CAPÍTULO 2 Señales bajo la antigua encuadernación
BLOQUE 1
Sebastián Valcárcel llegó a San Millán de la Cogolla cuando la tarde empezaba a perder claridad sobre el valle.
Había conducido durante las últimas horas con la sensación incómoda de estar viajando por algo que quizá terminara reducido a una anotación secundaria dentro de un informe de restauración.
Era una posibilidad real y, en cierto modo, deseable.
Había aprendido a desconfiar de los descubrimientos que parecían importantes demasiado pronto.
La historia estaba llena de errores construidos sobre el entusiasmo de investigadores que habían confundido una anomalía con una revelación.
Por eso no había permitido que Irene le contara demasiado por teléfono. Había visto las fotografías y, de momento, era suficiente. Cualquier interpretación adicional antes de examinar el material habría condicionado su lectura.
Dejó el coche y caminó hacia Yuso con una carpeta bajo el brazo.
Conocía San Millán desde hacía años y, sin embargo, cada regreso le producía la misma impresión: el paisaje parecía imponer una escala distinta al tiempo.
Las construcciones no se presentaban como ruinas aisladas ni como el decorado de una historia concluida.
Formaban parte de una continuidad visible en la que caminos, muros y reformas de épocas diferentes seguían conviviendo sin haber borrado por completo lo anterior.
Eso mismo esperaba encontrar dentro del códice: no secretos, sino capas.
Cuando entró en la sala de conservación, Irene estaba de pie junto a la mesa.
—Llegaste antes de lo que esperaba.
—Eso significa que calculaste mal.
—También puede significar que manejaste rápido.
—No.
—Entonces calculé mal.
Sebastián dejó la carpeta sobre una superficie auxiliar.
Fray Julián estaba junto a una estantería, rodeado de inventarios y reproducciones abiertas.
—Buenas tardes —dijo el monje.
—Julián.
—Hace años que no venías.
—Hace menos de dos.
—Para un monasterio eso es ayer. Para una amistad, bastante.
Sebastián aceptó el reproche con una inclinación de cabeza y dirigió inmediatamente la atención hacia el códice.
Irene lo observó.
—Ni siquiera vas a preguntar cómo estamos.
—Ya los estoy viendo.
—Seguís siendo encantador.
—Y vos seguís llamándome por fragmentos ilegibles.
Ella señaló la mesa.
—Ahora podés decidir si valía el viaje.
Sebastián no respondió.
Se lavó las manos, siguió el protocolo indicado por Irene y se acercó al volumen sin tocarlo.
La zona intervenida mostraba una franja de pergamino más amplia que en las fotografías iniciales.
La estructura de la antigua encuadernación permitía reconocer con claridad que había sido reutilizado como refuerzo.
Parte del texto permanecía oculta, aunque lo visible bastaba para resolver una primera duda.
—La mano no pertenece al códice —dijo.
—Eso ya lo sabíamos.
—Vos lo sospechabas.
—Lo sabía.
Sebastián levantó la vista.
—Si lo sabías, ¿para qué me llamaste?
Irene cruzó los brazos.
—Para que confirmaras que yo tenía razón.
Fray Julián sonrió desde el fondo.
Sebastián ignoró a ambos y volvió a inclinarse.
La escritura conservada era desigual porque el fragmento había sido cortado atravesando varias líneas.
Algunas letras estaban incompletas y otras aparecían afectadas por suciedad, restos de adhesivos antiguos o deformaciones derivadas de la función estructural que el pergamino había desempeñado durante siglos.
No era un texto colocado allí para ser leído. Precisamente eso lo hacía interesante.
Sebastián estudió la forma de las letras y las abreviaturas visibles, deteniéndose también en la inclinación de algunos trazos.
Irene esperó varios minutos.
—¿Y?
—Esperá.
—Llevás diez minutos sin decir nada.
—Es preferible a decir algo equivocado.
—No siempre.
—En esto sí.
Sebastián tomó una de las fotografías de alta resolución y la comparó con el original.
La primera observación confirmó algo que ya había intuido desde las imágenes. La anotación podía ser posterior al texto principal del fragmento.
—¿Ves esta diferencia? —preguntó.
Irene se acercó.
Sebastián señaló dos líneas sin tocar la superficie.
—El texto inferior parece añadido después.
—¿Otra tinta?
—No necesariamente. Puede ser otra presión o incluso otra pluma. Mirá el grosor de los trazos.
Irene ajustó la iluminación.
La diferencia era sutil.
—Puede ser.
—Eso dije.
—No. Dijiste que parece añadido después.
—Porque parece añadido después. No dije que podamos demostrarlo todavía.
Irene respiró hondo.
—A veces pienso que hablás así solamente para irritar.
—Si quisiera irritarte, sería mucho más eficiente.
Fray Julián cerró uno de los libros.
—¿Puedo recordarles que estamos intentando averiguar qué tenemos delante?
Sebastián observó al monje.
—¿Encontraste el inventario que recordabas?
—Todavía no.
—Entonces quizá no fuera de aquí.
—O quizá lo vi hace treinta años.
—Eso no ayuda.
—Por eso sigo buscando.
Sebastián regresó al fragmento.
La palabra volumen era clara. La terminación que Irene había interpretado como relacionada con un traslado también resultaba compatible, pero había algo más entre ambas: una forma abreviada que podía corresponder a un verbo.
Se inclinó un poco más.
—Necesito ver la orientación original del pergamino.
Irene frunció el ceño.
—Ésta es la orientación original dentro de la encuadernación.
—No. Dentro de la encuadernación está reutilizado. Quiero saber cómo estaba orientado cuando formaba parte del documento del que lo cortaron.
Ella comprendió enseguida.
Tomó las imágenes y las giró.
La distribución cambió.
Aquello que hasta entonces habían leído desde la posición en que aparecía dentro de la encuadernación quedaba mejor alineado al considerar que el fragmento había sido colocado allí después de darle otra orientación.
Sebastián se acercó a la pantalla.
—Ahí.
Irene observó.
—¿Qué?
—El margen.
No se conservaba completo, pero la distancia entre una de las líneas y el corte sugería que estaban viendo una zona próxima al borde del documento original.
—¿Una nota marginal? —preguntó ella.
—Probablemente.
Sebastián señaló la zona perdida.
Si tenía razón, aquella anotación no pertenecía al cuerpo principal del documento. Había sido incorporada posteriormente en un margen, y eso reducía considerablemente las posibilidades sobre su función.
Las notas marginales podían servir para modificar información ya escrita, relacionar una entrada con otra o dejar constancia de un cambio posterior. En ese contexto, una referencia a un volumen retirado o trasladado adquiría un sentido diferente.
Sebastián permaneció unos segundos en silencio.
Irene lo miró.
—Ahora sí te interesa.
—Me interesaba antes.
—Ahora te preocupa.
—No.
—Te conozco.
—No lo suficiente.
Ella señaló la pantalla.
—¿Qué creés que estamos viendo?
Sebastián tardó en responder.
—Una anotación administrativa.
—Eso ya lo habíamos pensado.
—No. Habíamos pensado que podía serlo. Ahora creo que probablemente lo sea.
—Gran avance.
—En historia, pasar de “posible” a “probable” puede llevar años.
Fray Julián volvió a acercarse.
—¿Y qué administraba?
Sebastián miró otra vez el fragmento.
—Eso es precisamente lo que nos falta.