián.
—No acá.
—¿Sabemos dónde?
Julián leyó una nota bibliográfica.
—Parte del archivo personal de Salcedo fue depositado en una institución universitaria.
Sebastián tomó el teléfono.
—Voy a pedir acceso.
Irene lo detuvo.
—Antes mirá esto.
Había otra frase escrita por Salcedo en el margen de sus notas:
Ledesma cree haber visto la segunda entrada antes de la mutilación de la copia.
Sebastián dejó el teléfono.
—¿“Antes de la mutilación”?
—Eso dice.
Fray Julián frunció el ceño.
—Puede referirse a una pérdida física.
—O a una reproducción incompleta —añadió Irene.
Sebastián volvió a leer.
Salcedo no lo explicaba.
Sin embargo, la frase era importante por otra razón.
Confirmaba que alguien anterior a ellos había asociado el problema con una segunda entrada concreta.
No se trataba únicamente de una sospecha sobre un volumen desaparecido.
Había existido una entrada que, en algún momento, alguien había visto.
—Entonces Ledesma vio algo —dijo Irene.
—O creyó verlo.
—La diferencia es importante.
—Mucho.
Fray Julián observó el nombre.
—¿Sigue vivo?
Sebastián no lo sabía.
Julián tampoco.
Buscaron referencias biográficas entre los materiales disponibles.
Apareció una fecha aproximada de nacimiento.
Si continuaba vivo, tendría una edad muy avanzada.
Otra referencia resolvió la duda.
Rafael Ledesma había muerto años atrás.
Irene se recostó en la silla.
—Fantástico.
Sebastián continuó leyendo.
—Puede haber dejado un archivo personal.
—¿Dónde?
—Eso tenemos que averiguarlo.
Fray Julián encontró una anotación más:
Consulta posterior: Daniel Montalvo.
—¿Quién es ése? —preguntó Irene.
Ninguno lo sabía.
Sebastián tomó la página.
El nombre aparecía debajo de Ledesma y estaba escrito con una tinta diferente.
Salcedo lo había añadido posteriormente.
—Otro investigador.
—¿Contemporáneo?
—Parece más joven.
Irene sonrió.
Sebastián la miró.
—No digas nada.
—No iba a hacerlo.
El nombre abría una nueva línea de investigación, pero Sebastián no quería dispersarse.
Primero necesitaban saber qué había visto Ledesma.
El archivo personal de Salcedo podía contener la correspondencia necesaria.
Fray Julián llamó a un contacto académico.
La conversación fue breve.
Cuando colgó, su expresión había cambiado.
—¿Qué? —preguntó Sebastián.
—Parte del archivo está catalogado.
—Bien.
—Y hay correspondencia con Ledesma.
Irene se incorporó.
—¿Digitalizada?
—Solo una parte.
—¿Podemos saber si hablan de San Millán?
—La descripción general dice que sí.
Sebastián abrió el ordenador.
—Entonces pedimos reproducciones.
Julián negó.
—No va a ser inmediato.
—Puedo llamar yo.
—No es cuestión de llamar más fuerte.
Irene intervino.
—¿Hay índices?
—Sí.
—Empecemos por ahí.
El catálogo de correspondencia ofrecía fechas y, en determinados casos, asuntos muy breves.
Una carta llamó inmediatamente la atención de Sebastián:
Inventarios emilianenses. Segunda referencia.
—Ésa.
Fray Julián anotó la signatura.
Había otra:
Sobre el volumen no localizado.
Irene miró a Sebastián.
—Eso ya no parece una coincidencia.
Él no la corrigió.
Una tercera referencia decía:
Fotografía de entrada anterior.
Sebastián sintió que el problema documental empezaba a concentrarse alrededor de la misma ausencia.
Alguien antes que ellos había trabajado exactamente sobre aquel punto.
Y había conservado una fotografía.
—Necesitamos esa correspondencia —dijo.
Julián asintió.
—La pedimos.
Irene seguía mirando el catálogo.
—Hay una más.
Sebastián se acercó.
La descripción era todavía más breve:
Montalvo solicita copia.
—Ahí está otra vez.
Daniel Montalvo.
El nombre ya había aparecido en las notas de Salcedo.
Ahora sabían además que había solicitado una copia del material relacionado con aquella entrada.
Sebastián abrió una hoja nueva y escribió el nombre.
—Tenemos que identificarlo.
—¿Por qué? —preguntó Irene.
—Porque puede haber visto la fotografía.
—¿Y si sigue vivo?
Sebastián la miró.
—Entonces quizá podamos preguntarle qué vio.
Fray Julián regresó a sus referencias.
Encontró algo con rapidez.
Daniel Montalvo había publicado décadas después un artículo breve sobre movimientos históricos de fondos documentales.
No trataba específicamente de San Millán.
Pero sí de manuscritos desplazados durante períodos de inestabilidad.
Sebastián lo leyó.
El texto no mencionaba ningún códice desaparecido ni hablaba de inventarios ocultos o de una segunda unidad.
Era un trabajo académico completamente convencional.
Irene terminó antes.
—No hay nada.
—Eso no significa que no supiera.
—Tampoco significa que supiera.
—Exactamente.
Fray Julián pasó a la nota biográfica.
Daniel Montalvo seguía vivo.
Tenía ochenta y un años.
Y residía en La Rioja.
Irene miró a Sebastián.
—Bueno.
—¿Bueno qué?
—Ahora sí tenemos a alguien a quien preguntar.
Sebastián observó el nombre.
Habían empezado la mañana siguiendo una numeración.
Ahora tenían un investigador vivo vinculado a una cadena de consultas sobre la misma entrada.
Podía ser una ventaja.
También podía no conducir a nada.
—Primero lo llamamos —dijo.
—¿Ahora?
—Sí.
Fray Julián localizó un teléfono asociado a una fundación cultural con la que Montalvo había colaborado.
Sebastián llamó.
Nadie atendió.
Probó una segunda vez.
Tampoco.
Irene miró el reloj.
—Puede estar ocupado.
Sebastián dejó el teléfono.
—O el número ya no sirve.
Fray Julián encontró una dirección de correo.
Sebastián escribió un mensaje breve.
No mencionó un códice desaparecido ni formuló ninguna teoría sobre un manuscrito perdido. Se limitó a explicar que estaban estudiando antiguas referencias de inventarios de San Millán y que habían encontrado su nombre relacionado con documentación consultada por Ángel Salcedo y Rafael Ledesma.
Antes de enviarlo, Irene leyó.
—Muy sobrio.
—¿Qué querías que pusiera?
—“Hemos encontrado un manuscrito inexistente y creemos que usted sabe por qué”.
Sebastián la miró.
—Por eso escribo yo.
Envió el correo.
La respuesta llegó diecisiete minutos después.
Solo contenía dos líneas:
Conozco la referencia. No conviene discutirla por correo.
Debajo:
Si están en San Millán, puedo acercarme mañana.
Nadie habló durante unos segundos.
Irene fue la primera.
—Eso no suena a que no se acuerde.
Sebastián volvió a leer.
—No.
Fray Julián cerró lentamente la carpeta.
—Entonces mañana sabremos qué vio.
Sebastián no estaba tan seguro.
La respuesta confirmaba algo importante: Montalvo había reconocido inmediatamente el asunto.
Pero había elegido no desarrollarlo por escrito.
Aquello no tenía por qué resultar sospechoso. Un investigador de su generación podía preferir una conversación directa para explicar un problema documental complejo.
Aun así, la frase no conviene discutirla por correo le resultaba incómoda.
No porque pareciera enigmática.
Sino porque no era necesaria.
¿Por qué no convenía?