El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) CAPÍTULO 7 Rastros de un manuscrito inexistente
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CAPÍTULO 7 Rastros de un manuscrito inexistente

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La numeración fue lo primero que revisaron.

No porque pareciera la pista más prometedora, sino porque era la única que podían someter a una comprobación relativamente objetiva.

Sebastián había pasado buena parte de la noche pensando en la secuencia de entradas que aparecía en el fragmento reutilizado y en los registros posteriores.

Si lograban demostrar que aquel inventario fragmentario había servido de base para una relación más moderna, podrían seguir el rastro de sus entradas incluso cuando las descripciones hubieran cambiado con el tiempo.

Todavía no necesitaban encontrar el manuscrito.

Necesitaban demostrar que alguna vez había estado registrado.

Irene entró en la sala con dos cafés y dejó uno junto a Sebastián.

—No sé si esto cuenta como soborno.

—Depende de lo que quieras.

—Que hoy no digas “probablemente” durante al menos una hora.

Sebastián tomó el vaso.

—Imposible.

—Entonces devolveme el café.

Él lo apartó.

—Demasiado tarde.

Fray Julián llegó pocos minutos después con varias reproducciones de inventarios ordenadas cronológicamente.

No todas pertenecían a la misma serie. Algunas eran copias de documentos anteriores, otras parecían resúmenes y una de ellas había sido elaborada a partir de fuentes que ya no se conservaban en su forma original.

Sebastián observó el conjunto.

—Lo primero es establecer qué documentos dependen de otros.

—¿Por qué? —preguntó Irene.

—Porque si tres inventarios repiten información procedente de una misma fuente anterior, no tenemos tres testimonios independientes. Tenemos uno reproducido varias veces.

Fray Julián asintió.

—Y eso puede darnos una falsa sensación de continuidad.

—Exactamente.

Irene abrió el primero.

—Entonces hacemos genealogía de inventarios.

Sebastián la miró.

—No es una mala forma de decirlo.

—Anotalo. Acabás de aprobar una frase mía.

Comenzaron por las entradas situadas alrededor de la referencia del códice conocido.

El registro fragmentario parecía conservar una secuencia numérica. El inventario posterior utilizaba otra muy semejante, aunque no idéntica. Algunas entradas habían desaparecido y otras se habían reagrupado.

Sebastián trazó una tabla.

No le interesaban tanto los números absolutos como la relación entre las entradas. Si una referencia antigua aparecía situada entre otras dos que podían identificarse posteriormente, la ausencia de aquella entrada intermedia podía adquirir valor documental.

—Acá —dijo.

Irene se acercó.

Sebastián señaló tres referencias del fragmento reconstruido.

Una podía relacionarse con un volumen conocido. La siguiente correspondía a la anotación donde aparecía otro volumen. La tercera contenía la descripción parcial de otro manuscrito que sí podía seguirse con cierta seguridad en inventarios posteriores.

—Tenemos una entrada anterior y otra posterior —dijo Irene—. Y la del medio es la que falta después.

—Eso parece.

En el registro siguiente solo aparecían dos.

La entrada intermedia no se había desplazado a una posición cercana ni figuraba con otra numeración evidente.

Simplemente no estaba.

Fray Julián revisó la copia.

—¿Puede haberse agrupado con el volumen anterior?

—Es lo primero que tenemos que comprobar —respondió Sebastián.

Compararon las descripciones.

El volumen conocido aparecía en el registro posterior mediante una fórmula algo más extensa.

Irene la señaló.

—Esto podría incluir ambos.

Sebastián negó lentamente.

—No parece.

—¿Por qué?

—Porque la descripción conserva una característica material incompatible con un conjunto.

—¿Cuál?

—El número de partes.

La entrada estaba redactada en singular. No hacía referencia a una obra doble ni a varios cuerpos físicos.

Sebastián buscó un registro aún posterior.

La descripción se había abreviado, pero seguía correspondiendo a una sola unidad.

—Entonces no los reunieron —dijo Irene.

—Al menos no encontramos indicios de que lo hicieran.

Fray Julián apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Eso deja una ausencia bastante limpia.

Sebastián no respondió.

Todavía no le gustaba utilizar la palabra ausencia con demasiada facilidad.

Una entrada podía desaparecer por razones mucho menos interesantes: un error de copia, una omisión, una clasificación diferente o incluso una pérdida temporal.

Antes de aceptar una explicación más compleja debían agotar esas posibilidades.

—Busquemos el volumen por su contenido —dijo.

—¿Qué contenido? —preguntó Irene—. Apenas tenemos media descripción.

—Lo suficiente para descartar algunas cosas.

La referencia fragmentaria contenía una palabra que podía aludir a la naturaleza del texto. Hasta entonces habían evitado interpretarla porque estaba incompleta.

Ahora necesitaban utilizarla con cuidado.

Sebastián volvió a la fotografía antigua y amplió la entrada.

La parte inicial seguía siendo ilegible, aunque la terminación parecía más clara.

—Puede terminar en “...ica”.

—Eso nos deja cientos de opciones —dijo Irene.

—Sí.

Fray Julián observó.

—¿Crónica?

Sebastián negó.

—No encaja.

—¿Litúrgica?

—Tampoco.

—¿Gramática?

Sebastián se quedó quieto.

Irene lo miró.

—¿Qué?

—No sé.

—¿Encaja?

—No del todo.

Volvió a estudiar la palabra.

Podía haber una abreviatura que modificara la longitud aparente.

—No quiero forzarlo.

Irene señaló una segunda línea.

—¿Y esto?

Había una palabra corta que Sebastián había considerado secundaria.

La examinó otra vez.

Podía guardar relación con la lengua o simplemente con la descripción material de la entrada.

No había suficiente.

—Todavía no.

Irene dejó escapar el aire.

—Entonces volvemos a los inventarios.

—Sí.

Fray Julián pasó a la siguiente serie.

Allí apareció algo más extraño.

El volumen conocido seguía presente y también la entrada posterior, pero entre ambas había una pequeña señal lateral.

No era una entrada completa.

Parecía una llamada.

Sebastián la observó.

—¿Qué significa esto?

Julián negó.

—No lo sé.

—¿Una corrección?

—Puede ser.

Irene amplió la reproducción.

El signo no remitía a ninguna nota visible en la misma página.

Sebastián buscó al final del registro.

Nada.

—Puede ser una referencia a otra hoja.

—¿Falta alguna? —preguntó Irene.

Fray Julián revisó la foliación.

Se detuvo.

—Sí.

Los dos lo miraron.

—¿Cuánto?

—Una hoja entre esta sección y la siguiente.

Sebastián se inclinó.

—¿Perdida?

—No necesariamente. Puede que no se reprodujera cuando se hizo esta copia.

—¿Tenemos el original?

Julián negó.

—No aquí.

La ausencia ya no afectaba únicamente al posible manuscrito.

También faltaba parte de la documentación que podía explicar qué había ocurrido con aquella entrada.

Irene miró a Sebastián.

—Esto empieza a ser molesto.

—Eso significa que estamos haciendo las preguntas correctas.

—No estoy segura de que eso me consuele.

Sebastián regresó al fragmento.

El problema era cada vez más preciso.

El registro antiguo mencionaba otro volumen.

Los inventarios posteriores dejaban de hacerlo.

Una copia intermedia conservaba una señal junto al lugar en que aquella entrada podía haber figurado.

Y la hoja capaz de explicar ese signo no estaba en la reproducción disponible.

Nada de aquello demostraba una desaparición deliberada.

Pero las discontinuidades empezaban a concentrarse demasiado alrededor del mismo punto como para tratarlas todas como simples accidentes de catalogación.