BLOQUE 3
Sebastián Valcárcel atendió después del cuarto tono.
—Decime que no llamás para preguntarme por una abreviatura.
Irene apoyó una mano sobre la mesa.
—No sé por qué atendés el teléfono de esa manera.
—Porque la última vez que me llamaste era una abreviatura.
—Y la identificaste mal.
Hubo un breve silencio.
—La corregí siete minutos después.
—Después de asegurarme durante diez que era imposible que yo tuviera razón.
—Eso demuestra que el método funciona.
Irene sonrió sin querer.
—Necesito que vengas a San Millán.
La respuesta tardó apenas un instante.
—¿Qué encontraste?
Eso era lo que diferenciaba a Sebastián de muchos otros especialistas. Podía bromear hasta el momento exacto en que comprendía que algo era serio.
—Un fragmento de pergamino dentro de una encuadernación.
—Eso no alcanza para hacerme viajar.
—Manuscrito.
—Sigue sin alcanzar.
—La escritura no pertenece al códice.
—Tampoco.
Irene miró nuevamente la ampliación.
—Tiene una anotación que podría mencionar un traslado.
Esta vez Sebastián no respondió enseguida.
—¿Podría?
—Sí.
—Entonces todavía no menciona nada.
—Por eso te llamo.
—Mandame las imágenes.
—Prefiero que veas el original.
—Mandame las imágenes primero.
Irene sabía que discutir era inútil.
Seleccionó las fotografías, añadió las referencias de escala y se las envió mientras mantenía la llamada abierta.
—Ya están.
Escuchó un movimiento al otro lado y después silencio.
Sebastián dejó de hablar durante casi un minuto.
Irene lo conocía lo suficiente para saber que aquello significaba más que cualquier exclamación.
—¿Sebastián?
—Estoy mirando.
—Ya me di cuenta.
—¿Interviniste más después de estas fotos?
—No.
—Bien.
—No necesitaba tu autorización.
—No dije eso.
—Lo pensaste con tono de voz.
Él ignoró el comentario.
—La segunda línea.
—Sí.
—¿Tenés una imagen sin contraste?
—La tercera.
Hubo otra pausa.
—No me gusta.
Irene frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—Que tengas razón.
—Intentá soportarlo.
—No hablo de eso.
La voz había cambiado. Sebastián ya no parecía estar conversando con ella. Parecía leer para sí mismo.
—No veo traslado completo —continuó—. Veo una terminación compatible. Necesito el original para saber si el trazo anterior pertenece a la misma mano.
—Eso puedo comprobarlo yo.
—La tinta puede parecer homogénea y no serlo.
—También puedo comprobar la tinta.
—Entonces no me necesitás.
—Adiós, Sebastián.
—Llegaría esta tarde.
Irene se quedó callada.
—¿No estabas ocupado?
—Estoy ocupado.
—Hace treinta segundos el fragmento no justificaba un viaje.
—Hace treinta segundos no había visto la letra anterior.
Irene volvió inmediatamente a la imagen.
—¿Cuál?
—Antes de lo que vos marcaste.
Amplió la fotografía.
—Eso parece parte del renglón superior.
—No estoy seguro.
—¿Qué creés que es?
—Nada todavía.
—Sebastián.
—Una hipótesis empieza a ser historia cuando puede demostrarse. Hasta entonces es una manera elegante de equivocarse.
Irene conocía la frase. Se la había escuchado decir tantas veces que sospechaba que algún día terminaría grabándola en una placa y enviándosela como regalo.
—Entonces vení a demostrar que estoy equivocada.
—Nos vemos esta tarde.
La comunicación terminó.
Irene dejó el teléfono y la sala recuperó inmediatamente su silencio.
Durante unos minutos continuó trabajando con la documentación. Algo había cambiado, aunque no porque Sebastián hubiera confirmado su sospecha. No lo había hecho. Simplemente había encontrado una segunda irregularidad.
Volvió al códice.
Observó la zona de la encuadernación todavía sin intervenir.
La estructura permitía ahora comprender mejor cómo había sido introducido el fragmento. No parecía una tira aislada. Podía formar parte de una pieza mayor doblada sobre sí misma, lo que significaba que lo visible quizá fuera solo una sección.
Irene documentó cada paso antes de continuar.
El procedimiento fue lento. Separar materiales unidos durante siglos no era equivalente a despegar dos superficies. Cada resistencia podía indicar una fibra comprometida y cualquier cambio exigía detenerse. El trabajo avanzaba en milímetros.
Después de más de una hora, la porción adicional del pergamino comenzó a aparecer. Al principio solo quedó visible una zona clara, deteriorada por el contacto con otros materiales. Más adelante surgió una línea.
Irene detuvo la mano.
Cambió ligeramente la posición de la luz y observó cómo aquel trazo empezaba a definirse. Dos letras aparecieron con suficiente claridad y, algo más abajo, otra palabra mutilada.
No intentó leerla.
Continuó liberando únicamente lo indispensable.
Cuando finalmente tuvo visible una superficie suficiente, tomó nuevas fotografías y se apartó de la mesa.
Había más texto del que esperaba.
No era apenas el resto de una frase, sino parte de una anotación relativamente extensa. Una de sus líneas conservaba, además, algo que ya no dependía de una interpretación dudosa.
Irene acercó la lente.
Reconoció una palabra.
Esta vez no tuvo que imaginar ninguna letra.
volumen.
Permaneció inmóvil durante unos segundos.
Aquello cambiaba el problema.
No demostraba que la nota hablara de otro manuscrito. Volumen podía tener diferentes usos en la documentación medieval y posterior, y el contexto seguía siendo insuficiente. Sin embargo, unas letras más adelante aparecía otro término parcialmente conservado.
Irene lo copió.
Buscó únicamente paralelos de abreviaturas, sin intentar construir todavía el significado completo, y regresó después al fragmento.
La expresión empezaba a tomar forma, aunque seguía siendo incompleta y debía manejarla con cautela.
Escribió en una hoja, colocando corchetes allí donde faltaban letras:
… volumen … retir… ante… traslad…
La observó durante largo rato.
Podía significar muchas cosas, pero todas planteaban la misma pregunta.
¿Qué volumen?
Irene abrió nuevamente el expediente del códice y consultó las referencias antiguas que había revisado aquella mañana. Después buscó en el inventario correspondiente al período aproximado de la reparación.
No encontró nada.
Amplió la búsqueda y aparecieron descripciones semejantes, referencias imprecisas y volúmenes identificados únicamente por su contenido, pero ninguno coincidía de manera convincente.
Se levantó y fue hasta una estantería donde conservaban reproducciones y material de consulta.
Durante casi una hora revisó índices sin obtener un resultado diferente.
Si aquella anotación se refería a un manuscrito relacionado con el códice, no aparecía en la documentación que tenía delante.
El sonido de unos pasos la obligó a levantar la cabeza.
Fray Julián apareció otra vez en la puerta.
—Todavía seguís con eso.
Irene señaló la mesa.
—Apareció más.
El monje se acercó y ella le mostró la nueva fotografía.
Julián leyó lo que podía distinguir. Su expresión cambió muy poco, pero Irene lo conocía lo suficiente para advertirlo.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Julián.
El monje permaneció mirando la imagen.
—Hay una fórmula que me resulta familiar.
—¿De dónde?
—No lo sé.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Irene señaló el fragmento.
—¿Viste antes esta anotación?
—No.
—¿Una parecida?
Fray Julián pensó antes de responder.
—Tal vez.
—¿Dónde?
—En un inventario.
Irene sintió cómo toda la mañana parecía concentrarse de pronto en aquella frase.
—¿De San Millán?
—Creo que sí.
—¿De qué época?
Julián negó lentamente.
—No puedo decírtelo sin comprobarlo.
—¿Y qué decía?
El monje apartó los ojos de la pantalla.
—No recuerdo las palabras exactas. Solo la forma de la anotación. Era una corrección añadida junto a una entrada.
—¿Sobre un traslado?
—Sobre un volumen que ya no estaba donde debía estar.
Irene guardó silencio.
Julián volvió a mirar la fotografía.
—No significa que tenga relación con esto.
—Lo sé.
—Podría ser una fórmula corriente.
—También lo sé.
—Y aunque encontráramos esa entrada, habría que demostrar que se refiere al mismo manuscrito.
Irene asintió.
Fray Julián sonrió apenas.
—Has hablado demasiado con Valcárcel.
Irene guardó las nuevas fotografías.
—Viene esta tarde.
—Entonces será mejor que encuentre ese inventario antes de que llegue.
Julián se dirigió hacia la puerta, aunque antes de salir se volvió.
—No sigas liberando el fragmento.
—No pensaba hacerlo.
—Sí pensabas hacerlo.
Irene no contestó.
Cuando volvió a quedarse sola, miró el códice desde el otro extremo de la mesa.
Hasta esa mañana había sido una pieza conocida que necesitaba conservación. Ahora contenía dentro de su propia encuadernación el resto de otro documento, destruido para reparar aquél. Unas pocas palabras habían sobrevivido porque nadie había considerado que merecieran hacerlo.
Irene apagó la iluminación auxiliar y dejó únicamente la necesaria para continuar con el registro fotográfico.
En la pantalla permanecía ampliada la línea:
… volumen … retir… ante… traslad…
Todavía no sabía qué había sido retirado, en qué momento había ocurrido ni hacia dónde podía haberse producido aquel traslado. Sin embargo, por primera vez comprendió que quizá la pregunta más importante no estuviera escrita en el fragmento.
Estaba en los inventarios.
Si alguna vez había existido otro volumen vinculado a aquella anotación, alguien debía haberlo registrado. Y si después había desaparecido de los registros, también debía existir un momento preciso en que hubiera dejado de estar allí.
Irene abrió una nueva ficha de investigación.
En el apartado destinado a identificación provisional escribió:
Fragmento procedente de manuscrito no identificado.
Debajo añadió:
No pertenece al códice en el que fue reutilizado.
Se detuvo antes de completar la última observación.
Finalmente escribió:
Posible referencia a un volumen retirado con anterioridad a un traslado. Verificación paleográfica pendiente.
Guardó el documento.
Afuera, el sol había alcanzado ya el fondo del valle.
Dentro de la sala, sobre una mesa de conservación, unos centímetros de pergamino acababan de abrir una pregunta que llevaba siglos esperando que alguien reparara en ella.