El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 2
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Fray Julián Orduña llegó poco después de las nueve.

No entró hablando, como hacían algunos visitantes que suponían que una sala de conservación funcionaba igual que cualquier despacho. Se detuvo junto a la puerta y esperó a que Irene levantara la vista.

—Me dijeron que querías verme.

Irene apartó la silla.

—Quiero que mires algo, pero sin sacar conclusiones.

El monje sonrió.

—Ésa suele ser la forma educada de pedirle a alguien que saque conclusiones.

—Por eso te lo aclaro antes.

Fray Julián se acercó.

A sus sesenta y ocho años conservaba una manera pausada de moverse que no tenía nada que ver con fragilidad.

Había pasado buena parte de su vida entre libros, archivos y documentación relacionada con San Millán, aunque era el primero en recordar que conocer la historia de un fondo no significaba conocer cada una de las manos que habían pasado por él.

Irene le mostró las fotografías.

—Apareció durante la intervención.

Julián observó primero la pantalla y después el códice.

—Pergamino reaprovechado.

—Eso pensé.

—Y lo sigue siendo.

—Sí.

Irene amplió una de las imágenes.

—Mirá la escritura.

El monje permaneció en silencio mientras acercaba el rostro a la pantalla.

—No pertenece al volumen.

—Tampoco parece un fragmento colocado sin más. Hay una anotación.

—¿La leíste?

—No completa.

Julián volvió a mirar.

Irene sabía que no era especialista en paleografía al nivel que necesitaban para una identificación definitiva, pero conocía suficientes formas documentales para detectar cuándo una frase podía resultar significativa.

—¿Hasta dónde lo liberaste?

—Hasta donde puedo hacerlo sin decidir una intervención distinta. Si queremos avanzar, primero tenemos que documentarlo y justificarlo.

—Bien.

No había decepción en su voz. Al contrario. Julián parecía satisfecho.

—La curiosidad ha arruinado más documentos que la humedad —dijo.

Irene señaló la pantalla.

—La palabra del final me preocupa.

—¿Cuál?

—No sé si es una palabra completa.

Aumentó un poco más la imagen hasta que los píxeles comenzaron a romper los contornos.

—Acá.

Julián observó durante varios segundos.

—Podría ser traslado.

Irene no respondió.

—También podría ser otra cosa —añadió él enseguida—. Hay demasiado poco.

—Eso mismo pensé.

—Entonces necesitás a Valcárcel.

El nombre quedó suspendido entre ambos.

Irene conocía a Sebastián Valcárcel de congresos, publicaciones y alguna discusión académica que había terminado prolongándose más de lo necesario delante de una mesa llena de café frío.

Era un historiador excelente y una persona difícil de impresionar.

Especialista en manuscritos medievales y paleografía, tenía además una costumbre que podía resultar irritante: cuando alguien formulaba una hipótesis, Sebastián parecía escuchar únicamente para detectar qué parte no podía demostrarse.

Irene apreciaba precisamente eso.

—Antes quiero revisar la documentación de procedencia —dijo.

Julián asintió.

—¿Qué estás buscando?

—No lo sé todavía.

—Entonces vas por buen camino.

Ella lo miró.

—Eso no tiene sentido.

—En un archivo, muchas veces sí.

Fray Julián regresó a sus obligaciones y dejó a Irene sola otra vez.

El expediente histórico del códice era más extenso de lo que esperaba.

Algunas referencias eran modernas y precisas; otras reproducían catálogos anteriores.

Cuanto más retrocedía, más dependía de descripciones breves que no siempre permitían estar seguros de que se hablaba exactamente del mismo objeto.

Esa dificultad no era excepcional. Los inventarios antiguos no habían sido redactados pensando en los investigadores del futuro.

Un mismo manuscrito podía aparecer descrito de maneras diferentes según quien elaborara la relación, mientras varios volúmenes de contenido semejante podían quedar reducidos a fórmulas tan generales que siglos después resultaba difícil distinguirlos.

Irene comenzó a reconstruir las menciones más antiguas disponibles.

No buscaba todavía el fragmento, sino las reparaciones.

En algún momento alguien había abierto aquella encuadernación, había introducido el pergamino y había vuelto a cerrarla. Si lograba aproximar la fecha de esa intervención, reduciría el período durante el cual el documento original del que procedía el fragmento seguía disponible.

Pasó casi una hora antes de encontrar una referencia útil.

Una descripción antigua señalaba que el volumen había sido recompuesto. No explicaba el procedimiento ni identificaba los materiales empleados, pero la fecha estimada situaba aquella intervención mucho antes de lo que Irene esperaba.

Tomó otra fotografía del fragmento.

Luego abrió una de las imágenes obtenidas con mayor detalle y ajustó el contraste únicamente para facilitar la lectura, conservando siempre el original sin modificación.

La palabra volvió a aparecer.

Esta vez distinguió algo que anteriormente había confundido con una mancha. Delante parecía haber una abreviatura y, más atrás, quizá parte de otra palabra.

Copió los trazos a mano.

No intentó traducirlos. No era su trabajo.

Sin embargo, había algo en la distribución que comenzaba a sugerir una frase administrativa, quizá una indicación añadida después del texto principal y relacionada con un movimiento, una entrega o un registro.

Abrió el catálogo histórico y buscó menciones de traslados.

Aparecieron demasiadas.

Cerró la búsqueda.

No quería hacer exactamente aquello que criticaba en otros: encontrar una palabra incompleta y construir alrededor de ella una historia entera.

Se obligó a regresar al material y a observar aquello que realmente tenía delante: el pergamino, la tinta, la manera en que había sido cortado y su orientación dentro de la encuadernación.

El fragmento había sido recortado sin intención de conservar lo escrito. Quien lo utilizó como refuerzo no estaba intentando ocultar un mensaje. Si hubiera querido preservarlo, no habría destruido buena parte de las líneas al reducirlo al tamaño necesario para la reparación.

Aquello descartaba una posibilidad tentadora.

No había un secreto deliberadamente escondido.

Había material desechado y reutilizado.

Precisamente por eso podía resultar mucho más valioso.

Nadie había elegido qué parte del texto debía sobrevivir. Lo había hecho por accidente.

Irene sintió por primera vez esa mañana que el hallazgo podía ser verdaderamente importante, no porque conociera todavía el contenido de la anotación, sino porque aquella pieza podía ser el único resto conocido de un documento que alguien había considerado inútil siglos atrás.

Tomó el teléfono y buscó el nombre de Sebastián.

Se detuvo antes de llamar.

Volvió a mirar el fragmento.

Algo seguía molestándola.

Una de las líneas terminaba muy cerca del borde cortado. Si la reconstrucción que empezaba a imaginar era correcta, la anotación continuaba en la parte perdida.

Pero el fragmento tenía otro borde que todavía permanecía oculto dentro de la encuadernación.

Quizá allí hubiera más.