BLOQUE 2
La nueva pieza no contenía, al menos a primera vista, ninguna frase completa.
Sin embargo, ampliaba de forma considerable el texto disponible.
Sebastián pidió que la fotografiaran antes de iniciar cualquier intento de lectura.
Irene preparó el soporte y ajustó la iluminación mientras Fray Julián revisaba la documentación asociada al sobre.
—Hay algo más —dijo el monje.
Sebastián levantó la cabeza.
—¿Qué?
—La pieza fue descrita como “pergamino de guarda”.
—Eso no parece exacto.
—No digo que lo sea. Digo que así quedó registrada.
Irene miró la ficha.
—Entonces durante años nadie tuvo motivo para estudiarla.
—Exactamente.
Sebastián volvió a observar la pieza.
Aquello explicaba por qué había permanecido ignorada.
Una descripción genérica podía condenar un objeto a décadas de silencio sin que nadie tuviera que esconderlo.
No era necesario hacerlo desaparecer.
Bastaba con clasificarlo como algo que parecía carecer de interés.
—Ésta es la clase de cosa que se pierde sin desaparecer —dijo.
Irene lo miró.
—Eso suena mejor de lo que pretendías.
Sebastián no respondió.
Comenzaron por reconstruir la posición original.
El fragmento principal todavía unido al códice ocupaba una zona del antiguo folio. La pieza recién recuperada correspondía a otra sección y entre ambas faltaba una franja estrecha.
El pautado permitía, sin embargo, restablecer la disposición general.
Sebastián trazó una cuadrícula de correspondencia.
—Tenemos al menos seis líneas del texto principal.
—¿Legibles?
—Parcialmente.
—¿Y las notas?
—Veo tres intervenciones marginales.
Irene frunció el ceño.
—¿Tres manos distintas?
Sebastián negó.
—Tres anotaciones. Dos parecen realizadas por la misma mano. Sobre la tercera todavía no estoy seguro.
—Entonces el documento pudo actualizarse en momentos distintos.
—Sí.
Fray Julián se acercó.
—¿Eso sería habitual?
—En documentos utilizados durante un período prolongado, puede serlo.
—¿Y qué clase de documento era?
Sebastián guardó silencio.
Irene sonrió.
—No lo va a decir.
—Porque todavía no lo sé.
—Porque no querés comprometerte.
—Las dos cosas.
Continuaron con la lectura.
El cuerpo principal había sido escrito con una mano más cuidada y regular. Se distinguían términos abreviados, posibles nombres y una cantidad. También aparecía una fórmula que podía referirse al contenido de una de las entradas, aunque nada permitía identificar todavía el documento.
La primera nota marginal resultaba más prometedora.
Sebastián leyó lentamente.
—Acá hay un verbo.
—¿Cuál? —preguntó Irene.
—Podría ser “retirar”.
—Eso ya lo teníamos.
—Ahora tenemos más letras.
La pieza recuperada conservaba el comienzo de la palabra. Sumado al final visible en el fragmento todavía unido a la encuadernación, la reconstrucción era mucho más sólida.
retirado
Irene se acercó.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿“Retirado” o una forma equivalente?
—Retirado.
Fray Julián miró las copias.
—Entonces alguien dejó constancia de que algo fue retirado.
Sebastián asintió.
—Sí.
—¿El volumen?
—Eso todavía tenemos que demostrarlo.
La palabra siguiente estaba incompleta. Su parte central se había perdido, aunque la distancia permitía calcular aproximadamente cuánto espacio ocupaba.
Más adelante aparecía volumen.
Sebastián reconstruyó la estructura sin añadir ninguna letra que no estuviera sustentada por el material.
Escribió únicamente las posiciones seguras:
… retirado … volumen …
Irene recordó la lectura que venían siguiendo desde el primer día.
—Y después tenemos algo parecido a “antes” y “traslado”.
Sebastián levantó una mano.
—Todavía no los unas.
—Ni siquiera dije lo que iba a decir.
—Lo estabas pensando.
—Estás insoportable.
—Estamos a una frase de completar con nuestra imaginación lo que el documento todavía no demuestra.
Irene comprendía el riesgo.
Cuanto más coherentes parecían las palabras aisladas, mayor era la tentación de unirlas hasta obtener una frase perfecta.
Precisamente por eso debían resistirse.
La paleografía no consistía en reconstruir aquello que sonaba lógico.
Consistía en leer lo que realmente estaba conservado.
Sebastián volvió al texto.
Entre retirado y volumen había una pequeña marca que podía corresponder a una abreviatura o al resto de una palabra.
Irene cambió el ángulo de la luz.
Apareció un trazo adicional.
—Esperá.
Sebastián acercó la fotografía.
La marca no pertenecía al texto principal.
Era una corrección añadida por encima de la línea.
—Otra vez la segunda mano —dijo Irene.
—Sí.
La palabra era breve.
Sebastián tardó varios minutos en identificarla.
—Parece “un”.
Irene lo miró.
—¿“Un volumen”?
—Eso parece.
Fray Julián repitió en voz baja:
—Retirado un volumen.
Sebastián negó.
—Todavía no sabemos el orden completo de toda la anotación.
Pero el margen de posibilidades empezaba a reducirse.
La nota ya no parecía referirse a la reparación de una hoja o al movimiento de un fragmento.
Hablaba de un volumen.
Y todo indicaba que ese volumen había sido retirado.
La pregunta era de dónde y en qué momento.
Irene continuó fotografiando la parte inferior.
Allí se conservaba otra palabra de forma incompleta.
Sebastián la observó.
—Puede comenzar por “ante”.
—¿Antes?
—Podría ser.
—Tenemos el final en la otra pieza.
Unieron digitalmente las imágenes, manteniendo la separación real entre los fragmentos y sin completar el espacio perdido.
La secuencia comenzaba a resultar reconocible.
En una pieza aparecía ante…
En la otra se conservaba …s
Irene miró a Sebastián.
—Antes.
Él no discutió.
Después aparecía una preposición y, a continuación, la palabra que hasta entonces solo habían supuesto.
traslado
Esta vez estaba completa.
Nadie habló durante varios segundos.
Sebastián escribió en una hoja exclusivamente aquello que podía considerarse seguro:
… retirado un volumen … antes … traslado …
Irene se apoyó en el respaldo.
—Eso ya no es una casualidad.
—No.
—¿Qué traslado?
—No lo sabemos.
—¿De libros?
—No necesariamente.
—¿Del fondo?
—Podría ser.
Fray Julián observó la reconstrucción.
—¿Puede referirse al traslado de una comunidad?
Sebastián lo miró.
—Sí.
—¿O al movimiento de una biblioteca?
—También.
—¿Incluso a una reorganización interna?
—Es posible.
Irene levantó una ceja.
—Estamos progresando muchísimo.
Sebastián no sonrió.
La frase era ahora más clara, pero el contexto seguía ausente.
Y una palabra perfectamente legible, cuando se interpretaba fuera de contexto, podía conducirlos tan mal como una ilegible.
—Tenemos que identificar el tipo de documento —dijo.
—¿Estás más cerca de llamarlo inventario?
—Sí.
Irene lo miró sorprendida.
—Eso casi fue una admisión.
—Dije “más cerca”.
Fray Julián tomó la ficha técnica.
—¿Y si buscamos por la estructura del documento en lugar de buscar las palabras?
Sebastián se volvió hacia él.
—Explicá.
—Si era algún tipo de registro, otros documentos semejantes podrían conservar una disposición parecida: entradas principales y anotaciones marginales añadidas posteriormente.
Sebastián asintió lentamente.
Era una estrategia más sólida.
No buscarían la frase.
Buscarían la función documental.
Aquello podía permitirles establecer qué clase de registro había sido y, con suerte, localizar otros folios pertenecientes a la misma serie.