El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) CAPÍTULO 1 El fragmento que no pertenecía al códice
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CAPÍTULO 1 El fragmento que no pertenecía al códice

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A aquella hora de la mañana, el valle todavía parecía guardar el frío de la noche.

Desde una de las ventanas altas del monasterio de Yuso, Irene Robles alcanzaba a ver cómo la luz comenzaba a descender por las laderas que rodeaban San Millán de la Cogolla.

Las sombras permanecían prendidas a los árboles y a los desniveles del terreno mientras las primeras zonas iluminadas aparecían sobre las fachadas más expuestas.

No había nada extraordinario en aquella mañana.

El silencio habitual de un edificio antiguo antes de que comenzaran las visitas apenas era interrumpido por el sonido amortiguado de alguna puerta o por unos pasos que se perdían detrás de muros demasiado gruesos para transmitirlos con claridad.

Irene llevaba casi dos horas trabajando.

Sobre la mesa, bajo una iluminación uniforme que evitaba cualquier exposición innecesaria, descansaba un códice medieval que había llegado al taller como tantos otros documentos que exigían una intervención cuidadosa.

No era una pieza desconocida. Había sido estudiado, descrito y fotografiado anteriormente, y su estado de conservación tampoco hacía prever ninguna sorpresa.

Presentaba deformaciones propias del envejecimiento, deterioro en algunas hojas, pérdidas menores y una encuadernación sometida a reparaciones en momentos distintos de su historia.

Nada justificaba, en principio, apartarse del procedimiento previsto.

Precisamente por eso Irene había empezado a desconfiar, no del códice, sino de la encuadernación.

Se inclinó un poco más sobre la mesa y volvió a observar el punto que había detenido su trabajo casi veinte minutos antes.

Era una diferencia mínima en el espesor de una zona próxima al lomo.

Podía haber pasado inadvertida para cualquiera que estuviera buscando únicamente daños visibles.

Irene, sin embargo, llevaba años aprendiendo a reconocer otra cosa: las decisiones de quienes habían reparado un libro siglos antes.

Una encuadernación antigua nunca era solamente una cubierta.

En ella podían quedar acumuladas las soluciones adoptadas por distintas manos a lo largo del tiempo.

Quienes reparaban un volumen cosían, reforzaban o sustituían materiales utilizando aquello que tenían disponible, mucho antes de que existiera la idea moderna de conservación.

Un pergamino desechado podía convertirse en refuerzo, y una hoja que había perdido su utilidad podía terminar oculta dentro de una cubierta.

Algunos documentos considerados inservibles en una época habían sobrevivido precisamente porque alguien los recortó para mantener unido otro libro.

Irene ajustó la lente de aumento.

El fragmento aparecía apenas entre dos capas y todavía no debía retirarlo. Antes de intervenir, tenía que documentar.

Tomó varias fotografías, anotó la posición exacta y revisó las imágenes anteriores de la encuadernación. La zona había sido fotografiada, pero el fragmento permanecía oculto. Solo después de comenzar la intervención se había hecho visible el borde de un material diferente.

—No estabas en la ficha —murmuró.

La frase se perdió en la sala.

Irene se quitó los guantes, abrió el expediente de conservación y buscó las intervenciones documentadas.

Había referencias a una actuación del siglo XX, otra anterior cuya fecha no estaba completamente establecida y distintas observaciones sobre reparaciones históricas que probablemente se remontaban mucho más atrás.

Nada mencionaba fragmentos manuscritos empleados como refuerzo.

Regresó a la mesa.

El borde visible no alcanzaba los dos centímetros y era pergamino.

Eso, por sí solo, no significaba demasiado. El reaprovechamiento de ese material había sido frecuente. Lo que sí llamaba la atención era una línea oscura que recorría parcialmente el fragmento y desaparecía debajo de la estructura de la encuadernación.

Irene acercó de nuevo la lente.

No era una mancha. Formaba parte de una letra.

Esperó unos segundos antes de tocar nada.

Había aprendido hacía mucho que las prisas eran una de las formas más eficaces de destruir aquello que se quería estudiar.

El deseo de saber qué había debajo podía convertirse en el peor enemigo de una pieza.

Continuó documentando, comprobó la estabilidad del material y comenzó a liberar únicamente la zona que el procedimiento permitía intervenir.

A medida que avanzaba, primero apareció parte de un trazo curvo y luego una abreviatura. La sucesión de marcas que terminó quedando visible confirmó que aquel trozo de pergamino había contenido un texto antes de convertirse en parte de la encuadernación.

Irene dejó las herramientas sobre la mesa.

No necesitaba ser paleógrafa para reconocer que la escritura no pertenecía al contenido del códice que estaba restaurando. La diferencia resultaba demasiado evidente.

Se levantó y caminó hasta el ordenador.

Abrió las reproducciones digitales del manuscrito, comparó varias páginas y regresó después al fragmento. La disposición de la escritura no coincidía y tampoco lo hacía la mano.

El códice que tenía delante había sido reparado utilizando un fragmento procedente de otro manuscrito.

Hasta ahí, el hallazgo era interesante, pero no excepcional.

Irene tomó una hoja de trabajo y escribió:

Fragmento manuscrito reutilizado como elemento de refuerzo. Procedencia desconocida.

Debajo dejó espacio para completar las observaciones, aunque no llegó a hacerlo.

Había visto algo más.

En uno de los extremos comenzaba una segunda línea que parecía conservar parte de una palabra.

Volvió a inclinarse y esperó a que sus ojos se acostumbraran al tamaño diminuto de los trazos.

La leyó varias veces sin conseguir reconstruirla, pero había suficiente para reconocer una característica que la inquietó más que el simple hallazgo de un fragmento reutilizado.

Aquella segunda línea no parecía formar parte de un texto religioso, litúrgico o narrativo. Su estructura se aproximaba más a la de una anotación añadida sobre un documento anterior.

Irene miró el reloj.

Aún era temprano.

Sabía perfectamente a quién necesitaba llamar, aunque antes quería estar segura de que no estaba convirtiendo una reparación corriente en algo que no era.

Se sentó de nuevo.

Durante los siguientes cuarenta minutos no hizo otra cosa que observar el material y comparar las imágenes. Cuanto más lo estudiaba, menos corriente le parecía.