El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 3
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La comparación con otros registros ocupó el resto del día.

Fray Julián llevó reproducciones de inventarios y relaciones antiguas vinculadas al fondo monástico.

Sebastián descartó los primeros con bastante rapidez.

No lo hizo por el contenido, sino por la forma en que estaban organizados.

El tamaño de las columnas no coincidía y el pautado respondía a otro esquema. También las abreviaturas utilizadas parecían pertenecer a prácticas diferentes.

Irene observaba el proceso con una paciencia cada vez menor.

—¿Cuántos vas a descartar?

—Todos los que no sirvan.

—Eso ya lo había deducido.

—Entonces vamos bien.

El tercer conjunto resultó más interesante.

Las dimensiones aproximadas de los folios eran compatibles y también lo era parte de la disposición de las entradas.

Sebastián comparó la distancia entre líneas.

Era semejante, aunque no idéntica.

—¿Misma serie? —preguntó Irene.

—No.

—¿Tan seguro?

—Sí.

—¿Por qué?

—El escriba utiliza otro sistema de abreviaturas.

Pasaron al siguiente conjunto.

Tampoco servía.

A media tarde, Irene comenzó a revisar no solo documentación antigua, sino también copias posteriores de registros que reproducían modelos anteriores.

Fue entonces cuando encontró una página cuya estructura le llamó la atención.

—Sebastián.

Él se acercó.

—¿Qué?

—Mirá los márgenes.

El documento mostraba entradas ordenadas y, junto a varias de ellas, anotaciones realizadas en momentos posteriores.

Sebastián estudió la reproducción.

—No es la misma mano.

—Ya sé.

—Ni la misma fecha.

—También lo sé.

—Entonces...

—No estoy diciendo que sea el mismo documento. Estoy diciendo que parece cumplir la misma función.

Sebastián volvió a mirar.

Tenía razón.

El registro no se limitaba a enumerar volúmenes en un momento concreto. Había seguido utilizándose después para dejar constancia de movimientos, préstamos o cambios de ubicación.

—Un registro vivo —dijo Irene.

Sebastián asintió.

—Sí.

—Entonces el nuestro pudo funcionar de una manera parecida.

—Es posible.

—No me importa que digas “posible”. Esto ya es algo.

Fray Julián se acercó.

—Si era un inventario actualizado durante años, eso explicaría las diferentes manos.

—Exactamente —dijo Sebastián.

Habían avanzado.

El fragmento no parecía proceder de un texto narrativo ni de un códice litúrgico.

Su estructura era compatible con documentación destinada al control de otros volúmenes.

Podía tratarse de un registro utilizado para dejar constancia de qué libros existían y de los cambios que se producían con el tiempo.

Irene volvió a observar la pieza recuperada.

—¿Y por qué alguien reutilizaría algo así?

Sebastián respondió sin levantar la vista.

—Porque dejó de servir.

—Pero si registraba libros...

—Eso no lo hacía necesariamente valioso para quien reparaba una encuadernación mucho después.

Fray Julián añadió:

—Cuando un inventario quedaba obsoleto, el pergamino podía seguir teniendo utilidad aunque la información ya no la tuviera.

Aquello era precisamente lo que hacía fascinante al fragmento.

No había sido conservado como documento.

Había sobrevivido porque, en algún momento, dejó de ser considerado uno.

Quien necesitó material para reforzar la encuadernación utilizó aquella hoja sin preocuparse por lo que estaba escrito sobre ella y, sin saberlo, preservó una parte de la información que estaba destruyendo.

Irene observó los bordes.

—Quiero estudiar cómo lo cortaron.

Sebastián la miró.

—¿Para qué?

—Porque el corte puede decirnos si intentaron aprovechar zonas sin escritura o si simplemente cortaron donde necesitaban.

—Parece bastante evidente.

—No para mí.

Tomó medidas.

La hoja original había sido dividida siguiendo una lógica funcional, no textual.

Algunas palabras quedaban interrumpidas por los cortes y una de las notas marginales desaparecía justo en el borde. No había ningún intento de conservar entradas completas.

—No les importaba lo que decía —concluyó Irene.

—Eso parece.

—Ni siquiera intentaron conservar posibles nombres.

Sebastián levantó la mirada.

—¿Qué nombres?

Irene señaló una zona de la pieza recuperada.

Hasta entonces habían concentrado casi toda la atención en la anotación marginal, pero el cuerpo principal contenía una palabra cuya inicial podía corresponder a un nombre propio.

Sebastián se acercó.

No estaba completa.

Solo podían leerse con seguridad algunas letras y el inicio de otra.

Podía tratarse de un nombre, de una advocación o incluso de un lugar.

—¿Lo ves? —preguntó Irene.

—Sí.

—¿Podría identificar el volumen?

—No necesariamente.

—¿Por qué?

—Porque también podría describir su contenido.

—Eso ya es algo.

Sebastián amplió la imagen.

Debajo aparecía otra palabra mucho más difícil de interpretar y una abreviatura que parecía indicar una cantidad.

El conjunto tenía claramente la apariencia de una entrada de registro.

Por primera vez no necesitó demasiadas reservas para decirlo.

—Creo que tenías razón.

Irene dejó de moverse.

—¿Sobre cuál de todas las cosas en las que tuve razón?

—Esto es un inventario.

Ella sonrió.

—Repetilo.

—No.

—Sebastián.

—El fragmento procede de un inventario o de un registro funcionalmente equivalente.

—Arruinaste el momento.

Fray Julián se rio.

Pero la conclusión era importante.

Ya no buscaban un texto desconocido cuya función ignoraban.

Buscaban un antiguo inventario del que, aparentemente, no tenían noticia completa.

Sebastián tomó una hoja nueva y anotó únicamente aquello que podían sostener sin especulación.

El fragmento había sido reutilizado dentro de una encuadernación y había formado parte de un documento escrito por ambas caras.

Ese documento contenía entradas regulares y había sido actualizado mediante anotaciones marginales posteriores.

Una de ellas indicaba que un volumen había sido retirado antes de un traslado.

Parte del folio había sobrevivido por separado gracias a una intervención de conservación mucho más reciente.

Irene leyó las conclusiones.

—Falta lo más importante.

—¿Qué?

—Que no sabemos a qué inventario pertenecía.

Sebastián añadió una última línea:

Inventario de procedencia no identificada.

Se quedó mirándola.

Había algo que no terminaba de encajar.

Si aquel registro había pertenecido a San Millán, debía haber dejado alguna referencia documental. Incluso aunque el original hubiera desaparecido, alguien podía haberlo citado, copiado o resumido.

Y si no existía ninguna mención conocida, solo quedaban algunas posibilidades razonables.

Podía proceder de otro lugar.

O podía haber desaparecido antes de que comenzara la cadena de inventarios que ellos conocían.

Fray Julián pareció adivinar lo que pensaba.

—¿Qué pasa?

Sebastián levantó la hoja.

—Tenemos un inventario que no sabemos dónde colocar.

—Eso ya lo sabemos.

—No exactamente. Hay algo más.

Irene lo miró.

—¿Qué?

—Si esta anotación se refiere a un volumen retirado antes de un traslado, quien escribió la nota esperaba que el inventario siguiera teniendo utilidad después de ese movimiento.

Irene comprendió.

—Entonces el registro debía acompañar a los libros.

—O a quien los administraba.

Fray Julián apoyó una mano sobre la mesa.

—Y cuando dejó de ser útil...

—Alguien terminó utilizándolo como material de encuadernación —dijo Sebastián.

La ironía histórica era difícil de ignorar.

Un documento creado para controlar la existencia de libros había terminado destruido para conservar uno de ellos.

Gran parte de sus entradas se había perdido.

Tal vez para siempre.

Pero una anotación había sobrevivido lo suficiente para dejarles un hecho concreto.

Antes de un traslado, alguien había retirado un volumen.

Sebastián cerró la carpeta.

El problema ya no consistía en comprender por qué aquel pergamino había terminado dentro de una encuadernación. Esa parte empezaba a resultar sencilla.

En algún momento el inventario dejó de ser necesario. El pergamino siguió siendo útil y fue reutilizado.

Lo difícil era descubrir qué volumen figuraba en aquella entrada antes de que alguien decidiera que el registro entero ya no valía nada.